NICARAGUA.- A 37 años de la revolución nicaragüense: de la dictadura de Somoza al bonapartismo corporativo de Ortega


Por José Rene Tamariz

El 17 de julio del año 1979 el último dictador de la dinastía de la familia Somoza, Anastasio Somoza Debayle, huye de Nicaragua hacia Miami debido al inminente triunfo de la insurrección popular y la contundente derrota de la guardia nacional (GN), cuerpo militar represivo y sanguinario, creado por el imperialismo yanqui en el año 1927. La destrucción del ejército y los demás cuerpos represivos significó, prácticamente la destrucción del Estado burgués en Nicaragua.

El 19 de julio de ese mismo año, entraban triunfante a Managua las tropas guerrilleras y masas revolucionarias y la dictadura de los Somozas, hija del imperio estadounidense, había sido destruida por una poderosa y violenta insurrección, acaudillada hábilmente por el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), organización guerrillera formada en el año 1961.

Nicaragua y las intervenciones imperialistas

La historia de Nicaragua del siglo pasado, en gran parte, está determinada por las diferentes formas de intervenciones del imperialismo estadounidense en los asuntos internos del país. La posición geopolítica de la Nación; los permanentes conflictos intestinos entre liberales y conservadores, élites oligárquicas-burguesas entreguistas de la soberanía nacional y la extrema debilidad del proletariado nicaragüense, posibilitaron las ocupaciones del imperio yanqui.

Las características de las clases dominantes de esa época son el producto de las debilidades estructurales del desarrollo del capitalismo nicaragüense. Los intentos y medidas del régimen del general y cafetalero liberal, José Santos Zelaya (1893-1909), por promover cierto desarrollo nacional y modernizar Nicaragua, obtuvo la virulenta oposición de los conservadores, porque esas medidas favorecían el fortalecimiento de la facción liberal en detrimento de la fracción conservadora.

A finales del año 1909, renuncia el general Zelaya, producto del alzamiento militar de los conservadores en la zona atlántica y las presiones imperialistas. Entonces, “La era Zelaya llegó a su fin como resultado de una revuelta del Partido Conservador, en alianza con un grupo de liberales desafectos, y apoyados por el gobierno de los Estados Unidos. El intento de Zelaya de impulsar la construcción del canal sin participación estadounidense, la negociación de importantes préstamos con consorcios europeos, sumados a su intromisión en los asuntos internos de Honduras, motivó al secretario de estado Philander Knox a apoyar a los enemigos políticos del dictador liberal para lograr su derrocamiento…”. (Knut, 2004: 32).

El derrocamiento del régimen de Zelaya, marca el inicio de las sucesivas intervenciones militares y de todo tipo de intromisión del imperialismo yanqui en Nicaragua. De esta forma, la nación se transforma de un país semicolonial a neocolonial, mejor conocido en la historia nacional como “protectorado” (1910-1932). Cuenta Pío Bolaños, quien fue secretario personal del general Zelaya y cónsul en Nueva York, que en octubre de 1910 llegó a Managua, el agente del imperialismo yanqui, Thomas Dawson, a suscribir convenios de sujeción de los gobernantes de turno a los dictados de los Estados Unidos de América. Nuevamente en noviembre del año 1911 llegó a Nicaragua, el agente financiero imperialista Ernest Wands, para profundizar la entrega de Nicaragua al imperio estadounidense. De esa forma “Prácticamente, hoy día, los banqueros Brown Bros y J. & W. Seligman & Co., de Nueva York, son los dueños de las rentas y propiedades de la República de Nicaragua…”. (Bolaños, 1984: 17). Entonces, a partir del año 1910, se inicia la formación del protectorado del gobierno de los Estados Unidos sobre Nicaragua, el cual asume el control total del país: financiero, fiscal, económico, político y gubernamental.

Para mantener el control del nuevo colonialismo en Nicaragua, el imperialismo yanqui, realiza sucesivas intervenciones militares, además de las anteriores señaladas, en los años 1912-1925 y 1926-32. Contra esta última intervención imperialista es la que lucha el general Cesar Augusto Sandino. Al retirarse las tropas estadounidenses en el año 1925, se inicia una revuelta militar de los liberales en contra del gobierno de Adolfo Díaz, gobierno que le fue transferido a este por el golpista, general conservador, Emiliano Chamorro, que había derrocado al gobierno libero-conservador de Sacasa-Solórzano.

El general Augusto Cesar Sandino, militar liberal, luchaba al lado del ejército liberal para restituir a ese gobierno, electo mediante elecciones. Producto de esta sublevación militar, regresan nuevamente las tropas imperialistas a poner el orden en su protectorado. Imponen la rendición al ejército liberal mediante el pacto Stimson-Moncada en 1927, mejor conocido como pacto del espino negro. A esta rendición se opone el General Sandino. No entrega las armas y comienza la lucha guerrillera en las montañas del norte de Nicaragua en contra de las tropas ocupantes.

Surgimiento de la dictadura de la familia Somoza

La dictadura de Anastasio Somoza García (1936-1956), surge como el producto de la combinación de varios factores. En primer lugar, el desarme de los ejércitos de las fracciones burguesas, liberales y conservadores, producto del pacto del espino negro, la conformación de la guardia nacional y el posterior nombramiento de Anastasio Somoza García, como jefe director de las fuerzas armadas, contribuyen a darle mucho poder a este testaferro del imperialismo yanqui.

En segundo lugar, el fusilamiento del General Sandino y de sus seguidores, que habían negociado un acuerdo de paz con el Presidente Sacasa, a manos de la guardia nacional, facilitan que Somoza se erija como única fuerza militar decisiva en el escenario nacional. En tercer lugar, el hábil manejo por parte de Somoza de las divisiones entre liberales y conservadores, así como el débil gobierno de Sacasa, sumado al deterioro de la situación económica de esa época, su suman como elementos que, al final, conducen a Somoza a dar el golpe de estado contra Sacasa y, posteriormente, erigirse como candidato presidencial único en las elecciones del año 1936.

De ese modo surge la dictadura de la familia Somoza que se perpetúa a lo largo de 43 años. EL viejo Somoza García, padre de la dictadura dinástica, es ejecutado por Rigoberto López Pérez en el año 1956. Siendo su hijo mayor, Luis Somoza Debayle, presidente del Congreso, es electo Presidente interino y, posteriormente, mediante unas elecciones fraudulentas en el año 1957, se hizo Presidente de Nicaragua por el periodo 1957-1963. Una vez terminado su mandato, Luis Somoza que se presentaba como un “modernizador” y “reformista”, hizo elegir a un títere, René Schick, como candidato a la Presidencia de la República la cual ganó, mediante fraude electoral.

Para las próximas elecciones, el tercer dictador de la familia dinástica, Anastasio Somoza Debayle, se hizo nombrar candidato a la Presidencia, la cual, nuevamente, mediante fraude electoral, ganó en el año 1967, manteniéndose, mediante la represión sanguinaria y elecciones fraudulentas sucesivas con la complicidad del partido conservador, en el poder hasta su derrocamiento violento en 1979.

El triunfo de la revolución

El 19 de julio del año 1979 triunfa la revolución nicaragüense. La victoria de la insurrección y revolución nicaragüense fue el producto de la combinación de factores nacionales e internacionales que, la dirección sandinista, logró comprender y aprovechar para colocarse a la cabeza y dirigir ese poderoso y glorioso ascenso del movimiento de masas. Para finales de los años 70, la dictadura de la familia Somoza se encontraba en franca crisis económica, pero, principalmente, en una terrible crisis política.

La dictadura se encontraba agotada y las masas la odiaban. Las familias consideraban a la dictadura una amenaza para la sobrevivencia de sus familias, ya que la guardia somocista y sus demás organismos de represión asesinaban a diestra y siniestra a todos los jóvenes, por considerarlos potenciales guerrilleros, independientemente de que fueran o no sandinistas. Aquí el factor social y político se convirtió en un elemento objetivo. Por otro lado, los hijos de las familias de clases medias y ricas, se incorporaban masivamente a las filas de diferentes tendencias del sandinismo porque se habían radicalizado, en parte, por las contradicciones económicas que esas familias tenían con los sectores burgueses surgido del somocismo. Este factor explica las grandes movilizaciones cotidianas, tomas de iglesias, huelgas estudiantiles en secundaria, enfrentamientos armados e insurrecciones espontaneas que se produjeron a lo largo de los años 1976, 1977, 1978 y 1979.

Sobre este poderoso movimiento espontáneo de masas, la dirigencia del FSLN logró cabalgar y dirigir para encuadrarlo bajo su conducción. He aquí, precisamente, donde se encuentra la habilidad política y comprensión correcta de los fenómenos sociales y políticos, por parte de la dirigencia del FSLN, principalmente de la tendencia insurrecional, que se producían en Nicaragua. A su vez, estos factores nacionales coincidieron a nivel internacional con cierta debilidad del imperialismo yanqui, producto de su contundente e histórica derrota en Vietnam en el año 1975, lo cual condujo al imperio yanqui a variar su política de apoyo incondicional a la dictadura de la familia Somoza.

A su vez, la socialdemocracia internacional y otros gobiernos latinoamericanos, comenzaron a dar apoyo político, económico y militar al FSLN, pero obviamente, con la intención de influir y decidir sobre el curso y final de los acontecimientos y la inminente caída de la dictadura somocista. Es importante destacar, en este apartado, para hacer honor a la verdad que la organización del FSLN fue un enemigo irreconciliable de la dictadura de los Somoza, de la cual siempre buscó su destrucción, por la vía armada.

No obstante, se debe señalar claramente los límites de la conducción del FSLN, en sus distintas variantes. El sandinismo combinaba a nivel político-ideológico el nacionalismo del general Cesar Augusto Sandino con algunas nociones del socialismo burocrático y deformado del stalinismo y el castrismo. Esta amalgama contradictoria, confusa y equivocada, combinada con el carácter y composición social de las clases medias y altas de la dirigencia de las distintas corrientes del sandinismo, aunque tuviera una base plebeya, la condujo finalmente a lo que conocemos del sandinismo actual, tanto del FSLN en el poder actualmente, convertido en una burguesía emergente, como del MRS que se encuentra en la oposición, pero totalmente a la derecha y en alianza con las fuerzas más reaccionarias del país.

La conversión de una organización revolucionaria en un partido burgués y una nueva burguesía, no es nueva en la historia. Sin embargo, la transformación del FSLN como ejemplo histórico más moderno es importante y educativo para preparar a las nuevas generaciones de revolucionarios en lo que no se debe hacer. Sin duda alguna, forzando a la genética humana en una explicación social y política, podríamos decir que la transformación del FSLN en partido burgués y nueva burguesía, se encontraba en los “genes” del FSLN, pero que en su etapa ascendente eran “genes recesivos” que se ocultaban y enmascaraban y, en su fase decadente, esos “genes” se manifestaron y transformaron en “genes dominantes”.

La revolución nicaragüense y su influencia en Centroamérica  

Dado que los países centroamericanos, constituyen en los hechos, una unidad geográfica, económica y cultural, ese triunfo revolucionario en Nicaragua abre una situación revolucionaria a nivel de toda la región centroamericana, combinados con los factores económicos de relativa crisis internacional. El triunfo revolucionario en Nicaragua estimula y fortalece al movimiento popular y sus organizaciones a nivel regional. El Salvador en el 1979 también se encontraba en una profunda situación de crisis política con fuertes oleadas de huelgas, movilizaciones, acciones guerrilleras y todo tipo de acciones. Prácticamente, ese país estaba al borde de la guerra civil a inicios del año 1980.

Es por ello, que cientos de combatientes nicaragüenses con sus armas cruzan las fronteras y se dirigen a apoyar militarmente la revolución en El Salvador, para extender la revolución. Obviamente este es un proceso espontaneo y que se produce por fuera de la línea oficial del FSLN. Es por esta razón que la dirigencia sandinista reprime ese proceso espontaneo y luego lo canaliza de forma burocrática. A su vez, Guatemala, también se encontraba en una situación de fuertes enfrentamientos militares entre el ejército y las organizaciones guerrilleras, movilizaciones y huelgas. Sin embargo, en este país las fuerzas represivas del ejército logran tener una política de tierra arrasada y un combate más efectivo en contra de la guerrilla a la cual logran golpear.

Sin embargo, es evidente que, en Centroamérica, entre los años 79 y 81 el orden establecido por el imperialismo yanqui, mediante dictaduras militares, se encontraba en proceso de derrumbamiento y colapso. Si todo ese orden, al final, no se viene totalmente abajo se debe a la conducción del castrismo y el sandinismo que, producto de una política nacionalista, no tienen una política de extensión de la revolución región centroamericana. Castro aconseja a la dirección del FSLN no seguir el ejemplo de Cuba de expropiación total de la burguesía y, a su vez, la dirección sandinista no apoya totalmente, con hombres y armas, a las organizaciones de El Salvador y Guatemala, evitando con ello el triunfo revolucionario en esos países y, por ende, que termine imponiéndose la contrarrevolución y el imperialismo. Al final, esta política se vuelve en contra de la revolución nicaragüense que, en términos de 10 años, termina siendo derrotada por la política imperialista.

Las conquistas de la revolución nicaragüense

En el año 1979 y 1982 se emiten una serie de decretos y medidas altamente progresivos por parte de la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional (JGRN), integrada por mayoría sandinista, Daniel Ortega, Sergio Ramírez y Moisés Hassan y dos representantes burgueses, Violeta de Chamorro y Alfonso Robelo. Se disuelve formalmente, aunque ya estaba destruida por la insurrección triunfante, la guardia nacional; se confisca todos los bienes de la familia Somoza que constituían el 20% de las tierras, explotaciones agrícolas, fábricas y otros negocios; se nacionaliza el sistema financiero; se nacionaliza el comercio exterior; se abole la pena de muerte; se reducen drásticamente los alquileres de casas, asestando un duro golpe a los dueños de casas; se declara la gratuidad de la educación universitaria; se realiza la alfabetización masiva de la población a lo largo y ancho del territorio nacional y muchos otros de gran importancia.

En el terreno de la salud, Nicaragua era el ejemplo a seguir en el tercer mundo sino también de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Leamos lo que se decía en aquella época: “Nicaragua es un caso especial. Los adelantos en la atención de salud realizado por el actual gobierno han mejorado significativamente las vidas de muchos nicaragüenses. En 1982, la Organización Mundial de la Salud designó a Nicaragua como el “país modelo” del Tercer Mundo en atención de la salud. En agosto de 1979, un sistema nacional de salud único unió a las 23 instituciones separadas existentes bajo el gobierno prerrevolucionario, y el sistema en su conjunto ha llegado a ser más eficiente y extensivo. El presupuesto de salud del país subió un 50% en el primer año después de la revolución…”. (Freiberger, 1989: 227). Obviamente, actualmente ninguna de esas conquistas existe, sino que más bien lo que existe es un profundo retroceso en todos los terrenos, a pesar de una relativa mejoría en relación a años anteriores.

Por otro lado, la sindicalización de los trabajadores entre julio del año 1979 a diciembre del año 1982 fue espectacular, pasando el número de sindicatos de 138 a 1200. ¡Un incremento de casi el 900 por ciento!! Pero, no solo se trataba del aumento numérico, sino que dentro de muchas fábricas se establecía un poder dual, ya sean que los dueños fueron privados o bien los gerentes fueran representantes del gobierno sandinistas. Los trabajadores en las fábricas sancionaban y despedían a los jefes, sometiéndolos a los dictados y resoluciones de las asambleas de los trabajadores que, a mano alzadas, imponían sus posiciones. En las fábricas y empresas existían de forma generalizada comisariatos que vendían a precios bien baratos los productos básicos a todos los trabajadores. Así sucesivamente, también sucedía en los barrios, haciendas y otros lugares.

Es importante destacar que, dentro de este proceso revolucionario altamente móvil e inestable, la izquierda revolucionaria se desarrolló e impulsaba la revolución hacia adelante, exigiendo la expropiación de todos los grandes capitalistas, la ruptura de las alianzas gubernamentales del FSLN con burguesía y el apoyo de los procesos revolucionarios en los demás países centroamericanos como una forma de fortalecer y extender la revolución nicaragüense.

La contrarrevolución y su desarrollo

Desde el año 1981, fecha en que asume la presidencia de los Estados Unidos, Ronald Reagan, comienza un ataque de este hacia la revolución nicaragüense. Este gobierno suspende préstamos tanto de ellos como de instituciones multilaterales, se desarrollan campamentos contrarrevolucionarios en la Florida; se autorizan operaciones militares encubiertas contra el gobierno sandinista; en el año 1983 se realiza ataque contra puerto Corinto y para los años posteriores, inician sus operaciones militares la guerrilla contrarrevolucionaria en contra de la revolución nicaragüense.

En esos años, el gobierno sandinista instaura el servicio militar obligatorio conocido patriótico (SMP). Producto de la guerra, la mayor parte del presupuesto de la República se destina a gastos de guerra; los EE.UU imponen el bloqueo económico a Nicaragua; se produce el desabastecimiento generalizado; se produce una gigantesca hiperinflación del 14 mil por ciento, la más grande del mundo; los ataques contrarrevolucionarios destruyen la infraestructura en diversos poblados; miles de jóvenes combatientes mueren los frentes de guerra y se producen otros males producto de la guerra contrarrevolucionaria. En síntesis, los efectos de la guerra someten a la población a una gran penuria, escasez, pobreza, miseria, hambre y muerte. Es un panorama dantesco el que produce la guerra contrarrevolucionaria.

El surgimiento de la contrarrevolución como la contraparte de la revolución era un fenómeno inevitable, sin embargo, el desarrollo de la contrarrevolución como un fenómeno de masas era evitable con políticas sociales, económicas y estructurales hacia sectores sociales claves, como eran el campesinado y las minorías nacionales de la costa atlántica. Debido a la naturaleza social y política de la dirigencia del FSLN, se cometen graves errores contra estos sectores como el reasentamiento forzado de los misquitos, la violación de sus costumbres, de su lengua y sus tierras, así como la no entrega de la tierra al campesinado pobre. Entonces, el crecimiento de la contrarrevolución con estas fuerzas sociales muy importantes, minorías nacionales y campesinado, trasforma las operaciones y actividades contrarrevolucionarias de las huestes somocistas en una guerrilla de masas que, posteriormente, conllevan a capitulaciones en las negociaciones y a la derrota de la revolución en las elecciones del año 1990.

La derrota de la revolución nicaragüense

La derrota electoral del FSLN a manos de la derechista y pro-imperialista Unión Nacional Opositora (UNO) en el año 1990 es el resultado y producto de una combinación de factores. La guerra civil contrarrevolucionaria de los últimos años de la década de los 80 diezmó no solo la capacidad económica para sostener el país, sino también la energía y los recursos humanos, los combatientes, para enfrentar exitosamente a la contrarrevolución.

Las familias y la población ya no aguantaban más los estragos de la guerra, estaban cansadas de la guerra. Las masas hambrientas, empobrecidas y con uno o varios hijos muertos en los combates, encontró, por la vía de las elecciones del año 1990, la forma de detener la guerra y votó masivamente en contra del FSLN. Este proceso subterráneo y soterrado, el FSLN no logró entenderlo y se confundían con las encuestas que le daban el triunfo y con las grandes movilizaciones que lograban en las ciudades y poblados, a pesar de la guerra. Fue un fenómeno político y social altamente contradictorio. Lo que pasa en las calles no se corresponde con lo que está pasando en la conciencia de las amplias masas que no se movilizan.

La derrota de la revolución condujo a graves retroceso a todos los niveles. Miles de nicaragüenses, producto del crecimiento de la pobreza, emigraron a Costa Rica, los Estados Unidos y otros países. Se desmontaron todas las conquistas sociales, políticas, sindicales y demás que aún quedaban, a pesar de las políticas de reacción de la dirigencia sandinista.

De aquella dorada época no queda nada, solo viejos personajes políticos y empresarios, muchos de ellos transformados en nuevos ricos y políticos burgueses, otros convertidos en tránsfugas políticos, viejos empresarios y millonarios, como los Pellas, que de ser expropiado en 1988 de su insigne empresa el Ingenio San Antonio, ahora es consultado y tomado en cuenta, junto con empresarios del COSEP, en la mayoría de las tomas de decisiones por el gobierno de Ortega. Continua intacto el sistema capitalista, a pesar de los duros ataques que sufrió en el proceso revolucionario. Este sistema ha demostrado su capacidad de sobrevivencia y su capacidad de fagocitar a los que, en algún tiempo, fueron revolucionarios.

El Bonapartismo corporativo de Ortega y el FSLN

Actualmente, después de 37 de la poderosa insurrección y revolución nicaragüense, se encuentra en el poder el FSLN. En los discursos oficiales todavía se habla de la revolución. Sin embargo, esas son palabras nada más. El FSLN es un partido y su régimen es uno de los pocos en América Latina que cumple al pie de la letra los dictados y las políticas oficiales de los organismos financieros internacionales como el FMI, el BM y otros.

El FSLN y un sector de sus miembros, representan hoy una nueva burguesía con intereses económicos en diversas actividades empresariales, agropecuaria, energía, finanzas y otras. Muchos acusan al régimen de Ortega, incluido el MRS, como una dictadura. Otros como el politólogo José Dávila como un régimen de “híbridocracia”. Sin embargo, nosotros caracterizamos al régimen de Ortega como bonapartista, pero de tipo corporativistas.

Bonapartista porque es un “régimen personal” que pretende elevarse por encima de la sociedad, pero que al final defiende y protege los intereses de las clases dominantes. El término corporativo se le asigna, porque en la Constitución Política en uno de sus artículos incorpora a los empresarios como órgano de consulta y toma de decisiones para su régimen político. Lo anterior, no significa para nada que no tengan contradicciones con el sector corporativo de su régimen, los capitalistas y sus cámaras empresariales.

Las lecciones de la revolución nicaragüense

A nuestro juicio, existe una enseñanza fundamental para construir una teoría de la revolución centroamericana a partir de la revolución nicaragüense. No es posible sostener una revolución victoriosa en uno de los países centroamericanos en los estrechos marcos nacionales. La existencia y sobrevivencia de esta revolución solo sería viable si se extiende al resto de los países centroamericanos y se convierte en una revolución a escala regional.

Dado los lazos económicos, vasos comunicantes y la interdependencia entre los países centroamericanos la revolución en Centroamérica será centroamericana o no será posible sostenerla, incluso si la revolución triunfa siendo dirigida por un partido revolucionario socialista. Es cierto que la dirección sandinista con sus desaciertos y sus políticas colaboracionistas y la contrarrevolución imperialista condujeron a la derrota de la revolución, sin embargo, las posibilidades de resistir la ofensiva contrarrevolucionaria se hubieran compensado con el apoyo de los demás países, así como poder haber resistido al bloqueo económico y demás efectos negativos provocados por la guerra contrarrevolucionaria.

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