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HISTORIA.- La Revolución Mexicana y su evolución al Bonapartismo Sui Generis

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Por Diego Fonseca.

La primera revolución mexicana, iniciada en Noviembre de 1910, logró la destrucción del viejo estado porfirista. Su carácter se explica, en primer término, por los rasgos centrales de una formación social que combinaba un incipiente desarrollo capitalista nacional, moldeado por la penetración y subordinación al capital imperialista, con la subsistencia de estructuras precapitalistas cuya máxima expresión era la situación agraria (donde a su vez se combinaban distintas formas capitalistas y precapitalistas, como el peonaje, semiesclavitud, etc.).

Una revolución campesina

En una formación social atrasada, la resolución de las tareas democráticas inconclusas fue el motor de una revolución agraria cuya dinámica objetiva fue anticapitalista y enfrentó a las clases dominantes mexicanas. Ante la debilidad manifiesta del joven proletariado mexicano, el lugar del sujeto revolucionario fue ocupado por los ejércitos campesinos de Villa y Zapata.

La ruptura de estos con los representantes de la burguesía y la pequeño burguesía maderista a partir de 1914 fue un punto de inflexión que mostró el divorcio entre los distintos sectores que inicialmente conformaban el bloque antiporfirista. Ello mostró también el olfato y el instinto de los representantes del campesinado revolucionario frente a quienes eran incapaces de resolver el problema de la tierra, principal demanda motora de la revolución en el campo. Ello le dio a la revolución mexicana un carácter indudablemente contemporáneo, más próximo a las revoluciones del siglo XX en cuanto al enfrentamiento entre clases explotadoras y explotadas, que a las clásicas revoluciones burguesas del siglo XVII y XVIII o a los procesos independentistas latinoamericanos del siglo XIX.

Adolfo Gilly, en La Revolución interrumpida, explica la importancia de la experiencia de la Comuna de Morelos, donde los campesinos, luego de eliminar a los terratenientes y gachupines, organizaron la economía agraria y su propio poder político local. La lucha revolucionaria dada por la División del Norte de Francisco Villa y el Ejército del Sur basado en las milicias campesinas y dirigido por Emiliano Zapata, así como la gloriosa experiencia de la Comuna de Morelos, mostraron el potencial revolucionario de la lucha del campesinado pobre. En cuanto al proletariado mexicano, fueron su juventud, la inexistencia de organizaciones que levantaran un programa para la alianza revolucionaria obrero-campesina, y el éxito del constitucionalismo en subordinar al proletariado a su lucha contra Villa y Zapata, los factores que impidieron que jugase un rol dirigente en la revolución y fuera capaz de darle a ésta su salida. El campesinado mexicano, que tuvo la enorme virtud de alcanzar el punto de conciencia y organización más alto jamás alcanzado por las capas campesinas en la historia de las revoluciones, mostró su incapacidad histórica para presentar una alternativa nacional que respondiera a sus intereses y aspiraciones contra el proyecto de la burguesía y del imperialismo.

Por su parte, las disputas existentes entre Carranza y Obregón en el campo del constitucionalismo burgués mostraron, no la existencia de proyectos socialmente divergentes, sino políticas diferentes para “resolver” de forma reaccionaria la insurgencia campesina y lograr la “estabilización” del país.

Definiendo, entonces, la dinámica y el resultado de la revolución mexicana, podemos decir que la misma, motorizada por las tareas democráticas no resueltas por la burguesía (que ya no podría resolver en la época imperialista), tuvo una dinámica objetivamente anticapitalista expresada, en su punto más alto, por la Comuna de Morelos zapatista. Ante la incapacidad del proletariado y la impotencia histórica del campesinado serán los representantes de la pequeño burguesía y la burguesía los que, con la gran superioridad que les otorgó tener un punto de vista nacional (burgués), den una salida reaccionaria a los fines democráticos de la revolución.

El triunfo del constitucionalismo estará asentado en la derrota física de los ejércitos campesinos y en la destrucción de la Comuna de Morelos: es decir, sobre la derrota del ala radical de la revolución. Sobre la base de esta derrota es que se impondrá la “contrarrevolución obligada por las circunstancias a tomar formas democráticas” lo que significó concretamente el desvío de las aspiraciones de las masas hacia el régimen burgués por la vía del constitucionalismo, como se ve claramente en la Constitución de 1917, sentando así las bases del moderno desarrollo capitalista en México. Desde otro punto de vista, esto significó la liquidación de la perspectiva anticapitalista que planteaba la insurgencia campesina y, de aquí en más, la subordinación del proletariado y el campesinado tras la conciliación de clases. Sobre este resultado de la revolución es que surgirá el bonapartismo burgués que se asentará progresivamente en los años siguientes.

La emergencia histórica del bonapartismo mexicano

Ante la debilidad de la burguesía como clase serán los caudillos militares triunfantes, provenientes de las filas de la pequeño burguesía, quienes se postularan para reconstruir el Estado burgués, representar políticamente los intereses históricos de la burguesía, y avanzar en una mayor subordinación del país al imperialismo norteamericano. Encabezado por Obregón y Calles, emergerá el bonapartismo mexicano, que, por lo menos hasta 1929, tendrá un carácter no asentado, cruzado por disputas al interior de la burguesía y del ejército.

El carácter bonapartista del régimen posrevolucionario no puede entenderse sin tomar en cuenta el hecho de que la derrota de la revolución no se dará mediante una contrarrevolución clásica sino mediante el desvío de las masas hacia el “constitucionalismo”. Esto significa que, a diferencia de una dictadura semifascista en las semicolonias, el bonapartismo mexicano debió tomar en cuenta la relación de fuerzas resultante de una revolución que cruzó toda una década, institucionalizarse y legitimarse ante el movimiento de masas, y encontrar su base social en el control político de sus organizaciones, base social que en esos años será el campesinado.

La fundación del Partido Nacional Revolucionario por parte de Plutarco Elías Calles (el “jefe máximo”), en 1929, buscará estabilizar al bonapartismo en torno al nuevo partido de Estado: el Partido Nacional Revolucionario (PNR), unificando a las facciones “revolucionarias” y relegando al ejército al rol de ser pilar del Estado.

El bonapartismo sui generis: el cardenismo

El marco en el cual se dará el ascenso político de Lázaro Cárdenas fue el reanimamiento del movimiento de masas y la necesidad de profundizar la institucionalización del régimen para aceitar su legitimación. Surgió el régimen que León Trotsky definió como bonapartismo sui géneris y que ante la presión imperialista y la fortaleza del proletariado respecto a la burguesía nativa, “oscila entre el capital extranjero y el nacional, entre la relativamente débil burguesía nacional y el relativamente poderoso proletariado... puede gobernar o bien convirtiéndose en instrumento del capital extranjero y sometiendo al proletariado con las cadenas de una dictadura policial, o bien maniobrando con el proletariado, llegando incluso a hacerle concesiones, ganando de este modo la posibilidad de disponer de cierta libertad con relación a los capitalistas extranjeros.

Las concesiones otorgadas frente a la presión de las masas (como el salario mínimo y una nueva y controlada repartición de tierras) serán utilizadas por el cardenismo para frenar la movilización y soldar nuevamente los quebrados lazos de subordinación de la clase obrera y del campesinado al Estado. El proceso citado en el movimiento de masas dará pie al surgimiento de la Confederación de Trabajadores de México, en febrero de 1936, y en el campo, en 1938 surge la CNC. La convocatoria de Cárdenas a la unidad y organización del movimiento obrero, por un lado, y del movimiento campesino, por el otro, buscaron subordinarlos a una estrategia de conciliación de clases, y en ello cumplió un rol central la burocracia sindical enquistada en los sindicatos y la dirigencia campesina ligada al cardenismo.

El régimen bonapartista avanzó en la consolidación de su relación con el movimiento de masas, en especial, con el proletariado; de hecho, el objetivo central de la fundación del Partido de la Revolución Mexicana (PRM) en 1938 será integrar al mismo al movimiento obrero e impedir la emergencia de una real alternativa proletaria. Por otra parte, la definición de bonapartismo sui géneris cobra vida al tomar en cuenta la expropiación petrolera que, como una medida que no era “ni socialista ni comunista. (sino) una medida de defensa nacional altamente progresista”, mostró el enfrentamiento del cardenismo con el imperialismo y una relativa independencia respecto a éste.

Como conclusión, si la fortaleza del proletariado obligó al bonapartismo mexicano a otorgar determinadas concesiones al movimiento de masas e incluso a enfrentarse al imperialismo, la política de Cárdenas significó un redoblamiento de la subordinación de la clase obrera (y del campesinado) al partido de la burguesía mexicana.

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