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HISTORIA.- 24 de octubre de 1929: Crónica de la gran depresión y sus enseñanzas.

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depression

Por Maximiliano Cavalera.

El 24 de Octubre de 1929, estalla uno de los acontecimientos económicos más importantes del siglo XX, ese día pasaría a la historia como el jueves negro y abriría la más terrible crisis económica que vería la humanidad en todo el siglo XX e inicios del XXI. Nuestras generaciones no vivieron las penurias económicas y políticas que generó la depresión de los  treintas. Nuestra burguesía,  ha pregonado el triunfo del capitalismo, y por ende; el triunfo del sistema social de producción perfecto. Desgraciadamente para la humanidad, los panfletos que ha enarbolado la burguesía, solamente son eso, propaganda que no soporta el más mínimo examen.

Lejos de la propaganda oficial de la burguesía y el imperialismo, la solución a la actual crisis financiera todavía no está a la vuelta de la esquina, los países imperialistas han votado todos en su conjunto, para que sean los trabajadores quienes paguen por excesos de la burguesía imperial. Por ende, hoy más que nunca, es importante, no solo estudiar los hechos que dieron origen al jueves negro, sino estar alertas ante los fenómenos políticos que pueden generar las crisis económicas del capital.

¿Que causó la crisis?

Los historiadores burgueses nos han enseñado por años, que la firma del tratado de Versalles significó el fin de la I guerra mundial, esa es una verdad a medias, de hecho, el tratado de Versalles fue la “legalización” del nuevo reparto mundial entre los países imperialistas, no solo político y geográfico, sino que también se configuraron los nuevos mercados y las nuevas áreas de influencias comerciales.

En términos económicos, la guerra imperialista implicó un decrecimiento demográfico de más o menos el 10% en Europa y de un 3,5% del capital. Asimismo, los países imperiales financiaron la misma, con un enorme endeudamiento público financiado a través de un gigantesco incremento de la deuda, tanto interna como externa, que junto a la emisión descomunal de papel moneda, comenzó a crear un fenómeno inflacionista.

Después de finalizado el conflicto, se establecieron nuevas hegemonías comerciales, sobre todo, lideradas por los países que no fueron tan afectados por la guerra, como Estados Unidos y Japón, en detrimento de algunos países europeos afectados por el desgaste militar. Por otra parte, las nuevas fronteras delimitadas con el fin del conflicto, trastocó las relaciones comerciales preexistentes, disminuyendo la eficiencia comercial de las naciones imperiales. Otro factor importante fueron los grandes impuestos de guerra  a los países vencidos.

Uno de los factores más importantes sería la hegemonía política y económica conseguida por el imperialismo norteamericano: “Dotado de gran riqueza y de un aparato productivo altamente desarrollado, Estados Unidos se ha elevado en el curso de la guerra [mundial de 1914-18] al rango de potencia imperialista dirigente del mundo. No obstante, asume ese rol dirigente en una época en la que el capitalismo ya declinaba en todas partes, y en la que los conflictos entre las grandes potencias no dejaban de acentuarse”. (EEUU, Roosevelt y el movimiento obrero en la Gran Depresión, León Trotsky)

La nueva hegemonía del imperialismo norteamericano significó un gran crecimiento económico que incrementó la producción y la demanda. La bolsa de valores experimentó un extenso período de incrementos en las cotizaciones, que originó una burbuja de especulación, la que fue fomentada por la burguesía financiera. Así fue que se inició el periodo que denominamos la gran depresión.

La gran depresión.

Este proceso tiene sus inicios a finales de la década de los veinte del siglo pasado y finaliza fomentada por la carrera armamentista de los países imperiales en el preludio de la II guerra mundial. Las dificultades estructurales que surgieron a partir del nuevo reparto del mundo y las políticas económicas impuestas por los triunfantes de la misma, comenzaron a sentirse desde el marzo a septiembre de 1929. A inicios de ese mes, las acciones en la famosa bolsa de New York comienzan a caer precipitadamente.

El jueves 24 de Octubre se inicia una carrera que no tendría fin en casi una década. Los rumores, que se venían gestando desde el mes de marzo toman fuerza, la bolsa de valores está sobrevalorada y los precios en que se cotizan las acciones, valen mucho menos de lo que el mercado les asigna, es decir, hay una burbuja especulativa. El pánico se apoderó de los inversores burgueses, los especuladores que habían comprado acciones a crédito, se vieron forzados a venderlas inminentemente, sufriendo colosales pérdidas para intentar devolver los préstamos que los bancos ya no les renovaban. Cuentos dignos de una novela se verían ese día, cuando muchos burgueses e inversores, se arrojaban de los rascacielos de Nueva York, incapaces de afrontar las enormes pérdidas económicas que había provocado su especulación, no podían soportar las pérdidas que los llevarían a la ruina, o mejor dicho, llevar la vida de los obreros que tanto habían explotado.

El miedo de ese día cesó cuando algunos bancos comenzaron a invertir en la bolsa deteniendo momentáneamente el pánico, pero el fenómeno fue efímero, el 29 de Octubre, el llamado martes negro, la bolsa volvería a tocar fondo, pero en esta ocasión el fenómeno sería mucho más prolongado. El hundimiento bursátil ocasionaría una profunda caída en el consumo, y una prolongada crisis económica que llevaría al desempleo y marginalidad a cientos de millones de personas por todo el mundo.

La lógica de la burguesía  no ha cambiado, la solución a la crisis era mandar a la calle a millones de trabajadores, reducir el salario de los que continuaban laborando, sobre explotar a los trabajadores desocupados, y dejar que el gobierno y los trabajadores asuman las culpas por la borrachera de los años de gloria de la burguesía.

El miedo provocado por las enormes pérdidas en la bolsa de valores, inició el pánico generalizado en los cuentahabientes, quienes acudieron a retirar sus ahorros de los bancos, la banca se quedaría sin liquidez, dejando al sistema financiero en la más completa bancarrota.

El capitalismo es mundial, la crisis también.

Como era de esperarse, y como lo hemos presenciado en nuestro tiempo, el germen de la crisis económica capitalista se expandió como la peste bubónica en el mundo. El comercio internacional se vio socavado por la enorme reducción en el consumo y las grandes tasas de desempleo en los países imperialistas. El miedo dentro de la burguesía incitaría, contra sus “propios preceptos”, el proteccionismo entre los mercados imperiales.  El descalabro del comercio internacional trasladó los síntomas de la crisis a los países en los que la economía estaba abierta al exterior. Por todo el planeta la gran depresión ocasionó un caos fatal, tanto en los países imperialistas como en los coloniales, por todos lados la industria se veía paralizada, junto a miles de trabajadores desempleados, el precio de los productos agrícolas descendió estrepitosamente, las recaudaciones se vieron disminuidas y las construcciones en una completa parálisis.

Consecuencias políticas.

La gran depresión traería condiciones más que  objetivas para la revolución mundial. Pero la revolución no se dio, sobre todo, porque la misma crisis económica mundial ayudó a consolidarse al engendro de la burocracia soviética encabezada por José Stalin. En países como Alemania, las precarias condiciones económicas ayudaron a consolidar el fenómeno del Nazismo, un gran analista de esos procesos denunciaba: “El derrumbe de la democracia obedece a una razón común: la sociedad capitalista ha sobrevivido a sus propias fuerzas. Los antagonismos nacionales e internacionales que estallan en su seno amenazan con destruir la estructura democrática (…) Allí donde la clase progresista se demuestra incapaz de tomar el poder para reconstruir la sociedad sobre bases socialistas, el capitalismo, en agonía, sólo puede mantener su existencia recurriendo a los métodos más brutales y anticulturales, cuya expresión más extrema es el fascismo, hecho histórico expresado en la victoria de Hitler” (León Trotsky, sobre la victoria de Hitler).

A partir de la segunda mitad de la década del treinta, los países imperialistas como EUA, Alemania, Japón entre otros, comenzaron a tener indicios de reactivación económica. Pero este flujo de capital comienza a surgir producto de la industria armamentista, desde 1936 Trotsky advertía: “bajo la inspiración, esta vez, de Roosevelt, un gasto anual de más de mil millones de dólares para la preparación militar y naval, una suma muy superior a todas las de los períodos precedentes. Por el momento, estos gastos sirven para estimular la "reactivación" y pronto le permitirán al capitalismo americano, si ocurriera una guerra, dar un vigoroso golpe a sus competidores”. (Ídem)

El resto de la historia es por todas conocidas, la segunda guerra mundial imperialista y la recuperación de la misma, resultaron ser el mejor negocio para la burguesía imperial, la cual, ayudada por el Estalinismo logró nuevamente sobrevivir a la peor de sus crisis. Pero la historia alecciona a los revolucionarios y nos enseña que el capitalismo sobrevivirá y nos seguirá explotando, hasta que las clases oprimidas se alcen y construyan una sociedad igualitaria para todas las clases sociales.

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