Revista "1857" No 4

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¿Se derrumbara por si solo el capitalismo?

 

El crack financiero y la crisis económica de los Estados Unidos no han sido un rayo en cielo sereno. Muchos economistas serios, incluso no marxistas, alertaron hace mucho tiempo sobre la debacle que se avecinaba al desinflarse la burbuja especulativa sobre la cual se había montado el pequeño crecimiento de la economía norteamericana y mundial en el último período. Esa debacle ya comenzó y tiene aterrorizados a los gobernantes de todos los países, sin excepción. El crack financiero ha estremecido los cimientos del sistema capitalista e imperialista a nivel mundial. Es el primer gran crujido de un edificio que amenaza con derrumbarse.

 

La “guerra fría” concluyó con el desplome de la URSS y la restauración capitalista en casi todos los antiguos estados obreros burocráticos,--con la solitaria y momentánea excepción de Cuba-- en medio de una brutal ofensiva del neoliberalismo, que se tradujo en el saqueo de los países atrasados o semicoloniales y un debilitamiento político de la clase obrera en todo el mundo. Fukuyama dijo triunfalmente que habíamos llegado al “fin de la historia” y que el marxismo, el socialismo científico, era obsoleto. El sistema capitalista apareció vigoroso, todos los ideólogos de la burguesía cantaron loas a la sacrosanta propiedad privada y a “la mano invisible del mercado”.

 

El crack financiero y la crisis económica de los Estados Unidos demuestran que el sistema capitalista lejos de resultar un vigoroso vencedor por muchos siglos venideros, está gravemente enfermo y padece una larga agonía, que destruye el medio ambiente del planeta y arrastra a la humanidad entera a la barbarie y la degradación.

 

Este inevitable terremoto financiero ha despertado entusiasmo, con justa razón, entre la intelectualidad y los partidos de izquierda, quienes proclaman el inminente derrumbe del sistema capitalista. Algunos, eufóricos, han comparado la actual crisis con el crack de Wall Street el 18 de Octubre de 1929, que dio origen a la “gran depresión” que condujo a un periodo de contrarrevolución en el mundo: triunfo del fascismo en Alemania en 1933, consolidación de la contrarrevolución estalinista al interior de la URSS, que masacró a los disidentes que clamaban mayor democracia en el Partido Comunista y en el Estado soviético. La crisis finalizó en la carnicería de la segunda guerra mundial. El “boom” económico de la postguerra terminó en los años 70 del siglo XX y desde entonces han ocurrido varias crisis, cada vez más graves, que todavía no han conducido a una recesión generalizada a nivel mundial.

 

V. I. Lenin solía decir que la burguesía aprende de cada crisis y, por supuesto, de cada revolución. Aunque las crisis del capitalismo se producen en ciclos cada vez cortos, es conveniente diferenciar las particularidades de cada crisis. La crisis actual es diferente al crack de Wall Street de 1929. La primera gran diferencia es que en esa ocasión, la crisis económica condujo al colapso financiero, es decir, la crisis económica era mucho más profunda que la actual; cierre masivo de empresas, obreros desempleados haciendo fila por una tasa de sopa, ola de suicidios, ruina generalizada de la clase media, radicalización de los sindicatos, etc.

 

¿Por qué no hemos llegado todavía a esos extremos? Sencillamente porque la burguesía imperialista de los Estados Unidos aprendió las lecciones de la “gran depresión”. Al salir como la principal potencia imperialista victoriosa en la segunda guerra mundial, Estados Unidos creó organismos de contención y estabilización de las futuras e inevitables crisis. Por eso surgió la Organización de las Naciones Unidas (ONU), el Fondo Monetario Internacional (FMI) y los llamados organismos multilaterales, con el claro objetivo de preservar el nuevo orden imperialista mundial. En el plano económico, el objetivo era evitar que las crisis cíclicas del sistema capitalista e imperialista no se produjeran al unísono, de manera generalizada, y más bien fueran difiriéndose, engendrándose de manera parcial, gradual. Con ello han evitado el triunfo de nuevas revoluciones socialistas, dirigidas por partidos obreros que tengan como meta la destrucción del sistema capitalista en todo el mundo.

 

Desde la postguerra hasta la fecha el imperialismo norteamericano había logrado fragmentar las crisis, evitando que se convirtieran en recesiones generalizadas. La segunda gran diferencia es que, aunque en ésta ocasión no han podido evitar el estallido de la crisis, todas las potencias imperialistas están trabajando febrilmente para evitar una gran depresión. El FMI, el G-7, el G-20, los bancos centrales de Europa, todos sin excepción, están trabajando conjuntamente para evitar una crisis financiera y una recesión económica generalizada. Hasta el momento, el crack financiero no ha logrado trasladar la crisis al funcionamiento “normal” de la economía real, pero nada ni nadie garantiza que esto no pueda ocurrir en los próximos meses, a pesar de los esfuerzos mancomunados de las potencias imperialistas que intentan gobernar la crisis.

 

La repuesta del gobierno de George Bush al crack financiero, al nacionalizar los bancos en quiebra, al promover la aprobación del Plan Paulson, demuestra que el neoliberalismo, esa forma brutal que ha adquirido el sistema capitalista en los últimos 30 años, está desintegrándose. El Estado ha tenido que intervenir, contra los postulados del neoliberalismo que dejaban la solución de las crisis a la “mano invisible del mercado”. Las tesis de John Maynard Keynes, el economista que ideó el plan de salvación de los Estados Unidos en la gran depresión de los años 30, parecen recobrar vigencia. Hoy todos hablan de que el crack financiero se dio a la falta de controles del Estado.

 

La tercera gran diferencia, y esta es la más importante, es que la clase obrera norteamericana no ha salido a dar la pela contra el crack financiero y la crisis económica. La clase obrera norteamericana también ha resentido los efectos del neoliberalismo, se encuentra debilitada y adormecida ante las promesas de Barack Obama. Las expresiones de lucha obrera contra la crisis han sido muy débiles y poco articuladas. Al no haber una clase trabajadora que luche organizadamente contra la degradación del sistema capitalista, el imperialismo mundial tiene un amplio margen de maniobra para imponer sus planes. La debilidad de las corrientes obreras genuinamente socialistas se traducen en una relativa fortaleza del capitalismo.

 

Barack Obama ha desarrollado un discurso populista imperialista que pretende hacerle creer a los trabajadores norteamericanos que el crack financiero y la crisis económica pueden ser solucionados en los mismos marcos del sistema capitalista e imperialista, realizando unos cuantos cambios cosméticos. Les engaña conscientemente haciéndoles creer que pueden recuperar los puestos trabajos que se fueron a la China o India, con los mismos elevados salarios. El crack financiero se ha producido en el contexto de la campaña electoral, otro factor que ha contribuido a diluir una posible resistencia de los trabajadores.

 

En Centroamérica, otros han llegado al ridículo extremo de plantear que el ALBA es el sucesor natural del derrumbe del capitalismo, y que pronto, muy pronto, como una promesa bíblica, vendrá el reino de la solidaridad entre los hombres y las naciones.

 

Debemos combatir el pensamiento triunfalista dentro de la izquierda, de que el derrumbe del capitalismo es inevitable y que está a la vuelta de la esquina. Esta posición triunfalista es dañina porque conduce a la inamovilidad, a no hacer nada. Al contrario, el crack financiero y las maniobras de las potencias imperialistas nos enseñan que mientras no se desarrolle una corriente obrera, socialista e internacionalista, el capitalismo y el imperialismo siempre tendrá alguna hendija por medio de la cual puede escapar de la crisis y recomponerse para continuar explotando a los trabajadores y expoliando a las naciones atrasadas o semicoloniales.

 

El capitalismo nunca no caerá por sí solo, mientras no lo derribemos, siempre tendrá mecanismos para sobrevivir. El edificio del capitalismo no se derrumbará, hay que demolerlo. La crisis obligará a muchos a cuestionar el sistema capitalista y así, de lucha en lucha, ira surgiendo una nueva mentalidad, una nueva conciencia anticapitalista, socialista, entre los trabajadores y la juventud. A eso apostamos, y con esa perspectiva estamos trabajando en Centroamérica, periferia del imperialismo norteamericano.

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