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Last updateVie, 05 Jun 2020 7pm

HONDURAS.- ¿Evaluar o no evaluar? …. ¡he ahí el dilema!

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Por Carlos M. Licona

Ante una crisis lo primero que hay que tomar en cuenta es la dimensión de la crisis misma, el desconocimiento de esta va a ocasionar que se incurra en muchos errores. Pero aún más allá, todos aquellos contextos que indirectamente se ve afectados por la crisis misma.

En todo el planeta nadie tenía previsto las consecuencias en que nos ha sumergido el COVID-19, y peor aún, todos aquellos gobiernos con individuos incapaces administrando las instituciones son los que peores resultados están obteniendo en esta lucha que tiene hincado al capitalismo y sus políticas neoliberales.

En Honduras la educación no es ajena a esta realidad y lo que si hay bien claro en este momento es una fricción gigantesca entre el ministro de educación, Arnaldo Bueso y la viceministra en asuntos técnicos pedagógicos, Gloria Menjívar.

¿Cuál es la situación actual en educación?

El 12 de marzo salió un comunicado que a partir del viernes 13 se suspendían las clases a nivel nacional, las universidades tomaron igual medida y se decretó una cuarentena total a partir del lunes 16 de marzo.

Esta repentina decisión que se tomó para no complicar los casos de contagio en el país no dio lugar a que los docentes llegaran a acuerdos con las madres de familia y alumnos. Por lo tanto, tanto docentes como madres y alumnos se fueron en ascuas a recluirse a las casas y pensar en únicamente la alimentación.

En el uso de la tecnología para intercambiar comunicación o interactuar con el envío de trabajos, en su gran mayoría se limita al uso del celular, aparatos que en su mayoría corresponden a una baja capacidad de almacenamiento y de resolución. Pero todavía algo más, en su gran mayoría las madres de familia y estudiantes en general usan el celular exclusivamente para chatear con familiares y amistades.

El docente no es ajeno a esta situación, muchos desconocen la tecnología para elaborar una guía de trabajo y poder enviarla. Luego se tiene la poca capacidad de interpretación existente en las madres de familia y el alumnado en general. Todo este panorama nos muestra una realidad desalentadora en lo que concierne a pretender lograr los requerimientos mínimos de aprendizaje.

¿Qué hacer?

En primer lugar, hay que tener claridad absoluta, que cualquiera que sea la decisión, esta va a obtener resultados muy subjetivos, en el cual incidirán, diversos factores. Pero lo más importante es tomar en cuenta que el único personaje que conoce a fondo la situación son los docentes mismos. Un ministro o una viceministra que nunca han dado clases no saben nada de la realidad en que viven los alumnos, igual un director departamental o una distrital, son los menos indicados para dar una orden.

En lo que dure esta crisis no debe existir ninguna evaluación sumativa, sin embargo, toda la interacción que exista entre docentes y alumnos en lo que corresponde a cualquier forma de asignar trabajos debe servir como base para una evaluación formativa y sumativa posteriormente, donde siempre el educando tenga la oportunidad suficiente para cumplir y nivelarse en las reprogramaciones de contenidos.

Cada docente debe tener la libertad de avanzar según sus capacidades y según las herramientas que le sean accesibles, igual forma será para el alumno, donde cada uno de ellos va a avanzar según el contexto en el que vive. Cualquier forma tecnológica, auditiva o visual debe ser aprovechada para el avance mínimo en contenidos, dejando claro que en ningún momento los mandos intermedios hostiguen y les vuelvan la vida imposible a los docentes, madres de familia y alumnos.

Crear plataformas o grupos en redes sociales

Esta crisis debe servir para que el docente de rienda suelta a su imaginación, pero también para establecer vínculos académicos entre toda la comunidad educativa. Elaborar una guía de trabajo bien explicada y detallada para la comprensión del alumno o de la madre de familia requiere de tiempo, quizás es más fácil dar la clase que elaborarla digitalmente. Hay que bajarse al nivel del que la va a desarrollar y usar un lenguaje de tal forma que no le quede duda alguna, que le sea digerible. Si los docentes se organizan por grado y por asignatura y se intercambian estas guías sin duda alguna que todo será más fácil. Pero algo más, también las madres de familia o alumnos adolescentes pueden interactuar para el desarrollo de las tareas.

Esta experiencia puede volverse fascinante y muy aleccionadora, puede servir como base para una futura revolución educativa en el país, donde los docentes mismos elaboren sus textos.

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