ARTES PLASTICAS: El universo plástico de Benjamín Domínguez

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Por Mario Saavedra

Desde su tan personal como admirable y ya antológica serie de los Arnolfini, caso sui géneris si tomamos en cuenta que la mayor parte de las obras que componen esta amplia suma de variaciones fueron concebidas por el artista chihuahuense sin entonces todavía haber tenido contacto con el famoso cuadro de Van Eyck que se encuentra en la National Gallery en Londres, el desarrollo estético del pintor Benjamín Domínguez constituye uno de los ejemplos de evolución y de búsqueda más atractivos dentro del contexto de la plástica mexicana de las más recientes tres décadas.

Y si bien la música ha sido un terreno por demás fecundo para estas variaciones sobre un mismo tema, como lo hecho por Rachmaninov con su famosa Rapsodia a partir de Paganini, lo cierto es que la historia del arte todo no podría pensarse sin estas constantes de la tradición y la originalidad, como escribió Pedro Salinas al referirse a las usuales y a la vez revolucionarias Coplas a la muerte de mi padre de ese enorme poeta de transición que fue Jorge Manrique. Es más, el itinerario creativo de un artista es, en sentido estricto, tal y como lo ha dejado ver Gaston Bachelard, una suma inagotable de mudas de piel, un cotidiano reacomodo de sus miedos y obsesiones, una perseverante lucha por permanecer en la transformación.

Creador de saltos inusitados, de malabarismos extremos, este reconocido artista de los claroscuros y las tonalidades, de las texturas y los ropajes, de un colorido que por su exuberancia mucho contrasta con la enceguecedora luminosidad de su desértico Jiménez donde por primera vez vio la luz —en una de esas milagrosas paradojas más del arte, fuente primigenia de un mágico universo poblado por seres barrocos cuando no exóticos, unos hermosos y otros aterradores—, Benjamín Domínguez ha sido capaz de construir un condensado y fantástico microcosmos que de entrada nos seduce por una aquí del todo significativa simbiosis del mundo inasible de los sueños y el terriblemente codificado de la realidad.

Pintor de la ensoñación y de la vigilia, de una permanente transmutación de contenidos e imágenes de estas dos inagotables fuentes de la inspiración, de un cargado mundo de mitos y de símbolos en principio asociados sobre todo a la ritualidad y la transgresión, a la santidad y la condena, al placer y el dolor como constancia del ser y el existir, tanto las atmósferas como los personajes de este sublime poeta del pincel están asociados a una perseverante necesidad de su creador-dios por hacernos partícipes de lo que los clásicos dieron en llamar "el canto de las sirenas", y que en la inmortal obra de Homero representan una de las pruebas más difíciles —nuestra condición hedónica, el placer por el placer mismo— para el Odiseo héroe pero sobre todo hombre.

Recordando ahora el bello título de una de las obras más hermosas y significativas del recientemente desaparecido dramaturgo veracruzano Emilio Carballido: Escrito en el cuerpo de la noche, buena parte de la obra de Benjamín Domínguez se teje a partir de un culto al cuerpo: origen y destino, instrumento de placer pero también receptáculo de dolor, o de dolor-placer/placer-dolor entreverados, conforme el cuerpo es a la vez objeto y espacio… Y cómo olvidar en este sentido la no menos poética, profundamente simbólica, película El libro de cabecera (The pillow book), del también artista plástico inglés Peter Greenaway, cinta de la que por cierto he hablado mucho con Benjamín, y con la cual él mismo encuentra notables coincidencias al referirnos a sus varios y emblemáticos tatuados que en las páginas de su piel reescriben su historia personal sin censuras o se solazan con servir de ventana para mostrar la vida desinhibida de los otros que son uno (Yo) mismo…

No hay que olvidar que la escritura es imagen, y que a su vez la imagen constituye otra forma de escritura, lo que nuestro humanista y sabio pintor sabe muy bien y potencia hasta el infinito, porque es innegable que en su obra plurivalente, multifocal, abierta en su compás a las más de las fronteras, la nutrida carga referencial suele apuntar no sólo hacia otros momentos de la historia de la creación plástica y lo hecho por otros pintores, sino también hacia otros ejemplos de las artes visuales, de la literatura, de la música y de la cultura en general. Hombre culto y creador inquieto, Benjamín Domínguez es uno de esos artistas capaces de reinventarse todos los días, de replantearse temas y situaciones, de reconstruir atmósferas y personajes, o de plano de virar sus sentidos hacia otras preocupaciones que siempre terminan por conectarlo con lo que le obsesiona y lo define, con cuanto identifica una fértil poética que ya es signo distintivo e intransferible.

Origen y destino, el cuerpo se convierte en la obra de Benjamín Domínguez en objeto de la mirada, en motivo de placer voyerista, o como diría Arturo Rico Bovio en su lúcido ensayo "El cuerpo en la mirada", refiriéndose a su vez a su propia filosofía sobre el cuerpo, en motivo de elogio para quien observa y para quien es observado ("El elogio de la mirada", parafraseando al visionario Erasmo de Rotterdam). Tatuados y tatuadores, victimarios sádicos y torturados masoquistas, reprimidos y represores, todos terminan por asistir gustosos y complacidos al espectáculo en el que son protagonistas, tanto o más que quienes los observan y muy en el fondo de sí quisieran cambiar de rol y no sólo ser intrusos. No es casualidad que hace unos años le haya dedicado precisamente a este pintor, de quien desde hace varios años he confesado ser su declarado admirador, un poema inspirado en ese visionario y alucinante tríptico del Bosco que se encuentra en el Museo del Prado en Madrid: El jardín de las delicias, que por su descomunal fantasía, su fascinante sensualidad y su desgarrador dramatismo me sugiere de inmediato su ascendente innegable con respecto a un pintor de nuestro tiempo de igual modo fascinado por el asombroso poder de la imaginación y su insospechada influencia sobre la realidad, en tanto motivo de ficción y de crítica: "Si el placer es tan frágil como el vidrio/ los amantes se aíslan en su bola de cristal/ a los ojos de una humanidad hambrienta/ donde tejen y destejen su sagrado erotismo/ que plantas antropomorfas y aves de rapiña/ carcomen como presagio del fin del mundo".

Uno de los artistas más sorprendentes de su generación, la obra plástica de Benjamín Domínguez se decanta hoy en la madurez de un recorrido creativo cuya elaborada poética ha llevado hasta sus últimas consecuencias el culto al cuerpo, con todo lo que ello implica: numen del placer, destino de dolor, objeto del deseo. No es casual tampoco que a un dossier de la revista Solar en su Nueva Época dedicado a este gran maestro del color se le haya llamado precisamente "Los intersticios del placer", en alusión a esa citada revolución que hace de este poderoso pintor un claro ejemplo de que el arte de veras debe implicar una búsqueda incansable de nuevos caminos y posibilidades, y que en esa citada muestra revela una etapa crítica y reflexiva mucho más vinculada a esos censurados y por lo mismo clandestinos recovecos de transgresión sensual y erótica, los llamados "intersticios oscuros del placer": dolientes, flagelados, sangrantes, moribundos, cuando no personajes entregados a la práctica silente pero exhibicionista de vedados espacios de la concupiscencia.

Esta evolución se ha movido de una antes sólo aparente pasividad decorativa (recordemos algunas explícitas alusiones en sus Arnolfini a formas de censura represora durante el 68, por ejemplo) hacia una cada vez más evidente postura crítica de un artista profundamente comprometido con su tiempo y en desacuerdo con las aberraciones de un mundo plagado de toda clase de cínicos excesos y desigualdades, y donde si algunos personajes no tienen rostro y el artista los enmascara como otras tantas de sus anteriores creaciones, ahora en cambio sí poseen nombre y filiación.

Pintor siempre sorpresivo y sorprendente, Benjamín Domínguez camina firme hacia el Parnaso, hacia ese espacio ideal donde los demiurgos reconstruyen un universo que bajo la óptica del arte se torna más noble y respirable. Y si el arte es creación, recreación, la obra sinestésica de este pintor-poeta nos hace partícipes de un mundo donde compartimos el gozo de mirar y de ser observados, dentro de una especie de "orgía perpetua" (parafraseo ahora al Vargas Llosa lector de Flaubert) donde nuestros deseos más profundos y escondidos encuentran por fin pasaporte de resonancia y de sobre vivencia. Pero al margen de esa perpetua y sostenida búsqueda de personajes, de asuntos, de propuestas formales, este gran artista chihuahuense ha acrisolado un estilo que resulta inconfundible por el uso del color y de las formas, por el empleo apologético del cuerpo que en su diestro pincel se convierte en universo de inagotables.

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