Por Horacio Villegas

Unos niños acompañando la lucha de los estudiantes, a primera vista estos pequeños parecen contentarse con el ambiente de tensión y peligro; le comentaba a una amiga que estos niños no tienen las experiencias, quizá inocentes de los infantes normales de la ciudad. Es una etapa muy adelantada y arriesgada la de ellos, la calle les ofrece tensiones y preocupaciones diarias.

El escenario conflictivo entre estudiantes y policías les divierte, pareciera que les cautiva y les vuelve más lozanos y contentos. Es fascinante verles ─a su libre decisión─ en una relación de camaradería con los compañeros que luchan: se compartieron el vinagre, agua y palabras alentadoras. En un momento varios de ellos se desprendieron de sus camisetas y decidieron colocárselas en su rostro, estuvieron encapuchados, listos para enfrentarse con los policías.

Ellos espetaban: “¡Chepos basuras!, ¡hijos de puta! En unas veces todos al unísono, y en otras uno replicaba primero estas frases y el otro le contestaba en tono cantado y a la vez prolongado en su última palabra: “¡Ba…sú…ras! Todo un festín de sonidos lastimeros y fuertes. En un momento algunos de estos pequeños irrumpieron con una piedra en mano a soltar golpes a las barandas de las orillas de la calle, produciendo un ruido desgarrador; algo siniestro para los policías, la fuerza sonora que reemplaza las balas y golpea el pecho de quien la escucha.

Estos niños valientes y desprotegidos, acompañaron en el lanzamiento de piedras y les demostraron su fuerza a los represores. Es una especie de desquite este encuentro: estos niños dejan su agresión y descontento en cada piedra, las lanzan al sistema que les dio desahucio en vez de cuidado y resguardo. No es muy claro esto a la vista de ellos, pero las sensaciones orillan a la consciencia por un solo cauce, aunque falte interpretación de todas estas acciones, lo que resulta es una comprensión instantánea del problema: hay algo que está mal y nos incomoda a todos, y los únicos representantes de ese mal están frente a nosotros y nos disparan bombas, nos intimidan.

Hay algo que es muy evidente: la hospitalidad y cercanía de los estudiantes con estos niños, comprendemos su situación y sabemos que tan estrecha es nuestra realidad con la de aquéllos, sino la misma. Al fin de cuentas “somos ellos”, encarnamos el cuerpo social de la pobreza juntos, y esperamos pletóricos de inquietud la justicia y el cambio en este quimérico país, donde en política Juan y Pedro se arrancan el corazón el uno al otro, tal cual lo vio Rubén Darío en toda Centroamérica.

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