GÉNERO.- El Segundo Sexo

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Por Simone de Beauvoir.

Segunda parte: Historia.

Fragmento.

En 1867, Stuart Mill hacía en el parlamento Inglés hacía el primer alegato que se haya pronunciado nunca oficialmente a favor del voto de la mujer. En sus escritos reclamaba imperiosamente la igualdad de la mujer y el hombre en la familia y en la sociedad. “Estoy convencido de que las relaciones sociales entre los dos sexos, que subordinan el uno al otro en nombre de la ley, son malas en sí mismas y constituyen uno de los principales obstáculos que se oponen al progreso de la humanidad; y estoy igualmente convencido de que deben dejar lugar a una igualdad perfecta”. A continuación, las inglesas se organizaron políticamente bajo la dirección de Mrs. Fawcett, en tanto las francesas se agrupaban detrás de María Deraismes, quien entre 1968 y 1871 estudió en una serie de conferencias públicas la suerte de la mujer y sostuvo una viva controversia con Alejandro Dumas, hijo quien aconsejaba al marido traicionado por una mujer infiel: “Mátala”.

El verdadero fundador del Feminismo fue León Richier, quien creo en 1869 los “Derechos de la Mujer” y organizó el Congreso Internacional de los Derechos de la Mujer, que se realizó en 1878. El problema del voto no se encaró aún, las mujeres se limitaron a solicitar sus derechos civiles, y durante treinta años el movimiento se mantuvo muy tímido, tanto en Francia como Inglaterra. Una mujer, sin embargo, Hubertina Auclert, inició una campaña sufragista; creó una agrupación, el “Sufragio de las Mujeres” y un periódico, La Ciudadana. Bajo su influencia se constituyeron muchas sociedades, pero su acción no fue eficaz. Esa debilidad del feminismo se origina en sus divisiones internas; a decir verdad; como ya se ha señalado, las mujeres no son solidarias en función del sexo, pues antes se sienten ligadas a su clase: los intereses de las burguesas y los de las mujeres proletarias no se mezclan. El feminismo revolucionario retoma la tradición sansimoniana y marxista; por otra parte, hay que señalar que una Luisa Michel se pronuncia en contra del feminismo, porque ese movimiento no hace más que desviar fuerzas que deben emplearse por entero en la lucha de clases; la abolición del capital resolverá la suerte de la mujer.

En 1879, el Congreso Socialista proclamó la igualdad de sexos, y desde entonces la alianza feminismo-socialismo no volverá a ser denunciada, pero puesto que las mujeres esperan su libertad de la emancipación de los trabajadores en general, sólo adhieren de manera secundaria a su causa propia. Las burguesas, por el contrario, reclaman nuevos derechos en la sociedad tal cual es, y se prohíben ser revolucionarias; quieren introducir reformas virtuosas en las costumbres: supresión del alcoholismo, de la literatura pornográfica y de la prostitución. En 1892 se reunió el llamado Congreso Feminista, que dio su nombre al movimiento, y del cual no surgió nada importante. En 1897, sin embargo, se vota una ley que permite a la mujer ser testigo de justicia, pero se desestima el pedido de una doctora en Derecho, que quiere inscribirse en los tribunales. En 1898, las mujeres obtienen el electorado en el Tribunal de Comercio, el electorado y la elegibilidad en el Consejo Superior de Trabajo, y la admisión en el Consejo Superior de la Asistencia Pública y en la Escuela de Bellas Artes.

En 1900, un nuevo congreso reúne a las feministas, pero tampoco llega a grandes resultados. Sin embargo, en 1901, Viviani plantea, por primera vez, del voto femenino en la Cámara, aunque propone limitar el sufragio a las solteras y divorciadas. En ese momento, el movimiento feminista gana importancia. En 1909, se funda la Unión Francesa para el Sufragio de las Mujeres, cuya animadora es Mme. Bruschwig, quien organiza conferencia, mitines, reuniones y manifestaciones. En 1909, Buisson produce un informe sobre una proposición de Dessausoy, que acuerda el voto de las mujeres en las asambleas locales. En 1910, Thomas hace una proposición a favor del sufragio femenino; renovada en 1918, triunfa en 1919, en la Cámara, pero fracasa en 1922, en el Senado. La situación es bastante compleja. Al feminismo revolucionario, al feminismo llamado independiente de Mme. Bruschwig se une un feminismo cristiano: en 1919. Benedicto XV se ha pronunciado en favor del voto de las mujeres; monseñor Baudrillart y el padre Sertillanges hacen una ardiente propaganda en ese sentido; los católicos piensan, en efecto, que las mujeres representan en Francia un elemento conservador y religioso y eso es lo que precisamente temen los radicales, que se oponen porque temen un desplazamiento de votos si permiten votar a las mujeres. En el senado hay muchos católicos, y el grupo de la Unión Republicana y de los partidos de extrema izquierda se inclinan por el voto de las mujeres, pero la mayor parte de la Asamblea está en contra. Hasta 1932 emplea procedimientos dilatorios y se niega a discutir proposiciones relativas al sufragio femenino; en 1932, sin embargo como la Cámara sanciona por trescientos diecinueve votos en contra de uno, la enmienda que acuerda a las mujeres la electoralidad y elegibilidad, el Senado inicia un debate que se prolonga varias sesiones, al cabo de las cuales rechaza la enmienda. Hubo que esperar hasta 1945 para que la mujer francesa adquiriese sus derechos políticos.

En principio, la mujer norteamericana había sido más emancipada que la europea. A comienzos del siglo XIX las mujeres debieron tomar parte en el duro trabajo de pionero que realizaban los hombres, lucharon a su lado, y como eran mucho menos numerosas que los hombres su valor se cotizó muy alto. Pero, poco a poco, su condición se aproximó a la de las mujeres del viejo mundo; se mantuvo la galantería respecto a ellas, que conservaron privilegios culturales y una posición dominante en el seno de la familia; las leyes les acordaban, gustosas, un papel religioso y moral, pero los comandos de la sociedad pertenecían por entero a los machos. En 1830, algunas mujeres comenzaron a reivindicar sus derechos políticos. Emprendieron también una campaña a favor de los negros. Como se les impidió participar del Congreso antiesclavistas, reunido en Londres en 1840, la cuáquera Lucrecia Mott fundó una asociación feminista. En 18 de julio de 1840, en una convención reunida en Séneca Falls, redactaron un manifiesto de inspiración cuáquera, que da el tono de todo el feminismo norteamericano: “El hombre y la mujer han sido creados iguales, provistos por el Creador de derechos inalienables”…El gobierno sólo ha sido para salvaguardar esos derechos…El hombre convierte a la mujer casada en una muerta cívica…Usurpa las prerrogativas de Jehová, el único que puede asignar a los hombres su esfera de acción”

Tres años después, Mrs. Beecher Store escribió La cabaña del Tío Tom, quien excitó la opinión pública en favor de los negros. Emerson y Lincoln apoyaron el movimiento feminista. Cuando estalló la guerra de Secesión, las mujeres intervinieron ardientemente, pero fue en vano que reclamasen que la enmienda que daba a los negros  el derecho al voto se redactase de esta manera: “Ni el color ni el sexo…son obstáculos para el derecho electoral”. Sin embargo, como uno de los artículos de la enmienda era ambiguo, Miss Anthony, gran líder feminista, lo tomó como pretexto para votar en Róchester junto con catorce camaradas. La condenaron a pagar una multa de cien dólares. En 1869 fundó la Asociación Nacional para el Sufragio de las Mujeres, y en este mismo año el Estado de Wyoming acordó a las mujeres el derecho al voto. Pero ese ejemplo no es seguido hasta 1893, en Colorado y después en 1896 en Idazo y Uta. Luego los progresos son muy lentos. Pero en el plano económico las mujeres tienen mucho más éxito que en Europa. En 1900 hay en los Estados Unidos cinco millones de mujeres que trabajan, de las cuales 1.300.000 en la industria y 500.000 en el comercio; hay un gran número en el comercio, la industria, los negocios y todas las profesiones liberales. Hay abogadas, doctoras, y 3.373 mujeres pastoras religiosas. La Famosa Marie Baker Eddy funda la “Cristian Scientist Church”. Las mujeres toman la costumbre de reunirse en clubes que en 1900 agrupan alrededor de dos millones de socias.

Sin embargo, sólo nueve Estados han acordado el voto de las mujeres. En 1913 el movimiento sufragista se organiza según el modelo del movimiento militante inglés. Lo dirigen dos mujeres: Miss Stevens y una joven cuáquera, Alice Paul. Logran de Wilson la autorización para desfilar en un gran cortejo con banderas e insignias y organizan inmediatamente después una campaña de conferencias, mitines y desfiles y toda clase de manifestaciones. Las mujeres electoras de los nueve Estados que admiten el voto femenino se dirigen con gran pompa al Capitolio y reclaman el voto femenino para toda la nación. En Chicago las mujeres se reúnen por primera vez en un partido con el fin de liberar a su sexo, y esa asamblea se convierte en el “Partido de las Mujeres”. En 1917 las sufragistas inventan una nueva táctica: se instalan de plantón a las puertas de la Casa Blanca, con las banderas en mano, y a menudo encadenadas en las rejas para que no las puedan expulsar. Al cabo de seis meses las detienen y envían ala penitenciaría de Oxcaqua, donde hacen huelga de hambre y terminan por ponerlas en libertad. Entonces realizan nuevos desfiles, que provocan conatos de motines. El Gobierno termina por nombrar en la Cámara un Comité de Sufragio. El Comité Ejecutivo del Partido de las Mujeres realiza una conferencia en Wáshintong; cuando termina, presentan la enmienda en favor del voto femenino, que la Cámara vota el 10 de enero de 1918. Aún falta el voto del Senado. Como Wilson no promete ejercer presión, las sufragistas vuelven a sus manifestaciones y realizan un mitin a las puertas de la Casa Blanca. El Presidente se decide hacer un llamado al Senado, que rechaza la enmienda por dos votos de diferencia. La enmienda es votada en junio de 1919 por un Congreso Republicano. Luego, y durante diez años, continúa la lucha por la igualdad completa de ambos sexos.

En la Sexta Conferencia de Repúblicas Americanas, realizada en 1928 en La Habana, las mujeres obtienen la creación de un Comité Interamericano de Mujeres. En 1933 los Tratados de Montevideo elevan la condición de la mujer por medio de una convención internacional. Diez y nueve repúblicas americanas firman la convención que acuerda a la mujer la igualdad de todos los derechos.

*Filosofa Francesa.

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