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Escrito de León Trotsky sobre la independencia de Ucrania

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Este escrito de León Trotsky fue publicado en 1939, antes del estallido de la segunda guerra mundial. El problema de la autodeterminación de las naciones, y la existencia del regimen stalilinista en la URSS de ese momento, plantearon importantes discusiones entre los marxistas revolucionarios de la epoca. La URSS se derrumbó en 1990, y el problema de la independencia de Ucrania volvió a surgir, pero en esta ocasion bajo la restauracion del capitalismo en la Ex URSS convertida ahora en el imperialismo ruso. Ahora ha surgido la discusion sobre la independencia de Ucrania, en medio de la lucha entre el imperialismo europeo y el imperialismo ruso. ¿Cual debe ser la posicion de los revolucionarios? Publicamos este importante escrito de León Trotsky como contribución a la discusion sobre los actuales acontecimientos en Ucrania

La cuestión ucraniana[1]

22 de abril de 1939

La cuestión ucraniana, que muchos gobiernos y tantos “socialistas” e incluso “comunistas” han tratado de olvidar o relegar a las profundidades de la historia, se halla nuevamente a la orden del día, esta vez con fuerza redoblada. El reciente agravamiento de la cuestión ucraniana se relaciona íntimamente con la degeneración de la Unión Soviética y de la Comintern, los éxitos del fascismo y la inminencia de una nueva guerra imperialista. Crucificada por cuatro estados, Ucrania ocupa ahora en el destino de Europa la misma posición que una vez ocupó Polonia, con la diferencia de que las relaciones mundiales son actualmente mucho más tensas y los ritmos del proceso mucho más acelerados. En el futuro inmediato, la cuestión ucraniana está destinada a jugar un importante papel en la vida europea. Por algo Hitler planteó tan ruidosamente la creación de una “Gran Ucrania”; y fue también por algo que dejó de lado esta cuestión con tan cauta rapidez.

La Segunda Internacional, expresando los intereses de la burocracia y la aristocracia obrera de los estados imperialistas, ignoró completamente la cuestión ucraniana. Incluso su ala izquierda no le prestó la necesaria atención. Basta recordar que Rosa Luxemburgo, a pesar de su brillante intelecto y su espíritu genuinamente revolucionario, consideró admisible afirmar que la cuestión ucraniana era la invención de un puñado de intelectuales. Esta posición dejó una profunda huella hasta en el propio Partido Comunista Polaco. Los dirigentes oficiales de la sección polaca de la Comintern vieron la cuestión ucraniana más como un obstáculo que como un problema revolucionario. De ahí los constantes intentos oportunistas de desviar esta cuestión, suprimirla, pasarla silenciosamente por alto o posponerla para un futuro indefinido.

El Partido Bolchevique, no sin dificultad y sólo gradualmente bajo la constante presión de Lenin, pudo adquirir un enfoque correcto de la cuestión ucraniana. El derecho a la autodeterminación, es decir a la separación, fue extendido igualmente por Lenin tanto para los polacos como para los ucranianos. El no reconocía naciones aristocráticas. Todo intento de evadir o posponer el problema de una nacionalidad oprimida lo consideraba expresión del chovinismo gran ruso.

Después de la toma del poder, tuvo lugar en el partido una seria lucha por la solución de los numerosos problemas nacionales heredados de la vieja Rusia zarista. En su carácter de comisario del pueblo para las nacionalidades, Stalin representó invariablemente la tendencia más burocrática y centralista. Esto se evidenció especialmente en la cuestión de Georgia y en la de Ucrania.[2] Hasta la fecha, la correspondencia sobre estas cuestiones no ha sido publicada. Esperamos poder editar la pequeña parte de que disponemos. Cada línea de las cartas y propuestas de Lenín vibra con la urgencia de conformar en la medida de lo posible a aquellas nacionalidades que habían sido oprimidas en el pasado. En cambio, en las propuestas y declaraciones de Stalin, se destacaba invariablemente la tendencia al centralismo burocrático. Con el fin de garantizar “necesidades administrativas”, es decir los intereses de la burocracia, los más legítimos reclamos de las nacionalidades oprimidas fueron declarados manifestaciones de nacionalismo pequeñoburgués. Estos síntomas ya podían percibirse tempranamente en 1922-1923. Desde esa época, han tenido un monstruoso crecimiento, llevando a una completa asfixia a cualquier tipo de desarrollo nacional independiente de los pueblos de la URSS.

En la concepción del viejo Partido Bolchevique, la Ucrania Soviética estaba destinada a convertirse en el poderoso eje en torno al cual se unirían las otras secciones del pueblo ucraniano. Durante el primer período de su existencia, es indiscutible que la Ucrania Soviética fue una poderosa fuerza de atracción en relación a las nacionalidades, así como estimuló la lucha de los obreros, los campesinos y la intelectualidad revolucionaria de la Ucrania Occidental esclavizada por Polonia. Pero, durante los años de reacción termidoriana, la posición de la Ucrania Soviética y, con ella, el planteo de la cuestión ucraniana en su conjunto cambió bruscamente. Cuanto más profundas fueron las esperanzas despertadas, más tremendas fueron las desilusiones.

La burocracia también estranguló y saqueó al pueblo de la Gran Rusia. Pero en las cuestiones ucranianas las cosas se complicaron aun más por la masacre de las esperanzas nacionales. En ninguna otra parte las restricciones, purgas, represiones y, en general, todas las formas de truhanería burocrática asumieron dimensiones tan asesinas como en Ucrania, al intentar aplastar poderosos anhelos de mayor libertad e inde­pendencia profundamente arraigados en las masas. Para la burocracia totalitaria, la Ucrania Soviética se convirtió en una división administrativa de una unidad económica y de una base militar de la URSS. Que no quede duda: la burocracia de Stalin erige estatuas a la memoria de Shevchenko pero lo hace sólo con el fin de aplastar más minuciosamente al pueblo ucraniano bajo su peso y obligarlo a cantarle himnos a la camarilla violadora del Kremlin en el idioma del Kobzar.[3]

Respecto a las partes de Ucrania que hoy están fuera de sus fronteras, la actitud actual del Kremlin es la misma que hacia todas las nacionalidades oprimidas, las colonias y semicolonias; son moneditas de cambio en sus combinaciones internacionales con los gobiernos imperialistas. En el reciente Decimoctavo Congreso del “Partido Comunista”, Manuilski, uno de los más repugnantes renegados del comunismo ucraniano, explicó con bastante franqueza que no sólo la URSS sino también la Comintern (la “falsa-unión” según la formulación de Stalin) se negaban a solicitar la emancipación de los pueblos oprimidos cuando sus opresores no eran enemigos de la camarilla moscovita en el poder. Stalin, Dimitrov y Manuilski defienden actualmente a la India contra Japón, pero no contra Inglaterra. Los burócratas del Kremlin están dispuestos a ceder definitivamente Ucrania Occidental a Polonia a cambio de un acuerdo diplomático que les parezca provechoso. Estamos lejos de los días en que no se atrevían más que a episódicas combinaciones.

No queda ni rastro de la anterior confianza y simpatía de las masas ucranianas hacia el Kremlin. Desde la última “purga” asesina en Ucrania, nadie quiere en el Oeste pasar a formar parte de la satrapía del Kremlin que continúa llevando el nombre de Ucrania Soviética. Las masas obreras y campesinas de la Ucrania Occidental, de Bukovina, de los Cárpatos ucranianos están confundidas: ¿a quién recurrir? ¿qué pedir? Esta situación desvía naturalmente el liderazgo hacia las camarillas ucranianas más reaccionarias, que expresan su “nacionalismo” tratando de vender el pueblo ucraniano a uno u otro imperialismo en pago de una promesa de independencia ficticia. Sobre esta trágica confusión, basa Hitler su política en la cuestión ucraniana. Dijimos en una oportunidad: si no fuera por Stalin (por ejemplo, la fatal política de la Comintern en Alemania), no habría Hitler. A eso puede agregarse ahora: si no fuera por la violación de la Ucrania Soviética por parte de la burocracia stalinista, no habría política hitlerista en Ucrania.

Aquí no nos detendremos a analizar los motivos que impulsaron a Hitler a descartar, al menos por un tiempo, la consigna de la “Gran Ucrania”. Estos motivos deben buscarse, por un lado, en las fraudulentas combinaciones del imperialismo germano y, por el otro, en el temor de evocar un espíritu maligno al que podría ser dificil exorcizar. Hitler regaló los Cárpatos ucranianos a los carniceros húngaros. Si bien no lo hizo con la aprobación expresa de Moscú, sí al menos con la seguridad de que esta aprobación vendría en el futuro. Es como si Hitler le hubiera dicho a Stalin: “Si me estuviera preparando para atacar mañana a la Ucrania Soviética, habría mantenido los Cárpatos en mis manos”. En respuesta, Stalin, en el Decimoctavo Congreso, salió abiertamente en defensa de Hitler contra las calumnias de las “democracias occidentales” ¿Hitler intenta atacar a Ucrania? ¡Nada de eso! ¿Pelear con Hitler? No hay la menor razón para hacerlo. Obviamente Stalin interpreta como un acto de paz el traspaso a Hungría de los Cárpatos ucranianos.

Esto significa que parte del pueblo ucraniano se ha convertido en moneda de cambio para los cálculos internacionales del Kremlin. La Cuarta Internacional debe comprender claramente la enorme importancia de la cuestión ucraniana no sólo en el destino del este y sudeste europeos sino de Europa en su conjunto. Se trata de un pueblo que ha demostrado su viabilidad, numéricamente igual a la población de Francia y que ocupa un territorio excepcionalmente rico y, además, de la mayor importancia estratégica. La cuestión de la suerte de Ucrania está planteada en todo su alcance. Hace falta una consigna clara y definida, que corresponda a la nueva situación. En mi opinión hay en la actualidad una sola consigna: Por una Ucrania Soviética de obreros y campesinos, unida, libre e independiente.

Este programa está, ante todo, en irreconciliable contradicción con los intereses de las tres potencias imperialistas: Polonia, Rumania y Hungría. Sólo pacifistas irrecuperablemente imbéciles son capaces de pensar que la emancipación y unificación de Ucrania puede llevarse a cabo por medio de pacíficas tratativas diplomáticas, referéndums o decisiones de la Liga de las Naciones, etcétera. Por supuesto, no son mejores las soluciones que proponen los “nacionalistas”, que consisten en ponerse al servicio de un imperialismo contra el otro. A esos aventureros, Hitler les dio una invalorable lección arrojando (¿por cuánto tiempo?) los Cárpatos a los húngaros, que inmediatamente exterminaron a no pocos ucranianos leales. Mientras la cuestión dependa del poderío militar de los estados imperialistas, la victoria de un bando u otro sólo puede significar un nuevo desmembramiento y un vasallaje aun más brutal del pueblo ucraniano. El programa de independencia de Ucrania en la época del imperialismo está directa e indisolublemente ligado al programa de la revolución proletaria. Sería criminal alimentar ilusión alguna a ese respecto.

¿Pero -gritarán a coro los “amigos” del Kremlin- la independencia de Ucrania Soviética significaría su separación de la URSS? ¿Qué tiene eso de terrible?, contestamos. Nos es ajeno el culto apasionado por las fronteras estatales. No sostenemos la posición de una totalidad “unida e indivisible”. Después de todo, incluso la constitución de la URSS reconoce el derecho de sus pueblos federados a la autodeterminación, es decir a la separación. Así, ni siquiera la propia oligarquía del Kremlin se atreve a negar este principio, aunque sólo tiene vigencia en el papel. El más mínimo intento de plantear abiertamente la cuestión de una Ucrania independiente significaría la inmediata ejecución bajo el cargo de traición. Pero es precisamente este despreciable equívoco, esta despiadada persecución de todo pensamiento nacional libre, lo que ha llevado a las masas trabajadoras de Ucrania, en grado mucho mayor que las de la Gran Rusia, a considerar monstruosamente opresivo el dominio del Kremlin. Ante una situación interna de esas características, es naturalmente imposible hablar de que la Ucrania Occidental se una voluntariamente a la URSS, tal como ésta es actualmente. En consecuencia, la unificación de Ucrania presupone la liberación de la Ucrania Soviética de la bota stalinista. También en esta cuestión la camarilla bonapartista cosechará lo que ha sembrado.

¿Pero no significaría esto el debilitamiento militar de la URSS?, aullarán con horror los “amigos” del Kremlin. Respondemos que el debilitamiento de la Unión Soviética se debe a las tendencias centrifugas en permanente crecimiento que genera la dictadura bonapartista. En caso de guerra, el odio de las masas hacia la camarilla gobernante puede llevar al colapso de las conquistas de Octubre. La fuente de los sentimientos derrotistas se encuentra en el Kremlin. En cambio, una Ucrania Soviética independiente se convertiría, aunque sólo fuera por interés propio, en un poderoso baluarte sudoccidental de la URSS. Cuanto más pronto sea socavada, derribada, aplastada y barrida la actual casta bonapartista, más firme se volverá la defensa de la República Soviética y más seguro estará su futuro socialista.

Naturalmente, una Ucrania independiente de obreros y campesinos podría luego unirse a la Federación Soviética; pero voluntariamente, sobre condiciones que ella misma considere aceptables, lo que a su vez presupone una regeneración revolucionaria de la URSS. La auténtica emancipación del pueblo ucraniano es inconcebible sin una revolución o una serie de revoluciones en el Oeste, que puedan conducir en última instancia a la creación de los estados unidos soviéticos de Europa. Una Ucrania independiente podría unirse a esta federación como miembro igualitario e indudablemente lo haría. La revolución proletaria en Europa, a su vez, no dejaría en pie ni una piedra de la repugnante estructura del bonapartismo stalinista. En ese caso, sería inevitable la estrecha unión de los estados unidos soviéticos de Europa y la regenerada URSS, y representaría infinitas ventajas para los continentes europeo y asiático, incluyendo, por supuesto, a Ucrania. Pero aquí nos estamos desviando a cuestiones de segundo o tercer orden. La cuestión de primer orden es la garantía revolucionaria de la unidad e independencia de la Ucrania de obreros y campesinos en la lucha contra el imperialismo, por un lado, y contra el bonapartismo moscovita, por el otro.

Ucrania es especialmente rica en experiencias de falsos caminos de lucha para conseguir la emancipación nacional. Allí todo ha sido probado: la Rada [gobierno] pequeñoburguesa y Skoropadski, Petlura, una “alianza” con los Hohenzollern y combinaciones con la Entente.[4] Luego de estos experimentos, sólo cadáveres políticos pueden seguir depositando esperanzas en cualquier fracción de la burguesía ucraniana como líder de la lucha nacional por la emancipación. Unicamente el proletariado ucraniano es capaz no sólo de realizar esta tarea -revolucionaria en esencia-, sino también de tomar la iniciativa para lograr su solución. El proletariado y sólo el proletariado puede congregar en torno suyo a las masas campesinas y la intelectualidad nacional genuinamente revolucionaria.

Al comienzo de la última guerra imperialista, Melenevski (“Basok”) y Skoropis-Yeltujovski trataron de colocar al movimiento de liberación ucraniano bajo el ala de Ludendorff, general de los Hohenzollern. Para hacerlo, se disfrazaron de izquierdistas. Los marxistas revolucionarios los echaron de una patada. Esa es la forma en que deben actuar los revolucionarios en el futuro. La inminente guerra habrá de crear una atmósfera favorable a todo tipo de aventureros, cazadores de milagros y buscadores del vellocino de oro. Estos caballeros, que tienen especial preferencia por calentarse las manos al fuego de la cuestión nacional, no deben ser admitidos en las filas del movimiento obrero. ¡Ni el más mínimo compromiso con el imperia­lismo, sea fascista o democrático! ¡Ni la más mínima concesión a los nacionalistas ucranianos, sean clerical-reaccionarios o liberal-pacifistas! ¡No al “frente popular”! ¡Completa independencia del partido proletario como vanguardia de los trabajadores!

Esta me parece la política correcta para la cuestión ucraniana. Hablo aquí personalmente y en mi propio nombre. Hay que abrir la discusión internacional sobre el tema. El primer lugar en esta discusión corresponderá a los marxistas revolucionarios ucranianos. Los escucharemos con gran atención. ¡Pero les conviene apurarse! Queda poco tiempo para preparativos!

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[1] La cuestión ucraniana. Socialist Appeal, 9 de mayo de 1939, donde se titulaba “El problema de Ucrania”. La política que plantea está mucho más explicada en Escritos, Tomo XI (1939-1940).

[2] En el verano de 1922 surgieron desacuerdos sobre la manera en que Rusia controlaba las repúblicas no rusas de la Federación Soviética. Stalin estaba por presentar una nueva constitución, mucho más centralista que su predecesora­ de 1918, que restringiría los derechos de las nacionalidades no rusas transformando a la Federación de Repúblicas Soviéticas en una Unión Soviética, a lo que se oponían con todas sus fuerzas georgianos y ucranianos. Lenin esta vez apoyó a Stalin; recién en diciembre de 1922, después de recibir el informe de una comisión investigadora independiente que había enviado a Georgia, cambió de opinión sobre los acontecimientos ocurridos en esa región. Planteó entonces que los derechos de los georgianos, ucranianos y otras nacionalidades no rusas eran más importantes que las necesidades de centralización administrativa que aducía Stalin. Lenin expresó esta opinión en su artículo “Sobre la cuestión nacional y la ‘autonomización’” (Obras completas, T.36).

[3] Taras Shevchenko (1814-1861): poeta ucraniano que llegó a ser considerado el padre de la literatura nacionalista de su país. Fundó una organización para promover la igualdad social, la abolición de la esclavitud, etcétera. Sigue siendo el símbolo de las aspiraciones y fines del pueblo ucraniano. Kobzar fue su primer libro de poesías (publicado en 1840), considerado generalmente como una de las más grandes obras de la literatura ucraniana. El título está tomado de un antiguo instrumento de cuerdas y simboliza la variada herencia ucraniana.

[4] Pavel Skoropadski (1873-1945): general del ejército zarista, en 1918 fue durante un breve período el gobernador títere de Ucrania cuando las tropas alemanas ocuparon el país y disolvieron la Rada. Su régimen cayó después de la derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial. Simon V. Petlura (1877-1926): fue socialdemócrata de derecha antes de la Revolución. En junio de 1917 se lo designó secretario general para asuntos militares de la Rada ucraniana. se alió con Polonia en la guerra soviético-polaca de 1920.

La independencia de Ucrania y el confusionismo sectario[1]

30 de julio de 1939

En una de esas minúsculas publicaciones sectarias que aparecen en Norteamérica, que se alimentan de las migajas que caen de la mesa de la Cuarta Internacional y nos retribuyen con la más negra ingratitud, di por casualidad con un artículo dedicado a la cuestión ucraniana. ¡Qué confusión! Su sectario autor se opone, por supuesto, a la consigna de una Ucrania soviética independiente. Está a favor de la revolución mundial y a favor del socialismo, “de la cabeza a los pies”. Nos acusa de ignorar los intereses de la URSS y de apartarnos de la concepción de la revolución permanente.[2] Nos sindica de centristas. La crítica es muy severa, casi implacable. Desgraciadamente, no entiende nada (el título de esta minúscula publicación, El Marxista, resulta bastante irónico). Pero su incapacidad para comprender asume formas tan definidas, casi clásicas, que nos permite aclarar mejor y más acabadamente la cuestión.

Nuestro crítico parte del siguiente planteo: “Si los obreros de la Ucrania soviética derrocan al stalinismo v restablecen un estado obrero genuino, ¿se separarán del resto de la URSS? No.” Y etcétera, etcétera. “Si los obreros derrocan al stalinismo” entonces podremos ver más claramente qué hacer. Pero primero hay que derrocar al stalinismo. Y para lograrlo no se debe cerrar los ojos ante el crecimiento de las tendencias separatistas en Ucrania sino darles una expresión política correcta “No volver nuestras espaldas a la Unión Soviética -continúa el autor- sino lograr su regeneración y restablecimiento como ciudadela poderosa de la revolución mundial; ése es el camino del marxismo.” La tendencia real del desarrollo de las masas, en este caso de las masas nacionalmente oprimidas, se sustituye por nuestras especulaciones sobre el mejor camino posible que podría tomar ese desarrollo. Aplicando el mismo método, pero con mucho más lógica, se podría decir: “nuestra tarea no es defender a una Unión Soviética degenerada, sino a la revolución mundial triunfante que transformará a todo el mundo en una Unión Soviética mundial”, etcétera. Tales apriorismos son demasiado baratos.

El crítico repite varias veces el planteo de que el destino de una Ucrania independiente esta indisolublemente ligado al de la revolución proletaria mundial. Partiendo de esta perspectiva general, el abecé de cualquier marxista, se las arregla sin embargo para pergueñar una receta mezcla de pasividad contemporizadora y nihilismo nacional. El triunfo de la revolución proletaria a escala mundial es el producto final de múltiples movimientos, campañas y batallas y no una condición prefabricada para la solución automática de todos los problemas. Sólo el planteo directo y audaz de la cuestión ucraniana en las condiciones concretas dadas permitirá que las masas pequeñoburguesas y campesinas se nucleen alrededor del proletariado, como sucedió en Rusia en 1917.

Es cierto; el autor podría objetar que antes de Octubre la revolución que había que realizar en Rusia era la burguesa, mientras que hoy ya se hizo la revolución socialista. Una consigna que en 1917 podía ser progresiva en la actualidad es reaccionaria. Ese razonamiento, totalmente imbuido de espíritu burocrático y sectario, es falso del principio al fin.

El derecho a la autodeterminación nacional es, por supuesto, un principio democrático, no un principio socialista. Pero en nuestra era el único que apoya y aplica los principios genuinamente democráticos es el proletariado revolucionario; por esta razón las tareas democráticas se entrelazan con las socialistas. La lucha resuelta del Partido Bolchevique por el derecho a la autodeterminación de las nacionalidades oprimidas por Rusia facilitó en extremo la conquista del poder por el proletariado. Fue como si la revolución proletaria hubiera absorbido los problemas democráticos, sobre todo el agrario y el nacional, dándole a la Revolución Rusa un carácter combinado. El proletariado ya encaraba tareas socialistas, pero no podía elevar inmediatamente a este nivel al campesinado y a las naciones oprimidas (a su vez predominantemente campesinas), dedicadas a la solución de sus tareas democráticas.

De aquí surgieron los compromisos, ineludibles históricamente, tanto en la esfera agraria como en la nacional. A pesar de las ventajas económicas de la agricultura a gran escala, el gobierno soviético se vio obligado a dividir las grandes propiedades. Recién varios años después el gobierno pudo pasar a la agricultura colectiva; inmediatamente dio un salto demasiado audaz y se vio obligado, luego de un tiempo, a hacer concesiones a los campesinos, permitiendo la propiedad privada de la tierra, que en muchos lugares tiende a devorar las granjas colectivas. Todavía no se han resuelto las próximas etapas de este contradictorio proceso.

La necesidad de un compromiso, o mejor aun de una cantidad de compromisos, se plantea de manera similar en lo que hace a la cuestión nacional, cuyos senderos no son más rectilíneos que los de la revolución agraria. La estructura federada de la Unión Soviética es fruto de un compromiso entre el centralismo que exige una economía planificada y la descentralización necesaria para el desarrollo de las naciones que en el pasado estaban oprimidas. Construido el estado obrero sobre este principio de compromiso de una federación, el Partido Bolchevique inscribió en su constitución el derecho de las naciones a la separación completa, indicando de este modo que no considera resuelta de una vez y para siempre la cuestión nacional.

El autor del artículo crítico argumenta que los dirigentes partidarios esperaban “convencer a las masas que permanecieran dentro de los marcos de la República Soviética Federada”. Esto es correcto, siempre que se tome la palabra “convencer” en el sentido de impulsar la experiencia de la colaboración económica, política y cultural y no en el de la argumentación lógica. La agitación abstracta en favor del centralismo no tiene gran peso por sí misma. Como ya dijimos, la federación fue una desviación necesaria del centralismo. Hay que agregar también que la composición de la federación no queda de antemano establecida para siempre. Según las condiciones objetivas, el desarrollo de una federación puede tender hacia un centralismo mayor o, por el contrario, hacia una independencia más amplia de sus componentes nacionales. Políticamente no se trata de si es conveniente “en general” que diversas nacionalidades convivan dentro de los marcos de un estado único, sino de si cada nacionalidad, en base a su propia experiencia, considera ventajoso adherir a un estado determinado.

En otras palabras: ¿qué tendencia, la centrípeta o la centrífuga, predomina en el régimen de compromiso de una federación? O, para plantearlo más concretamente:

Stalin y sus sátrapas ucranianos, ¿lograron o no convencer a las masas ucranianas de la superioridad del centralismo de Moscú sobre la independencia de Ucrania? Esta cuestión es de una importancia decisiva. Sin embargo, su autor ni siquiera sospecha su existencia.

¿Desean las amplias masas del pueblo ucraniano separarse de la URSS? A primera vista podría parecer difícil responder esta pregunta, ya que el pueblo ucraniano, igual que todos los demás pueblos de la URSS, carece de toda oportunidad de expresar su voluntad. Pero el origen mismo del régimen totalitario y su intensificación cada vez más brutal, especialmente en Ucrania, prueban que las masas ucranianas son irreconciliablemente hostiles a la burocracia soviética. No faltan evidencias de que una de las razones fundamentales de esta hostilidad la constituye la supresión de la independencia ucraniana. Las tendencias nacionalistas irrumpieron violentamente en Ucrania entre 1917 y 1919. En el Partido Borotba se expresaba el ala izquierda de estas tendencias.[3] El indicador más importante del éxito de la política leninista en Ucrania fue la fusión del Partido Bolchevique ucraniano con la organización de los borotbistas.

En el transcurso de la década siguiente, sin embargo, se efectivizó una ruptura con el grupo Borotba, a cuyos dirigentes se empezó a perseguir. El viejo bolchevique Skripnik, stalinista de pura sangre, se vio impulsado al suicidio en 1933 por su supuesta tolerancia excesiva hacia las tendencias nacionalistas. El verdadero “organizador” de este suicidio fue el enviado stalinista, Postishev, que luego se quedó en Ucrania como representante de la política centralista.[4] Actualmente, sin embargo, el mismo Postishev cayó en desgracia. Estos hechos son profundamente sintomáticos porque revelan la fuerza de la presión de la oposición nacionalista a la burocracia. En ninguna parte las purgas y represiones asumieron un carácter tan salvaje y masivo como en Ucrania.

Reviste una enorme importancia política el profundo alejamiento de la Unión Soviética de los elementos ucranianos democráticos de afuera de la URSS. Cuando se agravó el problema ucraniano a comienzos de este año no se escuchó ninguna voz comunista, pero la de los clericales y nacionalsocialistas ucranianos sonó muy fuerte. Esto significa que la vanguardia proletaria dejó que el movimiento nacional ucraniano se le escape de las manos y que este movimiento ha ido muy lejos por el camino del separatismo. Ultimamente también resultan muy significativos los ánimos de los emigrados ucranianos en América del Norte. En Canadá, por ejemplo, los ucranianos conforman el grueso del Partido Comunista; en 1933 comenzó, como me informó un importante activista del movimiento, un notorio alejamiento del comunismo por parte de los obreros y campesinos ucranianos que cayeron en la pasividad o en los más variados matices del nacionalismo. De conjunto, estos síntomas y hechos atestiguan indiscutiblemente la fuerza creciente de las tendencias separatistas entre las masas ucranianas.

Este es el factor fundamental que subyace tras todo el problema. Demuestra que pese al gigantesco avance realizado por la Revolución de Octubre en el terreno de las relaciones internacionales, la revolución proletaria aislada en un país atrasado fue incapaz de resolver la cuestión nacional, especialmente la ucraniana, que es, en esencia, de carácter internacional. La reacción termidoriana, coronada por la burocracia bonapartista, ha hecho retroceder a las masas también en la esfera de lo nacional.[5] Las grandes masas del pueblo ucraniano están insatisfechas con la situación de su nación y desean cambiarla drásticamente. Este es el hecho del cual debe partir la política revolucionaria, a diferencia de lo que hacen la burocrática y la sectaria.

Si nuestro crítico fuera capaz de razonar políticamente, se hubiera imaginado sin mucha dificultad los argumentos de. los stalinistas contra la consigna de una Ucrania independiente: “niega la defensa de la Unión Soviética”, “rompe la unidad de las masas revolucionarias”, “no sirve a los intereses de la revolución sino a los del imperialismo”. En otras palabras, los stalinistas repetirían los argumentos de nuestro autor. Indefectiblemente lo harán en el futuro.

La burocracia del Kremlin le dice a la mujer soviética: como en nuestro país hay socialismo usted debe ser feliz y no hacerse abortos (o sufrir el castigo consiguiente). Al ucraniano le dice: como la revolución socialista resolvió la cuestión nacional, es su deber ser feliz en la URSS y renunciar a toda idea de separación (o aceptar el pelotón de fusilamiento).

¿Qué le dice un revolucionario a la mujer? “Debe ser usted quien decida si quiere un niño; yo defenderé su derecho al aborto frente a la policía del Kremlin.” Al pueblo ucraniano le dice: “Lo que a mí me importa es su actitud hacia su destino nacional y no las sofisterías ‘socialistas’ de la policía del Kremlin; ¡apoyaré su lucha por la independencia con todas mis fuerzas!

El sectario, como tantas veces sucede, se encuentra ubicado en el bando de la policía, salvaguardando el status quo, es decir, la violencia policial, en base a la especulación estéril sobre la superioridad de la unificación socialista de las naciones y contra el hecho de que permanezcan divididas. Seguramente, la separación de Ucrania es una desventaja si se la compara con una federación socialista voluntaria e igualitaria, pero será una ventaja indiscutible respecto al estrangulamiento burocrático del pueblo ucraniano. Para unirse más estrecha y honestamente a veces es necesario separarse primero. Lenin a menudo recordaba que las relaciones entre los obreros noruegos y suecos mejoraron y se hicieron más estrechas luego de la ruptura de la unificación compulsiva de Noruega y Suecia.

Debemos partir de los hechos y no de preceptos ideales. La reacción termidoriana en la URSS, la derrota de una cantidad de revoluciones, los triunfos del fascismo (que está moldeando el mapa de Europa a su gusto) hay que pagarlos en efectivo en todos los terrenos, incluso en el de la cuestión ucraniana. Si ignoramos la nueva situación creada como consecuencia de las derrotas, si pretendemos que no ocurrió nada extraordinario, si vamos a contraponer las abstracciones comunes a los hechos desagradables, podemos muy bien estarle cediendo a la reacción las oportunidades que tendremos de vengarnos en un futuro más o menos inmediato.

Nuestro autor interpreta la consigna de una Ucrania independiente de la siguiente manera: “Primero la Ucrania soviética se debe liberar del resto de la Unión Soviética; luego se hará la revolución proletaria y se unificará con el resto de Ucrania”. ¿Pero cómo puede haber una separación sin que haya primero una revolución?. El autor se ve atrapado en un círculo vicioso, y la consigna de una Ucrania independiente junto con la “lógica defectuosa” de Trotsky quedan irremediablemente desprestigiadas. De hecho, esta lógica peculiar –“primero” y “luego”- es sólo un ejemplo evidente de pensamiento escolástico. Nuestro desventurado crítico ni siquiera sospecha que los procesos históricos pueden no darse “primero” y “luego” sino paralelamente, influir unos sobre otros. acelerarse o retardarse mutuamente; y que la tarea de la política revolucionaria consiste precisamente en acelerar la acción y la reacción mutua de los procesos progresivos. La consigna de una Ucrania independiente dirige sus dardos directamente contra la burocracia de Moscú y permite a la vanguardia proletaria nuclear a las masas campesinas. Por otra parte, la misma consigna le da al partido proletario la oportunidad de jugar un rol dirigente en el movimiento nacional ucraniano de Polonia, Rumania y Hungría. Ambos procesos políticos harán avanzar al movimiento revolucionario e incrementarán la influencia de la vanguardia proletaria.

Nuestro sabio distorsiona mi planteo de que los obreros y campesinos de Ucrania occidental (Polonia) no quieren unirse a la Unión Soviética, tal como está constituida actualmente, y de que este hecho es un argumento más en favor de una Ucrania independiente. Afirma que, aunque lo desearan, no podrían unirse a la Unión Soviética porque sólo podrían hacerlo “después de la revolución proletaria en Ucrania occidental” (obviamente Polonia). En otras palabras, hoy la separación de Ucrania es imposible, y después de que la revolución triunfe sería reaccionaria. ¡Una cantinela vieja y familiar!

Luxemburgo, Bujarin, Piatakov y muchos más utilizaron este mismo argumento contra el programa de autodeterminación nacional:[6] bajo el capitalismo es utópica, bajo el socialismo reaccionaria. El argumento es falso hasta la médula porque ignora la etapa de la revolución social y sus tareas. Con toda seguridad, bajo la dominación del imperialismo es imposible una independencia genuina, estable y en la que se pueda confiar de las naciones pequeñas y medianas. También es cierto que en el socialismo plenamente desarrollado, es decir, con la desaparición progresiva del estado, desaparecerá también el problema de las fronteras nacionales. Pero también es cierto que entre esos dos momentos, el del socialismo actual y el del socialismo realizado, transcurren décadas durante las cuales nos preparamos para concretar nuestro programa. La consigna de una Ucrania soviética independiente es de importancia excepcional para movilizar a las masas y educarlas en el período transicional.

El sectario simplemente ignora el hecho de que la lucha nacional, una de las formas de la lucha de clases más laberínticas y complejas pero al mismo tiempo de extrema significación, no puede dejarse de lado con simples referencias a la futura revolución mundial. Con sus miras puestas fuera de la Unión Soviética, sin recibir apoyo ni dirección del proletariado internacional, las masas pequeñoburguesas e incluso obreras de Ucrania occidental están cayendo víctimas de la demagogia reaccionaria. Indudablemente se están dando procesos similares en la Ucrania soviética, sólo que es más difícil descubrirlos. La consigna de una Ucrania independiente planteada a tiempo por la vanguardia proletaria llevará a una inevitable estratificación de la pequeña burguesía y facilitará a sus capas inferiores la alianza con el proletariado. Sólo de esta manera es posible preparar la revolución proletaria.

“Si los obreros realizan con éxito una revolución en Ucrania occidental [...] -persiste nuestro autor- ¿nuestra estrategia tendría que ser exigir que la Ucrania soviética se separe y se una al sector occidental? Precisamente tendría que ser la opuesta.” Esta afirmación demuestra bien a las claras la profundidad de “nuestra estrategia”. Nuevamente escuchamos la misma melodía: “Si los obreros realizan...” El sectario se satisface con la deducción lógica a partir de una revolución triunfante que se supone ya realizada. Pero para un revolucionario el nudo de la cuestión consiste precisamente en cómo allanarle el camino a la revolución, cómo hallar un camino que se la haga más fácil a las masas, cómo aproximaría, cómo garantizar su triunfo. “Si los obreros realizan...” una revolución victoriosa, por supuesto todo será hermoso. Pero ahora no hay revolución victoriosa; por el contrario, hay una reacción victoriosa.

Encontrar el puente que permita pasar de la reacción a la revolución; ésa es la tarea. De paso, digamos que eso es lo que plantea todo nuestro programa de consignas transicionales (La agonía mortal del capitalismo y las tareas de la Cuarta Internacional).[7] No hay que sorprenderse de que los sectarios de todos los matices no comprendan su contenido. Se mueven con abstracciones, una abstracción del capitalismo y una abstracción de la revolución socialista. El problema de la transición del imperialismo real a la revolución real, de cómo movilizar a las masas en cada situación histórica concreta hacia la conquista del poder, constituye para estos sabihondos estériles un secreto escondido bajo siete llaves.

Acumulando indiscriminadamente una acusación sobre otra, nuestro crítico declara que la consigna de una Ucrania independiente sirve a los intereses de los imperialistas (!) y los stalinistas (!!) porque “niega completamente la posición de defensa de la Unión Soviética”. Es imposible comprender por qué se traen a colación “los intereses de los stalinistas”. Pero limitémonos al problema de la defensa de la URSS. Podría verse amenazada por una Ucrania independiente únicamente en el caso de que ésta fuera hostil no sólo a la burocracia sino también a la URSS. Sin embargo, planteada esa premisa (obviamente falsa), ¿cómo puede exigir un socialista que una Ucrania hostil permanezca dentro de los marcos de la URSS? ¿O el problema se refiere solamente al período de la revolución nacional?

Sin embargo, nuestro crítico aparentemente ha reconocido la inevitabilidad de una revolución política contra la burocracia bonapartista.[8] Esta revolución, como cualquier otra, presentará indudablemente determinados peligros desde el punto de vista de la defensa. ¿Qué hacer? Si nuestro crítico hubiera pensado realmente en el problema nos contestaría que ese peligro es históricamente ineludible, ya que bajo la dominación de la burocracia bonapartista la URSS está aplastada. El mismo razonamiento se aplica, idéntica y totalmente, a la insurrección nacional revolucionaria que representa nada más que un segmento aislado de la revolución política.

Es notable que a nuestro crítico ni se le pase por la cabeza el argumento más serio contra la independencia. La economía de la Ucrania soviética es parte integral del plan. Su separación amenazaría con echarlo abajo y disminuiría las fuerzas productivas. Pero este argumento tampoco es decisivo. Un plan económico no es un libro sagrado. Si las secciones nacionales de la federación, pese a la unificación el plan, empujan en direcciones opuestas, significa que el plan no les satisface. Un plan está hecho por hombres. Puede reconstruirse de acuerdo a las nuevas fronteras. En la medida en que el plan beneficie a Ucrania, ésta deseará entablar los acuerdos económicos necesarios con la Unión Soviética y encontrará el modo de hacerlo, de la misma manera en que se las arreglará para establecer las alianzas militares necesarias.

Más aun, es inadmisible olvidar que el gobierno grosero y arbitrario de la burocracia tiene mucho que ver con este plan económico, y constituye una pesada carga para Ucrania. Ello exige antes que nada una drástica revisión del plan. La casta gobernante está destruyendo sistemáticamente la economía del país, su ejército y su cultura; está aniquilando a la flor y nata de la población y preparando el terreno para una catástrofe. Solamente un vuelco total puede salvar la herencia de la revolución. Cuanto más audaz y resuelta sea la política de la vanguardia proletaria, entre otros problemas respecto a la cuestión nacional, tanto más éxito logrará el vuelco revolucionario y menor será su costo ulterior.

La consigna de una Ucrania independiente no significa que Ucrania permanecería aislada siempre, sino solamente que volverá a decidir, por su cuenta y libremente, sus relaciones con los demás sectores de la Unión Soviética y con sus vecinos occidentales. Supongamos una variante ideal, más favorable para nuestro crítico. La revolución se da simultáneamente en todas las partes de la Unión Soviética. La araña burocrática es estrangulada y barrida. El congreso constituyente de los soviets está a la orden del día.

Ucrania expresa su deseo de determinar nuevamente sus relaciones con la URSS. Hasta nuestro crítico, suponemos, estará dispuesto a concederle este derecho. Pero para decidir libremente sus relaciones con las otras repúblicas soviéticas, para contar con el derecho a decir sí o no, Ucrania debe recobrar su libertad de acción total, por lo menos mientras dure este período constituyente. Y a esto no se lo puede llamar de otra manera que independencia del estado.

Ahora supongamos que la revolución abarca simultáneamente también a Polonia, Rumania y Hungría. Todos los sectores del pueblo ucraniano se liberan y negocian su unión con la Ucrania soviética. Al mismo tiempo expresan su voluntad de decidir sobre las relaciones de la Ucrania unificada con la Unión Soviética, Polonia soviética, etcétera. Es evidente que para decidir estas cuestiones habrá que convocar al congreso constituyente de la Ucrania unificada. Pero un congreso “constituyente” no significa otra cosa que el congreso de un estado independiente que se prepara a determinar nuevamente tanto su régimen interno como su posición internacional.

Tenemos todas las razones para suponer que en el caso de triunfo de la revolución mundial las tendencias a la unidad adquirirán inmediatamente una fuerza enorme, y que las repúblicas soviéticas encontrarán las formas adecuadas de ligarse y colaborar entre ellas. Esta meta se alcanzará sólo si los antiguos lazos compulsivos, y en consecuencia las viejas fronteras, se destruyen completamente; sólo si cada una de las partes es totalmente independiente. Para acelerar y facilitar este proceso, para hacer posible en el futuro una fraternidad verdadera entre los pueblos, los obreros avanzados de la Gran Rusia deben comprender ya las causas del separatismo ucraniano, el potencial latente que alberga y que obedece a leyes históricas. Deben declarar sin reservas al pueblo ucraniano que están dispuestos a apoyar con todas sus fuerzas la consigna de una Ucrania soviética independiente en la lucha común contra la burocracia autocrática y el imperialismo.

Los nacionalistas ucranianos consideran correcta la consigna de una Ucrania independiente. Pero se oponen a relacionar esta consigna con la revolución proletaria. Quieren una Ucrania independiente democrática y no soviética. No es necesario entrar aquí en un análisis detallado de esta cuestión porque no tiene que ver sólo con Ucrania sino con la caracterización general de nuestra época, que ya hicimos muchas veces. Delinearemos solamente sus aspectos más importantes.

La democracia está degenerando y desapareciendo incluso en sus centros metropolitanos. Sólo los imperios coloniales más ricos o algunos países burgueses especialmente privilegiados pueden mantener todavía un régimen democrático, y bastante degradado. La esperanza de que la Ucrania relativamente pobre y atrasada pueda establecer y mantener un régimen democrático carece de todo fundamento. Ni la independencia de Ucrania duraría mucho en un marco imperialista. El ejemplo de Checoslovaquia es por demás elocuente. En tanto predominen las leyes del imperialismo el destino de las naciones pequeñas y medianas seguirá siendo inestable. Sólo la revolución proletaria podrá derribar al imperialismo.

La actual Ucrania soviética constituye el sector principal de la nación ucraniana. El desarrollo industrial creó allí un poderoso proletariado netamente ucraniano. Es el destinado a ser el dirigente del pueblo ucraniano en sus luchas futuras. El proletariado ucraniano desea liberarse de las garras de la burocracia. La consigna de una Ucrania democrática es históricamente tardía. Para lo único que sirve es, tal vez, para consolar a los intelectuales burgueses. No unificará a las masas. Y sin las masas son imposibles la emancipación y unificación de Ucrania.

Nuestro severo crítico nos endilga a cada momento el mote de “centristas”. Según él, el artículo fue escrito de manera tal que constituye el ejemplo más evidente de nuestro “centrismo”. Pero no hace el menor intento de demostrar en qué consiste exactamente el centrismo de la consigna de una Ucrania soviética independiente. Por cierto que no es tarea fácil.

Se llama centrismo a la política que es por su esencia oportunista y que pretende aparecer como revolucionaria por su forma. El oportunismo consiste en la adaptación pasiva a la clase gobernante y su régimen, a lo ya existente, incluyendo, por supuesto, las fronteras entre los estados. El centrismo comparte totalmente este rasgo del oportunismo pero lo oculta, para adaptarse al descontento de los obreros, tras comentarios radicales.

Si partimos de esta definición científica vemos que la posición de nuestro infortunado crítico es parcial y completamente centrista. Comienza considerando como algo inmutable las fronteras específicas que segmentan a las naciones (accidentales desde el punto de vista de la política racional y revolucionaria). La revolución mundial, que para él no es una realidad viva sino el milagro de algún brujo, debe aceptar indefectiblemente estas fronteras.

No le interesan en absoluto las tendencias nacionalistas centrífugas, que pueden favorecer tanto a la reacción como a la revolución, que violentan su quietista formulario administrativo construido en base a “primero” v “luego”. Se aparta de la lucha por la independencia nacional contra el estrangulamiento burocrático y se refugia en especulaciones sobre la superioridad de la unidad socialista. En otras palabras, su política (si es que puede llamarse así a los comentarios escolásticos sobre la política de otras personas) presenta las peores características del centrismo.

El sectario es un oportunista que se teme a sí mismo. En el sectarismo, el oportunismo (centrismo) en las etapas iniciales está replegado como un delicado pimpollo. Poco a poco el pimpollo se abre, un tercio, la mitad, a veces más. Entonces se nos aparece la peculiar combi­nación de sectarismo y centrismo (Vereecken); de sectarismo y oportunismo del más bajo (Sneevliet). Pero en ocasiones el pimpollo se marchita sin llegar a abrirse (Oehler). Si no me equivoco, Oehler es el director de El Marxista.[9]

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[1] “La independencia de Ucrania y el confusionismo sectario”. Socialist Appeal, 15 y 18 de setiembre de 1939. El Socialist Appeal era el periódico semanal del SWP, que luego cambió su nombre por The Militant. Trotsky contesta en esta oportunidad una crítica a un artículo que había escrito en abril de 1939, que se reproduce en Escritos 1938-1939 con el título de “La cuestión ucraniana”.

[2] La teoría marxista de la revolución permanente, elaborada por Trotsky, plantea entre otras cosas que con el fin de llevar a cabo y consolidar incluso tareas democrático-burguesas tales como la reforma agraria en un país subdesarrollado, la revolución debe exceder los límites de un proceso democrático y convertirse en una revolución socialista que establezca un gobierno de obreros y campesinos. Tal revolución, por lo tanto, no tendrá lugar en “etapas” (primero una etapa de desarrollo capitalista a la que continúa en el futuro una revolución socialista), sino que será continua o “permanente”, pasando inmediatamente a una etapa poscapitalista. Para una exposición total de la teoría, ver La revolución permanente y Resultados y perspectivas, de León Trotsky.

[3] El Partido Borotba [Lucha] ucraniano se mantuvo activo entre los años 1918 a 1920, en que se fusionó con el Partido Comunista Ucraniano. A mediados de la década del 20 los ex borotbistas se adueñaron de la dirección del PC ucraniano y aplicaron una política de ucranización hasta el fin de la década, en que los stalinistas se volvieron contra Ucrania y expulsaron a los borotbis­tas de la dirección. La mayor parte de los borotbistas murió en las purgas de la década del 30.

[4] Nikolai A. Shripnik (1872-1933): se unió a la socialdemo­cracia rusa en 1897. Después de la Revolución de Octubre fue, en varias oportunidades, comisario de asuntos interiores y de educación en la República Socialista Soviética de Ucrania y miem­bro del comité Central del Partido Comunista Ucraniano. Escritos 1932-1933 se publica un artículo sobre su suicidio. Pavel P Postishev (1888-1940): fue un viejo bolchevique que se convirtió en miembro del Politburó en 1926 y secretario del Partido Comunista de Ucrania. Fue arrestado en 1938 y ejecutado, pero luego rehabi­litado por las revelaciones de Jruschov.

[5] Termidor de 1794 fue el mes del nuevo calendario francés en que los jacobinos revolucionarios encabezados por Robespierre fueron derribados por un ala reaccionaria de la revolución que no avanzó lo suficiente, sin embargo, como para restaurar el régimen feudal. Trotsky utilizó el término como analogía histórica para designar la toma del poder por la burocracia conservadora de Stalin dentro del marco de las relaciones de producción nacionalizadas. Bonapartismo es un término marxista que describe un régimen con ciertos rasgos de dictadura durante un período en que el dominio de clase no es seguro; está basado en la burocracia militar, policial y estatal más que en partidos parla­mentarios o un movimiento de masas (ver el ensayo de Trotsky “El estado obrero, termidor y bonapartismo”, en Escritos 34-35).

[6] Rosa Luxemburgo (1871-1919): fue una dirigente notable en la historia del movimiento marxista y destacada adversaria del revisionismo y el oportunismo antes de la primera guerra mundial. Organizó el Partido Social Demócrata Polaco y fue líder del ala izquierda de la socialdemocracia alemana. Encarcelada en 1915, ayudó a fundar la Liga Espartaco y el Partido Comunista Alemán. Fue asesinada por miembros del gobierno socialdemócrata durante la insurrección de enero de 1919. Su principal discrepancia teórica con los bolcheviques residía en la cuestión de la autodeterminación nacional. Nikolai Bujarin (1888-1938): viejo bolchevique que se alió con Stalin contra la Oposición de Izquierda hasta 1928. Sucedió a Zinoviev como presidente de la Comintern desde 1926 a 1929. Fue líder de la Oposición de Derecha en 1929; expulsado, luego capituló, pero igualmente lo ejecutaron luego del tercer juicio de Moscú, en 1938. Georgi L. Piatakov (1890-1937): se unió al Partido Bolchevique en 1910 y realizó tareas partidarias en Ucrania. Durante 1915-1917 se opuso a la posición de Lenin sobre el derecho de las naciones a la autodeterminación. Fue miembro del gobierno de la Ucrania soviética después de la Revolución de Octubre. Expulsado del Partido Comunista en 1927 por pertenecer a la Oposición de Izquierda. Capituló ante Stalin y le fueron concedidos importantes cargos en la industria, pero igualmente fue víctima del segundo juicio de Moscú.

[7] Este documento, también conocido como Programa de Transición, fue adoptado por la conferencia de fundación de la Cuarta Internacional en 1938. Su texto completo se puede hallar en El programa de transición para la revolución socialista, de León Trotsky.

[8] Trotsky llamó a una revolución política contra la burocracia stalinista para restaurar la democracia soviética y una política exterior internacionalista revolucionaria. Entendía por revolución política el derrocamiento del régimen stalinista preservando las relaciones de propiedad que hizo posibles la revolución de 1917.

[9] Georges Vereecken fue representante de una tendencia sectaria en la sección belga del movimiento trotskista. Henricus Sneevliet (1883-1942): fundador del Partido Comunista de Holanda e Indo­nesia. Abandonó el PC en 1927 y en 1933 se alió al movimiento de la Cuarta Internacional; firmó el primer llamamiento público para constituir una nueva internacional (“La Declaración de los Cuatro”, en Escritos 1933-1934). Pero, rompió con la Cuarta Internacional en 1938 por diferencias con la política sindical y la guerra civil española. Hugo Oehler: dirigió una fracción sectaria del Partido Obrero de Estados Unidos que se oponía por principio a la entrada de ese partido al Partido Socialista como forma de llegar al ala izquierda del mismo, que se fortalecía numéricamente cada vez más. El y su grupo fueron expulsados en 1935 por violar la disciplina partidaria.

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