Por Olmedo Beluche

Cada régimen capitalista necesita una guerra, más ideológica que real, para justificar sus actos cuestionables, sus imposiciones y el latrocinio sobre la propiedad pública. Durante décadas, en América Latina, se disfrazó la expoliación económica y la injusticia social en nombre de la lucha “contra el comunismo”. Desaparecida la Unión Soviética y el llamado “campo socialista”, esa ideología había perdido sentido. Había que inventar nuevas “guerras” que justificaran las desigualdades sociales continuadas. Así nacieron con el nuevo siglo la “guerra al terrorismo” y la “guerra a las drogas”.

En Panamá, el presidente Ricardo Martinelli ha declarado su propia guerra, para justificar sus desmanes contra la cosa pública: la “guerra a la delincuencia”. Útil apelo ideológico con el que busca amedrentar masivamente a la población, reprimir y acallar las voces críticas a su gestión, pero sin bajar para nada la ola de criminalidad que azota al país.

El delito es una de las consecuencias del saqueo capitalista y su profundización de las desigualdades sociales, y como éstos han llegado al paroxismo, la criminalidad ha alcanzado niveles inusitados. Ambos están directamente relacionados y son dos caras de la misma moneda. En un artículo anterior (“Aumento exponencial de la criminalidad, otro síntoma de la crisis del sistema”, abril de 2011) demostramos con cifras del SIEC, cómo los saltos exponenciales de la criminalidad en Panamá están asociados a la consolidación del modelo económico excluyente: “1995, con el gobierno de Ernesto Pérez Balladares y sus reformas laborales y privatizaciones; y 2007, con Martín Torrijos, cuando se consolida el esquema económico de país volcado a la especulación inmobiliaria y turística”.

Pero el gobierno empresarial de Martinelli no puede llegar a la conclusión correcta, de que la única manera de atacar el delito eficazmente es cambiando el modelo económico que se ha impuesto, pues ello afectaría sus intereses específicos. Por eso se buscan subterfugios represivos e ineficaces para distraer a los incautos haciéndoles creer que se están tomando medidas contra la delincuencia, mientras ésta sigue creciendo porque se sigue profundizando el modelo económico excluyente y el sistema capitalista superexplotador que padecemos.

Por ejemplo, en vez de una política de empleos masivos para darle trabajo al alto porcentaje de jóvenes que ni estudian ni trabajan (los “ni, ni”), se aumentan constantemente la duración de las penas, y se baja la edad de imputabilidad cada vez más. Otra medida pueril salida de los genios del Ministerio de Seguridad ha sido el ocultamiento y retoque de las cifras de delitos cometidos, puestas en evidencia por diversos periodistas.

Pero la medida más irritante y cuestionada en estos días en Panamá es la aplicación masiva y arbitraria de retenes policiales combinados con la nueva tecnología denominada “pele police”, una especie de “smartphone” que conecta con las bases de datos (desactualizadas) de la Policía Nacional, a ver si el número de cédula o el nombre del ciudadano aparece requerido por alguna autoridad o instancia judicial. Quien tenga la desdicha de aparecer en el susodicho aparato es retenido y conducido inmediatamente, no importa si se trata de un condenado en fuga, un sospechosos criminal, o simplemente una boleta de tráfico o una pensión alimenticia adeudada.

Los retenes con “pele police” son aplicados en la República de Panamá al arbitrio del humor del jefe policial. Se le ha usado para intimidar a quienes acuden a alguna protesta popular, o en una fila interminable de autos de gente apurada que acude a sus trabajos cada mañana. Acá no hay garantía constitucional que valga: ni libertad de tránsito, ni presunción de inocencia, ni orden de autoridad competente. Toda la ciudadanía está bajo sospecha. Tampoco importa que un juez la haya declarado inconstitucional. Parece que la consigna es: cuanta más gente se la obligue a sufrir el retén y pasar por el aparatejo, más creerán que “la policía está trabajando”.

Las cifras difundidas por la propia policía no dejan lugar a dudas. De una población que oficialmente apenas sobrepasa los 3 millones de habitantes, han pasado por el suplicio 1.445.000 personas. Si sacamos a los niños y personas enfermas que no se pueden movilizar, tenemos que alrededor de la mitad del país ha sido “verificado”. Es como si Martinelli hubiera declarado el “estado de sitio”, la suspensión de las garantías constitucionales y hubiera dado un golpe de estado. Uno se queda con la duda si a lo dicho agrega todo el control sobre los órganos del Estado y los medios de comunicación, las amenazas a los opositores que no se venden, la apropiación de los bienes y recursos del estado, etc.

Alejandro Ganci, agudo economista y destacado miembro de la Asamblea Ciudadana, ha hecho sus cálculos para demostrar la completa ineficacia de los retenes “pele police”: si se han verificado 1.445.000 personas, pero sólo se han detenido 2,400 (no sabemos cuántos por errores de la base de datos o por faltas administrativas menores y cuántos eran verdaderos criminales), tenemos que la efectividad del operativo ha sido menor a dos décimas del uno por ciento!!!

Según Ganci, si tomamos en cuenta que la media salarial es de 640.00 dólares mensuales, y que a las personas en los retenes se les hace perder hasta media hora en el retén (se han malbaratado 3.60 por persona), que en tiempo perdido suman más de 722,500 horas y 5.2 millones de dólares perdidos.

Dicho en términos capitalistas gratos al Presidente de la República: los retenes son un saco roto, una medida improductiva que no tiene justificación. Si la policía fuera una empresa privada, al gerente encargado de esta idea se le habría despedido por poner en riesgo el negocio.

Claro el “presupuesto” del que se parte es que el objetivo del “pele police” más retén es disminuir la delincuencia. Pero puede que en la cabeza de los gobernantes no sea ese el objetivo de estos “operativos” (bajar la delincuencia), sino otro inconfesable: intimidar a la población. Entonces la medida adquiere toda la racionalidad oculta que no habíamos descubierto hasta ahora.

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