HISTORIA.- Federico Engels: albacea de Marx y maestro de dirigentes


El 5 de agosto del 2016 se cumplieron los 121 años de la muerte de Federico Engels (1820-1895) el eterno y solidario compañero de Carlos Marx (1818-1883), los fundadores del método y programa marxista, fueron críticos del sistema capitalista. Como un modesto homenaje de nuestra parte, publicamos fragmentos de un artículo de León Trotsky (1879-1940) sobre Federico Engels

Por León Trotsky

(…) Karl Kautsky no exagera cuando dice en su comentario a la correspondencia que en toda la historia del mundo sería imposible hallar un caso similar de dos hombres de tan poderoso temperamento e independencia de ideas como Marx y Engels que hayan permanecido durante todas sus vidas tan indisolublemente unidos por la evolución de sus ideas, su actividad social y su amistad personal.

Engels era de arranque más rápido, más móvil, emprendedor y multifacético; Marx, más denso, más tenaz, más severo hacia sí mismo y hacia los demás. Siendo él mismo una luminaria de primera magnitud, Engels reconocía la autoridad intelectual de Marx con la misma sencillez con que establecía generalmente sus relaciones personales y políticas.

La colaboración de estos dos amigos -¡he aquí el contexto en que esta palabra alcanza su más completo significado!- se extendió tan profundamente como para hacer imposible para quien sea, determinar siquiera la línea demarcatoria entre sus trabajos. Sin embargo, infinitamente más importante que la colaboración puramente literaria era la comunidad espiritual que existía entre ellos, y que jamás se rompió. Tenían una correspondencia cotidiana, enviando notas epigramáticas, entendiéndose mutuamente con frases dichas a medias, o bien sostenían una conversación igualmente epigramática entre nubes de humo de cigarro. Por unas cuatro décadas, en su lucha continua contra la ciencia oficial y las supersticiones tradicionales, Marx y Engels cumplieron el uno para el otro la función de opinión pública.

Engels consideraba una obligación política de máxima importancia el proveer a Marx de asistencia material; y fue principalmente por este motivo que se ató por muchos años al penoso trabajo del “maldito comercio”, esfera en la cual funcionó tan exitosamente como en todas las otras: su patrimonio aumentó y con él se elevó el bienestar de la familia Marx. Después de que Marx murió, Engels dedicó todos sus cuidados a las hijas de Marx.

La vieja servidora del matrimonio Marx, Helene Demuth, que era parte indisoluble de toda la familia, se convirtió inmediatamente en la ama de llaves de la casa de Engels. Engels se comportó hacia ella con tierna lealtad, compartiendo con ella todas aquellas preocupaciones suyas que estaban a su alcance, y después que murió se lamentó de cuánto extrañaba su consejo no sólo en cuestiones personales sino también partidarias. Engels legó a las hijas de Marx prácticamente todo su patrimonio, que ascendía a 30,000 libras, fuera de la biblioteca, moblaje, etc.

Si en sus años de juventud Engels se retiró a las sombras de la industria textil en Manchester para dar a Marx oportunidad de trabajar en “Das Kapital” luego, subsiguientemente, ya de viejo, sin quejas, y podemos decir con seguridad que sin ningún sentimiento de pesar, dejó de lado sus propias investigaciones para emplear años enteros en descifrar los jeroglíficos manuscritos de Marx, controlando cuidadosamente las traducciones y corrigiendo no menos cuidadosamente sus escritos en casi todos los idiomas europeos. No. ¡En este “epicúreo” había un estoico completamente fuera de lo común!

Los informes sobre el progreso del trabajo en el legado literario de Marx constituyen uno de los temas recurrentes más constantes en la correspondencia entre Engels y Kautsky, así como con otros compañeros de ideas. En una carta a la madre de Kautsky (1885) -una escritora de novelas populares bastante conocida en esa época- Engels expresa su esperanza de que la vieja Europa volverá a ponerse en movimiento y agrega: “Sólo espero que me quede suficiente tiempo para concluir el tercer tomo de ‘Das Kapital’, y entonces, ¡que estalle!” (p. 206).

De esta afirmación semiburlona se puede deducir la importancia que daba a “Das Kapital”; pero hay algo más que deducir, a saber, que para él la acción revolucionaria estaba por encima de cualquier libro, aun de “Das Kapital”. El 3 de diciembre de 1891, es decir, seis años después, Engels explica a Kautsky las razones de su prolongado silencio: “. . . el responsable es el tercer tomo, sobre el cual estoy sudando nuevamente”.

Está ocupado no sólo descifrando los capítulos del terrible manuscrito sobre capital en dinero, bancos y crédito, sino que al mismo tiempo está estudiando literatura sobre los temas respectivos. Indudablemente, sabe de antemano que en la mayoría de los casos puede dejar el manuscrito tal como salió de la pluma de Marx, pero quiere asegurarse contra errores editoriales con sus investigaciones auxiliares. ¡A esto debe agregarse el pozo insondable de los pequeños detalles técnicos!

Engels lleva una correspondencia sobre si se necesita o no una coma en tal y cual lugar, y agradece especialmente a Kautsky por descubrir un error de ortografía en el manuscrito. Esto no es pedantería, sino la conciencia de que no hay nada que carezca de importancia en lo referente a la suma obra científica de la vida de Marx.

Engels, sin embargo, estaba aún más lejos de toda adulación ciega del texto. Al confrontar un resumen de la teoría económica escrita por el socialista francés Deville, Engels, según sus propias palabras, a menudo se sintió tentado de suprimir o corregir oraciones aquí o allá que después de un examen más detenido resultaron ser... las expresiones del propio Marx. La explicación de esto reside en que “en el original, gracias a lo que figura precedentemente, estaban claramente especificadas. Pero en el caso de Deville, estaban investidas de un significado absolutamente generalizado, y por ello, incorrecto” (p. 95). Estas pocas palabras ofrecen una caracterización clásica del abuso corriente de las fórmulas prefabricadas del maestro (“magis- dixit”).

Pero esto no es todo. Engels no sólo descifró, pulió, trascribió, corrigió y anotó los tomos segundo y tercero de “Das Kapital”, sino que también mantuvo una aguda vigilancia en defensa de la memoria de Marx contra ataques hostiles. El socialista prusiano conservador Rodbertus y sus admiradores afirmaron que Marx había utilizado el descubrimiento científico de Rodbertus sin hacer ninguna referencia a éste; en otras palabras, que Marx había plagiado a Rodbertus. “Se requiere una monstruosa ignorancia para hacer semejante afirmación”, escribió Engels a Kautsky en 1884 (p. 140). Y una vez más, Engels se dedicó al estudio del inútil Rodbertus con el objeto de refutar completamente estas acusaciones.

Las cartas a Kautsky contienen un reflejo igualmente ilustrativo del episodio con el economista alemán Brentano, que acusaba a Marx de citar falsamente a Gladstone. Engels, más que nadie, conocía a fondo la escrupulosidad científica de Marx, cuya actitud hacia cada idea de su adversario, por absurda que ésta fuera, era similar a la actitud de un bacteriólogo hacia un bacilo infeccioso. Una y otra vez, en las cartas de Engels a Marx y a sus amigos comunes, uno encuentra sus regaños hacia el exceso de escrupulosidad de parte de Marx. No es nada sorprendente, por lo tanto, que dejara de lado todo otro trabajo para responder furiosamente a Brentano.

Engels llevaba consigo la idea de escribir una biografía de Marx. Nadie podía haberla escrito como él, pues, necesariamente, habría sido en gran medida la autobiografía de Engels. Escribe a Kautsky: “Me pondré a trabajar, en la primera ocasión en que me sea posible, sobre este libro acerca del cual por tanto tiempo he reflexionado con gusto” (p. 382). Engels formula votos de no ser rebasado: “Tengo ahora 74 años de edad: debo apurarme”. Aun hoy no se puede dejar de pensar con pena en que Engels no pudo “apurarse” y realizar su proyecto.

Para el retrato al óleo de Marx que se estaba preparando en Suiza, Engels envió a través de Kaustky esta descripción en color de su amigo muerto: “Una tez tan oscura cómo es posible que sea en general para un europeo del sur, sin mucho color en las mejillas: . . .bigotes negros como el hollín matizados de blanco, y cabello blanco nieve en la cabeza y la barba” (p. 149). Esta descripción muestra claramente por qué Marx recibió el sobrenombre de El Moro en su círculo familiar e íntimo.

Durante los dos primeros años Engels se dirigió a su corresponsal como “Querido señor Kautsky” (el término “camarada” no era entonces de uso corriente); después que estrecharon su relación en Londres, abrevió la forma de saludo simplemente a “Querido Kautsky”; desde marzo de 1884, Engels adoptó la forma familiar de trato al escribir tanto a Kautsky como a Bernstein cada uno de los cuales era 25 años más joven que él. Kautsky escribe no sin razón que “desde 1883 Engels nos consideró a Bernstein y a mí como los más fidedignos representantes de la teoría marxista” (p. 93).

La transición a la forma familiar de trato indudablemente refleja la actitud favorable de un maestro hacia sus discípulos. Pero esta familiaridad exterior no prueba una real intimidad: impedía ésta sobre todo el hecho de que Kautsky y Bernstein estaban notablemente impregnados de filisteísmo. Durante su larga estadía en Londres, Engels los ayudó a adquirir el método marxista. Pero no pudo injertar en ellos la voluntad revolucionaria ni la capacidad de pensar con audacia. Los discípulos eran y siguieron siendo hijos de otro espíritu.

Marx y Engels se alzaron en la época de las tormentas, y salieron de la revolución de 1848 como combatientes maduros. Kautsky y Bernstein pasaron su período de formación durante el intervalo comparativamente pacífico entre la época de guerras y revoluciones que va desde 1848 a 1871, y la época que se abrió con la revolución rusa de 1905, continuó con la guerra mundial de 1914 y aún hoy está muy lejos de haber llegado a su término. A lo largo de toda su larga vida, Kautsky fue capaz de navegar eludiendo aquellas conclusiones que amenazaban con alterar su paz mental y física. No era un revolucionario, y ésta era una barrera insuperable que lo separaba del General Rojo.

Pero incluso aparte de esto, había una diferencia demasiado grande entre ambos. Es indudable que Engels ganaba con el contacto personal: su personalidad era más rica y atractiva que cualquier cosa que haya hecho o escrito. De ningún modo puede decirse lo mismo de Kautsky. Sus mejores libros son mucho más sensatos que él mismo. Perdía mucho con el trato personal. Tal vez esto explique en parte por qué Rosa Luxemburgo, que vivió al lado de Kautsky, haya percibido su filisteísmo antes que Lenin, aunque era inferior a Lenin en comprensión y percepción política. Pero esto se refiere a un período muy posterior.

De la correspondencia resulta absolutamente evidente que siempre se mantuvo una barrera invisible entre el maestro y el alumno, no sólo en la esfera de la política sino también en la de la teoría. Engels, que generalmente era parco en elogios, se refirió a veces con entusiasmo ( “Ausgezeichnet “) a los escritos de Franz Mehring o Jorge Plejanov; pero su elogio hacia Kautsky fue siempre restricto, y uno percibe una sombra de irritación en sus críticas. Como Marx cuando Kautsky apareció por primera vez en su casa, también Engels se sintió repelido por la omnisapiencia y la autosatisfacción pasiva del joven vienés. ¡Con qué rapidez encontraba respuestas para las cuestiones más complicadas! Es cierto que el mismo Engels se inclinaba hacia las generalizaciones apresuradas; pero él, en cambio tenía las alas y la visión de un águila, y a medida que pasaron los años adoptó cada vez más la implacable escrupulosidad científica de Marx hacia sí mismo. Pero Kautsky, con todas sus capacidades, era un hombre del Dorado Término Medio.

“Los nueve décimos de los autores alemanes contemporáneos”, advertía el maestro a su discípulo “escriben libros sobre otros libros” (p. 139). En otras palabras: ningún análisis de la realidad viva, ningún movimiento del pensamiento. Aprovechando la ocasión del libro de Kautsky sobre cuestiones de la sociedad primitiva, Engels trató de inculcarle la idea de que sólo mediante un profundo y exhaustivo estudio del tema se podía decir algo realmente nuevo en ese enorme y oscuro territorio. Y agrega bastante despiadadamente: “De otro modo, libros como “Das Kapital” no serían tan raros” (p. 85).

Un año después (20 de setiembre de 1885) Engels regaña nuevamente a Kautsky por sus “aseveraciones absolutas en esferas en que tú mismo no te sientes completamente seguro” (p. 144). Se encuentra este tono a través de toda la correspondencia. Al criticar a Kautsky por haber condenado la “abstracción” -sin pensamiento abstracto, en general no hay pensamiento posible- Engels da una definición clásica que muestra la diferencia entre una abstracción vivificadora y una carente de vida: “Marx reduce el contenido común de las cosas y relaciones a su expresión conceptual más universal; por consiguiente, su abstracción reproduce en forma de concepto el contenido ya presente en las cosas mismas. Rodbertus, por otra parte, crea para sí mismo una expresión mental más o menos imperfecta y mide todas las cosas según su concepto, a cuyos términos deben ser reducidas” (p. 144). Nueve décimas partes de los errores en el pensamiento humano están comprendidas en esta fórmula. Once años después, en su última carta a Kautsky, Engels, mientras reconoce el valor de las investigaciones de Kautsky sobre los “Precursores del socialismo”, una vez más crítica al autor por su inclinación hacia “los lugares comunes cada vez que hay una laguna en la investigación”. “En cuanto al estilo, para mantenerte popular caes en el tono de un editorial o bien asumes el tono de un maestro de escuela” (p. 388). ¡Imposible expresar mejor los amaneramientos literarios de Kautsky! (…)

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