CUBA.- ¿Plan Marshall o democracia obrera?

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Por Enrico Simonetti

En la medida que se acerca la realización del VI Congreso del Partido Comunista de Cuba crece el debate en torno al documento sobre los nuevos lineamientos de la economía de la isla, que fue presentado hace unas semanas atrás y puede conseguirse en las calles de Cuba o en decenas de portales de internet.

Las posiciones que ha despertado el documento se pueden agrupar básicamente en dos. Pero sin dudas se trata de un proceso de reformas más profundo que el realizado durante la década del 90´ y que va en un claro sentido pro-mercado y aperturista de la economía en un sentido capitalista.

¿Cuáles son esas posiciones antagónicas? Para la dirección del Partido Comunista cubano (PCC) y para todo un sector de la izquierda latinoamericana no se trataría más que de un conjunto de medidas que favorecería la construcción del socialismo o evitaría que se derrumbe en el medio de su crisis actual. Sin embargo durante todas estas semanas estos “defensores” del documento han estado a la absoluta defensiva, atajando las críticas de quienes, entre otros,  Guillermo Almeyra se han preocupado en señalar el contenido pro-capitalista de las reformas en curso.

Por otro lado, cuando estos “defensores” han intentado pasar a la ofensiva en el debate, no lo han hecho sobre la base de la explicación de los beneficios de los nuevos lineamientos. Todo lo contrario: lo han hecho atacando a los críticos que piensan que el rumbo de las reformas tiende a restaurar el capitalismo, de formas similares a cómo lo hizo la burocracia china, es decir, disfrazando la introducción del capitalismo con un “mejoramiento del socialismo”.

De dónde viene y a dónde va Cuba

El mérito de Cuba: la expropiación de la burguesía

La Revolución Cubana tuvo, entre muchos otros, un mérito histórico: confirmó que es posible derrocar el capitalismo, pero que sólo se puede realizar por medio de la fuerza.

Y no podía ser de otra manera. Una revolución es un proceso en el cual básicamente asistimos a la reestructuración de la economía de una sociedad, es decir, a la transformación de su modo de producción por fuerza. En la historia de los pasajes de un modo a otro de producción se ha utilizado la fuerza organizada, donde la fracción más radical de una clase le quita a otra las palancas fundamentales de la producción económica.

No conocemos en la historia ejemplos pacíficos de transformación de las relaciones de producción de una sociedad. Las revoluciones burguesas de Francia e Inglaterra fueron violentas. Las revolución obrera de Rusia y las anti-capitalistas de China y Cuba fueron violentas. Y esto ha sido así por una sencilla razón: ninguna clase social entrega su poder sólo a petición; la imposición por la fuerza es un rasgo distintivo de todo proceso revolucionario.

En Cuba, el Movimiento 26 de Julio había aprendido esta lección histórica. Así, por medio de las armas y el apoyo de los trabajadores del campo y la ciudad movilizados, expropió a la burguesía y los terratenientes. En su origen, sin embargo, los objetivos de los revolucionarios cubanos fueron limitados a la implantación de reformas democráticas y al desarrollo nacional de la isla, luego de años de dictadura militar, atraso económico y subordinación al imperialismo. Sin embargo, cuando intentaron realizar estas tareas, los revolucionarios se encontraron con dos elementos: uno a favor y otro en contra.

La dialéctica de la revolución cubana

El elemento a favor más importante fue el contexto político mundial: dos de los países más grandes y habitados del planeta se encontraban bajo regímenes económicos en donde la burguesía había sido expropiada.

En Rusia los trabajadores había protagonizado la primera revolución obrera. Sin embargo, luego fue aplastada por la contrarrevolución stalinista, que si bien no restauró en lo inmediato el capitalismo sí reestructuró los elementos que hacían del Estado ruso un Estado obrero. En su lugar, esta contrarrevolución alumbró una sociedad en donde ni los trabajadores ni los capitalistas eran su clase dominante. Un nueva casta o clase[1] tomo las riendas: la burocracia stalinista.

En China, la realidad social no era muy distinta. Desde su origen el movimiento revolucionario maoísta no se propuso liderar una revolución en base a la clase obrera de la ciudad y el campo, sino dirigida por un ejército guerrillero campesino. Ya en el poder Mao Tse Tung construyó un régimen burocrático en donde las fuerzas armadas y el partido comunista se transformaron en la nueva clase dominante. Desde esta posición social y política emprendieron un proceso de cambios que hizo de China una nación pujante.

Así, para el año 1959, cuando Fidel Castro y el Che Guevara toman el poder, tanto Rusia como China estaban bajo un sistema social híbrido, en el que una burocracia actuaba de hecho como una clase dominante y donde los trabajadores actuaban de hecho como una clase explotada y oprimida. Esta novedad creo la ilusión de que podía haber un curso histórico alternativo al socialismo, una “tercera vía” entre la sociedad capitalista y una sociedad en donde gobiernen de hecho los trabajadores.

Es a partir de esta situación política excepcional que en Cuba se avanza en la expropiación de la burguesía y se intenta construir una sociedad no capitalista. Este intento de tercera vía quedaría sepultado como utopía histórica con la brutal restauración del capitalismo que realizaron la burocracia rusa y china.

Pero también, el decurso revolucionario y expropiador del Movimiento 26 de Julio se explica por un elemento objetivo que le impedía realizar las tareas democráticas y de independencia nacional: la presión contrarrevolucionaria del imperialismo norteamericano.

Cuando la revolución comenzó a impulsar la reforma agraria y tejer relaciones comerciales con la Unión Soviética, los Estados Unidos iniciaron un creciente hostigamiento que devino en un intento de derrocamiento del gobierno revolucionario por medio de una invasión militar derrotada. Bajo estas condiciones, la dirección política de la revolución se decidió por expropiar capitales norteamericanos y luego de la burguesía cubana.[2] De lo contrario, ninguna de las tareas fijadas inicialmente hubiesen podido llevarse a cabo.

La debilidad intrínseca de la revolución cubana

Sin embargo, las bases sociales de la revolución no atacaron un elemento central que es propio de toda sociedad de clases: la división social entre quienes explotan la fuerza de trabajo y quienes hacen de su fuerza de trabajo su medio de vida. Esta característica, común al esclavismo, al feudalismo y al capitalismo, se mantuvo, en lo estructural, también en la sociedad que dio a luz a la revolución cubana.

La diferencia fundamental entre esas sociedades de clases y la cubana estriba en que los principales medios de producción se encuentran bajo control y administración de una burocracia, que se encuentra separada socialmente del resto de la población trabajadora. En esto se asemeja más a la Rusia y China no capitalistas.

El problema, es que este tipo de sociedades han mostrado ser absolutamente incapaces para perpetuarse durante períodos de tiempo suficientemente largos en términos históricos y menos aún para abrir una transición al socialismo. Todo lo contrario: han terminado absorbidas por el capitalismo mundial.

Y esto, en parte, se explica en que son sociedades inorgánicas a las dos clases sociales fundamentales de los tiempos modernos: los asalariados y los capitalistas. Pero, en definitiva, al erigirse sus burocracias como clases dominantes explotadoras, en último término, del trabajo ajeno, encuentran en la sociedad capitalista un punto de interés común para aliarse y desarrollarse. Los casos de Rusia y China dan cuenta de este derrotero. Evitar que Cuba imite ese curso una de las tareas políticas fundamentales del presente.

¿Qué hacer entonces?

El retroceso hacia el capitalismo implicaría para Cuba un hundimiento en la decadencia social, cultural y moral. Y para los trabajadores del mundo un golpe muy duro a sus esperanzas de una sociedad justa. Por tanto, nos obliga a ponernos en una situación de alarma preocupante, así como intentar esbozar salidas alternativas y progresivas a la actual propuesta de reformas de la burocracia del PCC.

En primer lugar hay que desterrar toda ilusión que la actual crisis económica de la isla se solucionaría sólo quebrando el bloqueo económico asesino que impuso el imperialismo norteamericano. Es decir, la caída del bloqueo con la consecuente entrada de capitales y el aumento de las relaciones comerciales con la economía capitalista global sólo agudizarían el actual curso restauracionista que la burocracia le está imponiendo a las reformas. Para que esto no suceda hay que ir en un sentido contrario: impulsando la movilización activa de la clase trabajadora de la ciudad y el campo para imponer la efectiva administración de la producción. De esta manera, toda el destino de la economía (mientras continúe el bloqueo o en el caso de su caída) orientarlo en función de aumentar la productividad del trabajo, en miras a mejorar el nivel de vida de la población.

En segunda lugar hay que desterrar la ilusión de que la solución a los problemas de Cuba puede venir de los gobiernos “progresistas” o “nacionalistas” de América Latina. Esta ilusión se está encargando de propagarla Atilio Borón en una nota publicada el día 28 de diciembre titulada “Un Plan Marshall para Cuba”, en donde le pide a los gobiernos de Argentina, Brasil, Venezuela, Panamá, entre otros, que condonen la deuda que el Estado cubano tiene con ellos.

Borón “se olvida” que estos gobiernos representan los intereses del gran capital y por tanto no están dispuestos a condenar una deuda por razones morales, como las que recita en su artículo. En todo caso, esas razones, deberían levantarse como una bandera para que los trabajadores latinoamericanos nos solidaricemos con el pueblo cubano en sus esfuerzos por resolver la grave crisis que atraviesan.

En tercer lugar, y ha conclusión de lo anterior, es necesario ampliar el debate por el curso actual de las reformas económicas y señalar, una vez más, que será sólo por medio de la acción consciente y organizada de los trabajadores, asumiendo el control de los medios vida, que Cuba puede deparar un rumbo distinto al que vemos hoy en Rusia y China... un rumbo que abra las puertas a la sociedad socialista.



[1] Sobre la caracterización de la burocracia stalinista como una “clase” se ha debatido mucho. Pero más allá del término, lo que importa es que de hecho pueden adjudicársele todos los atributos de una clase dominante, en tanto explotadora de la clase trabajadora en lo económico y opresora en el plano político a través del Estado.

[2] Vale aclarar que los elementos políticos más generales (sociedades no-capitalistas en dos grandes países, la presión imperialista) explican en parte el por qué de la revolución. Aún queda por explicar por qué la revolución sucedió en Cuba y no en otro país de América Latina en donde también habían movimientos de liberación nacional y incluso con protagonismo obrero importante.

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