Por Horacio Villegas

Hoy fue el segundo día de acciones de protesta en el centro de Tegucigalpa. En horas de la mañana la paranoia se apoderó de los guaruras y militares que resguardan el Congreso Nacional; acordonaron luego, todos los puntos que dan ingreso a este edificio. Los enfrentamientos comenzaron luego del mediodía al hacerse presentes los médicos y maestros que convocaron a una movilización, la que terminó confluyendo en las afueras del centro histórico.

Los maestros del Magisterio de Choluteca, con franca coherencia entorno a los acontecimientos que seguían suscitándose en la capital, se tomaron la carretera Panamericana. En horas de la tarde, se anunció en ciertos sitios oficiales del Congreso Nacional, que la polémica propuesta había sido eliminada debido a la mayoría de votos en el hemiciclo, que dejaron sin valor ni efecto los artículos de la lesiva reestructuración de salud y educación.

La atropellada lógica encargada de hacer leyes ―expresión de Marx―, afín al gobierno cachureco y los diputados adictos a su mandato, ha sido detenida por el conjunto de hondureños enfurecidos pertenecientes a varias capas sociales urbanas. La batalla en el centro de la capital demuestra que aun persisten los reclamos y los motivos suficientes para seguir exclamando “abajo la dictadura”.

Las protestas ponen en un lugar de correspondencia a maestros, médicos, resistoleros, vendedores ambulantes, jóvenes de la clase media y jóvenes de los estratos bajos que deambulan en la capital ganándose la vida de diferentes maneras. A la hora de sostener con el mayor de los rigores una arremetida desarmada, frente a policías armados con bombas y pistolas, los compas que nos venden a diario parte de su vida en mercaderías y golosinas, son los que responden inmediatamente, intuyendo que la culpabilidad de su miseria se encuentra en un sistema político que les a negado bienestar a ellos y a sus familias. No les tiemblan las manos a la hora del desquite, y corren como los atletas ausentes de los equipos que nunca tuvieron razones para fundarse.

Quién haya podido experimentar las ventajas y desventajas de las calles trazadas en damero, el laberinto de cuadras, y subidas de repliegue altísimas y esplendidas, sabrá que el centro de la capital es más que simples pretensiones de ornamento, sino que es también el espacio público por excelencia, reclamado como tal en los furores de la lucha del pueblo.

Los inconvenientes también fueron notorios en esta jornada de protestas: innecesarios incendios al patrimonio nacional, como lo fue el museo histórico del palacio de telecomunicaciones; pero la culpa no puede ser tan solo de los manifestantes, pues el Estado administrado por los gobiernos nacionalistas ha vuelto asunto de respeto histórico a las armas, antes que a los monumentos; a la indumentaria militar, antes que a las gabachas médicas y a los docentes, y así pudiera seguir el contraste.

Es bueno saber que, aunque nos extenuara el ajetreo que impregnó nuestras ropas de gas lacrimógeno, sumado a las caídas y golpes, seguimos con una fiel idea de que las circunstancias políticas cambian de rumbo con las acciones directas de las multitudes populares en las calles, tomando cartas en el asunto sin remilgos u otra vacilación que viene de parte de los supuestos dirigentes de la Oposición, representada, principalmente, en Libre. El pueblo, encarnado en trabajadores, estudiantes, médicos, maestros, entre otros más, carece de los titubeos y del semblante indeciso de los que dicen defender hasta las últimas consecuencias, sus más honestos reclamos. A dos días de rebelión popular, los protagonistas invocan las gestas de aquellas huelgas generales del año 1954; y esperemos que este 1 de mayo, la rabia siga siendo el motor suficiente, para encarar a los traidores y corruptos.

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