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HISTORIA.- Marzo de 1933: Hitler asesta el golpe final y toma todo el poder en Alemania

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Por Jean Jacques Marie

Fragmentos del capitulo XXI del Libro: Trotsky, revolucionario sin fronteras

Durante su sexto y penúltimo congreso, en 1928, la Internacional Comunista decreta que el capitalismo ha entrado en un "tercer período”: luego del período revolucionario de 1917-1921 y del período de estabilización capitalista (1921-1928), se inaugura un tercer período de efervescencia revolucionaria y de radicalización de las masas. Por considerar que la socialdemocracia es su principal obstáculo, la Komintern afirma que ésta se ha transformado en "socialfascismo". "En el proceso de fascistización que se produce en los Estados, los socialdemócratas desempeñan uno de los papeles más importantes y actúan como verdaderos socialfascistas”, escribe Fierre Semard, dirigente del Partido Comunista francés, en los Cahiers du bolchevisme de febrero de 1930.

Luchar contra el fascismo es, ante todo, pues, luchar contra la socialdemocracia; los socialdemócratas son, según las palabras de Stalin, los "hermanos gemelos" del fascismo. En opinión del hombre de Stalin que está a la cabeza de la Internacional Comunista, Manuilski, en muchos países capitalistas altamente desarrollados el fascismo será la última fase del capitalismo antes de la revolución social, cuyo desencadenamiento será precipitado por la victoria de aquél.

(…) Bajo la presión de Moscú, los dirigentes comunistas alemanes repetirán esta letanía hasta el día mismo en que Hitler accedió al poder.

Trotski refutó desde el inicio esos análisis. Ya en noviembre de 1929, en un artículo sobre el ascenso del fascismo en Austria, destaca el antagonismo irreductible entre la socialdemocracia y el fascismo. La primera dice, sólo puede vivir en la democracia parlamentaria que el segundo quiere liquidar; se apoya en las organizaciones sindicales que el fascismo quiere destruir, y la victoria de éste significaría su muerte. Por eso denuncia la política del "socialfascismo" que pone en el mismo plano la socialdemocracia y el fascismo, cuando en realidad éste es odiado por los obreros socialdemócratas y temido como la peste por sus dirigentes. En Austria, con su enclenque Partido Comunista, y donde la socialdemocracia organiza el grueso de la clase obrera, esta política es peligrosa. En Alemania, corazón de Europa, donde el Partido Comunista Aleman (KPD) es poderoso, dicha política es mortal.

(….) El 24 de octubre de 1929, la burbuja especulativa estalla en Wall Street. El jueves negro neoyorquino estremece al mundo. Es el comienzo de la Gran Depresión: las cotizaciones bursátiles se derrumban, las quiebras bancadas se suceden unas tras otras, las filas de desocupados se extienden delante de las bolsas de trabajo y las ollas populares, las fronteras nacionales se erizan de barreras proteccionistas.

El jueves negro hace vacilar los cimientos de Alemania (…) Volcada a la exportación masiva, esa industria depende de un mercado externo que se encoje brutalmente. Las quiebras en cadena arrojan a la calle a centenares de miles de obreros y arruinan a miles de agricultores directamente afectados

(…)La cifra de desocupados pasa en Alemania de 2 millones en enero de 1929 a 5 millones en febrero de 1930, 6 millones en diciembre de 1931 y(casi 10 millones en enero de 1933. En 1932, el inestable equilibrio social y político de la República de Weimar, nacida de las revoluciones abortadas de 1919 y 1923, se fractura. Los pequeños comerciantes quebrados, los artesanos arrumados, los desocupados sin esperanza, los jubilados que no tienen donde caerse muertos, todos quieren una "limpieza general" para que las cosas cambien, pero no saben cómo. El jueves negro proporciona a Hitler la clientela sin la cual jamás habría dejado de ser un oscuro agitador histérico y sin eco.

El capital alemán, estrangulado por la crisis, necesita, para reconquistar los mercados vecinos, reducir al mínimo los precios de costo, bajar brutalmente el costo laboral y ampliar el mercado interno mediante la producción masiva de armas. Pero la militarización de la economía exige la militarización de la sociedad. Para lograrlo, es menester domesticar o romper los sindicatos y los partidos obreros, y por lo tanto hay que contar con un poder fuerte. De 1930 a 1933, el capital va a apelar sin éxito a numerosas combinaciones parlamentarias para realizar esos objetivos con el menor gasto posible, antes de adherir a la solución costosa y peligrosa del nazismo.

En marzo de 1930, el presidente Hindenburg designa canciller del Reich a Heinrich Brüning, que, entre otras cosas, aumenta los impuestos y reduce los salarios y el seguro de desempleo. En las elecciones de septiembre de ese año, los nazis, que han obtenido 800 mil votos en 1928, el 2,8% de los sufragios, cosechan 6.400.000, es decir, ocho veces más, y pasan de 12 a 107 diputados. Los socialdemócratas (el SPD) reciben 8 millones y medio de votos. Los comunistas (el KPD) pasan de 3.300.000 a 4.500.000. Para el diario del KPD, Die Rote Fahne, "la presunta victoria electoral de los nazis no es, en realidad, sino el principio del fin para ellos", y repite hasta el cansancio este absurdo, avalado en abril de 1931 por el Comité Ejecutivo de la Komintern.

Algunos días después, Trotski, alarmado por ese delirio, escribe "El giro de la Internacional Comunista y la situación en Alemania". (…) La gran burguesía, señala, vacila y se divide. Puede apoyarse sobre la socialdemocracia que exige para su sostén el mantenimiento de medidas sociales costosas, y sobre el nazismo, "cuya intervención quirúrgica", aún más costosa, parece riesgosa. Para que la crisis social se transforme en revolución, es preciso que la pequeña burguesía se incline por la clase obrera; ahora bien, como han mostrado las últimas elecciones, se inclina hacia el nazismo, "partido de la desesperación contrarrevolucionaria", al que es menester oponer "el frente único" de los socialdemócratas y los comunistas, que deben reaccionar juntos contra las agresiones nazis.

El Kremlin no lo ve de la misma manera. Sometido a sus órdenes, el KPD denuncia sin descanso a los "socialfascistas". Por lo demás, prácticamente la mitad de sus afiliados están desocupados y el peso de sus capas de trabajadores expulsados de la producción y desclasados facilita la denuncia de los obreros socialistas que tienen un empleo y manejan los sindicatos. El presidente del SPD, Otto Well, devuelve la pelota cuando, en el congreso socialdemócrata de junio de 1931, mete en la misma bolsa a "bolcheviques" y "fascistas". En ese congreso se separa un ala izquierda que, según el dictamen del Kremlin, es aún más socialfascista que el ala derecha. Expulsado en septiembre, ese sector funda el Partido Socialista Obrero (SAP).

(…)

En diciembre de 1931, la cantidad de desocupados en Alemania alcanza la cifra de 6 millones y el número de quiebras bate todas las marcas. La desesperación se apodera de los artesanos, los pequeños comerciantes, los pequeños campesinos, los desempleados y algunos sectores obreros. La descomposición social arroja a millones de hombres a los extremos del abanico político. Pero nada garantiza que se unirán a los comunistas. Además, como lo ha demostrado la Italia de 1920, una situación revolucionaria desperdiciada o agotada desemboca en el fascismo, al lanzar a la pequeña burguesía en brazos de éste y desmoralizar y paralizar a la clase obrera.

La dirección del KPD disimula su rechazo de la unidad con los social-demócratas -cuyos dirigentes tampoco la quieren- contra Hitler detrás de baladronadas como "Después de Hitler, Thálmann”. El comunista Remmelé pretende que la llegada al poder de los fascistas facilitará la concreción de la unidad obrera que ha de barrer con todo. ¿La victoria de los fascistas apresuraría, pues, el ascenso de los comunistas al poder? Es la política de lo peor.

Ante esa ceguera, Trotski lanza una doble advertencia, que el futuro ha de confirmar, pero que por entonces ningún miembro de los círculos dirigentes toma en serio. En primer lugar, "la victoria del fascismo en Alemania determinaría inevitablemente una guerra contra la URSS". En segundo lugar, "la llegada de los nazis al poder ocasionaría el exterminio de la elite del proletariado alemán, la destrucción de sus organizaciones; lo despojaría de toda confianza en sí mismo y en su porvenir". "La obra infernal del fascismo italiano”, precisa, "parecería probablemente insignificante y sería una experiencia casi humanitaria en comparación con lo que podría hacer el nacionalsocialismo alemán.” Estas afirmaciones, hoy bastante banales, se oponen ferozmente en la época a una subestimación general del nazismo: tanto en Alemania como en otros lugares, políticos y politólogos creen que los gritones nazis terminarán por sentar cabeza, una vez integrados a las instituciones e incluidos en el reparto de sus prebendas.

El Kremlin identifica la democracia parlamentaria y el fascismo, pues ambos son regímenes burgueses. Es verdad que uno y otro están sometidos a los intereses del capital, responde Trotski, pero en la democracia subsisten las instituciones obreras (sindicatos, mutuales, cooperativas) que el fascismo quiere suprimir y que es preciso defender. Además, la clase obrera "sólo puede llegar al poder si defiende, con las armas en la mano de ser necesario, todos los elementos de la democracia obrera presentes en el Estado capitalista"/ es decir el conjunto de las instituciones en las cuales ella se organiza. La burguesía abandona la democracia parlamentaria en beneficio del fascismo cuando ésta ya no le permite mantener el equilibrio de la sociedad. "Mediante su agencia fascista, la burguesía pone en movimiento a las masas de la pequeña burguesía enfurecida, las bandas de desclasados, los lumpenproletarios desmoralizados", para eliminar las organizaciones obreras. Ahora bien, "la socialdemocracia no puede tener influencia sin las organizaciones obreras de masas. El fascismo, por su parte, sólo puede consolidar su poder si las destruye". Hay una incompatibilidad absoluta entre ellos. Es menester, pues, realizar "la unidad de los comunistas y los socialistas sobre la base de propuestas inmediatas y concretas como la defensa común de los locales, los sindicatos y los militantes contra las incursiones y las agresiones de los comandos nazis". Trotski se alarma ante la inminencia de la catástrofe provocada por la pasividad de la socialdemocracia y la política histérica de división del Partido Comunista.

En Alemania, en las elecciones presidenciales de marzo y abril de 1932, el SPD, para contener a Hitler, llama ya en la primera vuelta a votar por el muy reaccionario mariscal Hindenburg. Éste es elegido en la segunda vuelta con el 53% de los votos contra el 36,8% de Hitler y el 11,2% de Thálmann, que entre una y otra ronda electoral ha pasado de casi 5 millones a 3.700.000 votos; ¡en cuatro semanas, más de un millón de electores del KPD lo ha abandonado para votar a Hindenburg o Hitler!

En “Y ahora”, publicado en enero de 1932, Trotsky examina la suerte de Alemania en conexión con la situación en el resto del mundo, dominado por el peso creciente de Estados Unidos: "El capitalismo estadounidense ha entrado en una época de monstruoso imperialismo, aumento constante de los armamentos, intervención en los asuntos del mundo entero, conflictos militares y toda clase de conmociones [ . | El peso específico de Europa en la economía mundial no puede sino decrecer [...]. Europa está profundamente sometida a la ración estadounidense". Es decir, a ¡os dictados financieros de Estados Unidos. Pero la suerte de todos depende de la respuesta a esta pregunta: "¿Cuál será el vencedor en Alemania en el transcurso de los meses venideros? ¿El fascismo o el comunismo?". Habida cuenta de la tensión extrema de las relaciones sociales en Alema ia, la respuesta es inminente.

El 22 de mayo, Trotski lanza un nuevo grito de alerta: "Si las organizaciones más importantes de la clase obrera alemana siguen adelante con su política actual, creo que la victoria del fascismo quedará asegurada de manera casi automática, y en un lapso relativamente breve”. Un mes después, Hindenburg despide a Brüning, a quien juzga demasiado blando, disuelve el Parlamento y pone a la cabeza del gobierno a Von Papen, que le reprocha haber "transformado el Estado en una sociedad de beneficencia".

La publicación bimensual del Partido Comunista, Der Rote Aufbau, denuncia en su número del 15 de agosto de 1932 "la propuesta fascista de Trotski de una unidad del PC y el PS alemanes [...], teoría de un fascista desenfrenado y contrarrevolucionario. Es la idea más peligrosa y criminal que Trotski haya propuesto en el transcurso de sus últimos años de propaganda contrarrevolucionaria". Thálmann lo repite en septiembre en el Comité Ejecutivo de la Komintern.

(…) El canciller Von Papen convoca a nuevas elecciones. El 20 de julio de 1932, envía al prefecto de policía de Prusia y dos adjuntos a forzar la dimisión del gobierno socialdemócrata legal de ese land, que se deja expulsar por los tres hombres sin oponer la más mínima resistencia. En las elecciones, celebradas 11 días después, los nazis pasan del 18,3% al 37,3% de los votos, que ascienden a 13.700.000; el SPD obtiene 7.900.000 y el PCA, 5.200.000, lo que representa un avance del 1%. Hindenburg intenta negociar con Hitler el ingreso de los nazis en el gobierno. Hitler se niega a servir de puntal a un régimen bamboleante. Quiere el poder, todo el poder.

(…) En septiembre, en Alemania, Von Papen disminuye por medio de una ordenanza las prestaciones sociales, elimina las convenciones colectivas y los convenios salariales y otorga reducciones impositivas a la patronal, que, sin embargo, no se siente del todo satisfecha con ese regalo. Una ola de huelgas se desencadena entonces en todo el país y, hecho poco habitual, tres de cada cuatro de ellas concluyen con una victoria. La patronal se inquieta. El Reichstag desaprueba con un voto masivo de desconfianza a Von Papen, que lo disuelve y convoca a una nueva elección, la quinta desde principios del año. En Berlín, trabajadores tranviarios comunistas y nazis participan codo a codo en una huelga del transporte condenada por la dirección socialdemócrata del sindicato. Es el frente único al revés.

(…) En septiembre de 1932, Trotski redacta su último folleto consagrado a Alemania, "El único camino", es una reiteración del título de uno de sus artículos anteriores, previene que "el advenimiento del fascismo en Alemania (…) provocará inevitablemente la guerra contra la URSS". Anuncia la caída próxima del gobierno de Von Papen y su remplazo por el candidato del ejército alemán, Von Schleicher, al que pronostica cien días como máximo, toda vez que el ejército no puede bastar para poner el país a paso acompasado. La previsión se realizará punto por punto. Por primera vez, Trotski deja traslucir el sentimiento amargo de que, sin la palanca de una organización capaz de imponer el frente único que corresponde a las aspiraciones profundas de millones de obreros, las palabras serán impotentes y ese frente será letra muerta: "La Oposición es débil. Sus cuadros son poco numerosos y políticamente inexpertos. ¿Puede pues una organización de ese tipo, con un pequeño semanario, oponerse victoriosamente a la poderosa maquinaria de la Internacional Comunista?".

(…) En Alemania, en las elecciones de noviembre de 1932, los nazis pierden 2 millones de votos, y los socialdemócratas 600 mil, ganados por los comunistas. En conjunto, estos dos últimos partidos cosechan un millón y medio de votos más que los nazis. En Berlín, los comunistas han obtenido el 37,7% de los sufragios, y los socialdemócratas el 23,8% (en total, el 61,5%), contra el 23,2% de los nacionalsocialistas, cuya pérdida de velocidad anuncia un declive próximo si no llegan al poder. Una crisis se incuba en ese partido, que Hitler sofoca por medio de la expulsión del líder de su ala plebeya, uno de los hermanos Strasser.

El 2 de diciembre, el canciller Hindenburg pone el gobierno en manos del general Von Schleicher, en lo que es la última tentativa de encontrar un hombre menos costoso que Hitler y sus bandas voraces. Von Schleicher procura apoyarse en la socialdemocracia, deroga las ordenanzas antisociales de Von Papen e intriga con el "ala izquierda" nazi de los hermanos Strasser. Fracasa. El número de desocupados roza los 8 millones. El gran capital, hasta aquí titubeante, se decide a propulsar a Hitler al poder.

(…) En Alemania, el desenlace se aproxima. El 7 de enero de 1933, los magnates de la economía alemana y los líderes nazis se reúnen. Los nacionalsocialistas anuncian su decisión de desfilar por el corazón de la Berlín roja el 22, delante de la casa Karl-Liebknecht, sede del KPD, cuyos dirigentes invitan a sus militantes a acosar al prefecto de policía de la ciudad con telegramas de protesta; en resumen, a combatir al nazismo con papel. El 22, las hordas de las Stunnabteilung (SA), las primeras tropas de choque del partido, desfilan triunfantes frente a la sede del KPD, que prohíbe a sus militantes responder a la provocación. El 28, Von Schleicher renuncia. Hitler lo hará asesinar en junio de 1934.

El 30 de enero de 1933, el mariscal Hindenburg, elegido en 1932 presidente del Reich con los votos de los demócratas cristianos y los socialdemócratas para poner freno a Hitler, nombra a éste canciller de la nación a la cabeza de un gobierno de coalición con Von Papen y Alfred Hugenberg, el jefe de la liga paramilitar de los Cascos de Acero. A la noche, los miembros de las SA, borrachos, invaden los barrios obreros de Berlín y dan inicio a una cacería de rojos.

Para la Internacional Comunista, la llegada al poder del nazismo expresa la crisis última del capitalismo y anuncia su convulsión final y la victoria próxima de la revolución. El 10 de febrero de 1933, Hitler disuelve el Reichstag; Die Rote Fahne clama al día siguiente: “Hitler gobierna, pero el comunismo avanza”. En una palabra, todo está muy bien. Ese mismo día, sin embargo, la policía irrumpe en la casa Karl-Liebknecht. El 4, un decreto prohíbe toda crítica contra el gobierno. El 5, Trotski señala el carácter inestable y efímero de la coalición gubernamental, que asocia a los jefes nazis, titulares de cargos secundarios con la excepción del propio Hitler, a la camarilla de propietarios animada por la esperanza de disponer a su antojo de las bandas fascistas. Convencido de que el nombramiento de Hitler es un golpe muy duro a la clase obrera y un desafío que provocará al menos "una serie de reacciones dispersas" del proletariado, por entonces Trotski no ve en él, por lo tanto, una derrota irremediable.

Su análisis se verifica ya al día siguiente. El 6 de febrero de 1933, los nazis matan al alcalde socialdemócrata de Stassfurt. La huelga general estremece la ciudad el día de su entierro. El 7, el SPD organiza una manifestación en el Lustgarten, en pleno Berlín. Millares de obreros comunistas van entonces hacia los manifestantes socialistas gritando: "¡Unidad!". Los dos cortejos se unen y marchan juntos por la Kiosstrasse, la multitud crece y llena las calles aledañas al grito de "¡Abajo el gobierno! ¡Frente rojo! ¡Libertad! ¡Muera Hitler! ¡Berlín es rojo! ¡Abajo el gobierno fascista!". Atemorizados, los nazis se esconden. Los jefes de ambos partidos se niegan a trasladar a la cumbre esa unidad realizada en la base.

(…) En febrero de 1933 se celebra una conferencia de la Oposición de Izquierda Internacional; Trotski, ausente a la fuerza, ha redactado los 11 puntos de la plataforma que define su marco. En ellos pone en primer lugar la independencia del partido obrero "siempre y en todas las condiciones", y luego insiste en "la necesidad de una vasta política de frente único”, en el carácter internacional, es decir permanente, de la revolución proletaria y, por lo tanto, en "el rechazo ue la teoría uel socialismo en un solo país".18 Los vínculos con los restos de la Oposición rusa son tenues. Pero ésta sigue viva.

El 23 de febrero, Hitler dispone la ocupación y la clausura de la casa Karl-Liebknecht. El KPD no rechista. El 27, el Reichstag estalla en llamas; los nazis atribuyen el incendio al Partido Comunista, acusado así de dar la señal de una insurrección, y promulgan un decreto de excepción "sobre la protección del pueblo y el Estado” que prohíbe la prensa socialdemócrata y comunista. La policía arresta a centenares de cuadros de ambos partidos. A despecho de las presiones, el terror que desatan las SA y el fraude electoral, los nazis no consiguen la mayoría en las elecciones del 5 de marzo: cosechan 17.200.000 votos (es decir el 43,9%) contra 7.100.000 del SPD y 4.800.000 del PC. Es un fracaso para Hitler, que al día siguiente disuelve el KPD y, tres días después, hace anular la elección de los 81 diputados comunistas, cuyos dirigentes siguen creyendo que llegarán al poder después del Pührer.

El 4 de marzo de 1933, un artículo de Izvestia afirma que la URSS es el único país del mundo que no siente hostilidad por Alemania, "y ello con prescindencia de la forma y la composición del gobierno del Reich". La insinuación dirigida a Hitler es transparente. El 5 de marzo, el presidium de la Internacional Comunista aprueba la línea adoptada por el Partido Comunista en Alemania y reduce la llegada del hitlerismo al poder a un simple episodio parlamentario.

La fragilidad del equilibrio social y político de la Unión Soviética lleva muy pronto a Stalin a buscar un acuerdo con Hitler, quien, deseoso en principio de apaciguar a Gran Bretaña, rechaza por el momento la mano tendida. El 14 de marzo, un poco tarde, la Komintern invita al disuelto KPD a proponer una acción común al SPD, que la rechaza para mantener más adecuadamente su existencia parlamentaria legal.

La victoria de Hitler hace tambalear los cimientos del movimiento obrero internacional. En febrero, una decena de organizaciones socialdemócratas de izquierda han convocado para fines de agosto una conferencia mundial contra el fascismo. El 14 de marzo de 1933, Trotski constata el hundimiento sin verdadero combate del "proletariado más poderoso de Europa". Es cierto, la socialdemocracia ha cometido una traición, pero la Internacional Comunista, creada para liberar a los obreros de su influjo, ha hecho que "el proletariado alemán [se viera] impotente, desarmado, paralizado en el momento de la mayor prueba histórica”. Anuncia, además, otra catástrofe inminente en "Austria, directamente amenazada por el cataclismo fascista''. Y concluye: "En Alemania, ha dejado de cantarse la siniestra canción de la burocracia estalinista”. Es preciso, pues, luchar por la creación de un nuevo partido.

(…) En Alemania, el Partido Socialdemócrata y el Partido Comunista se descomponen a toda marcha. Ernst Thálmann es entregado a la Gestapo por sus propios guardaespaldas. Si el 23 de marzo los diputados socialdemócratas niegan los poderes especiales a Hitler, votados por el centro católico, a fines de abril, los sesenta diputados socialistas aún en libertad aprueban por unanimidad la política exterior del Fúhrer y, el 30, rompen con la Internacional Socialista, culpable de criticarlo. El 19 de junio, el Comité de Dirección del Partido Socialdemócrata separa a sus miembros judíos. El 24, Hitler lo disuelve. El pequeño Partido Socialdemócrata de Izquierda, el SAP, se pronuncia en junio de 1933 por un nuevo partido y una nueva Internacional.

(…) El 5 de mayo de 1933, Berlín y Moscú han renovado el tratado de Rapallo de 1922 sobre la cooperación comercial entre los dos países. Ese acuerdo, destaca Trotski, no puede sino "ejercer una influencia funesta sobre el estado de ánimo de los obreros alemanes", pero se niega a ver en él una traición. Tras la victoria de Hitler, la relación de fuerzas es desfavorable para la URSS. En cuanto Estado, ésta debe transigir. Pero Stalin implementa frente al nazismo una política dictada a la vez por la ceguera y el intento de encontrar un entendimiento con Hitler, en caso de necesidad. De tal modo, en octubre de 1933 se opone a que el KPD boicotee el referéndum hitleriano y lo obliga a participar en él, lo cual acelera la desmoralización de sus cuadros. Disimula ese servicio prestado a Hitler mediante un camuflaje burdo: en diciembre, el Comité Ejecutivo de la Internacional pretende que en Alemania está en marcha un nuevo ascenso revolucionario. Stalin reduce el nazismo a un mero surgimiento, agravado por "métodos terroristas de dirección", del militarismo prusiano o imperial, en el que la "nueva política recuerda en sus fundamentos la política del ex kaiser alemán". Nada más.(...)

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