CUBA.- Un debate necesario

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Por Olmedo Beluche

Es indudable que las últimas medidas adoptadas por el gobierno cubano, referentes al despido o transferencia a otros sectores de la economía (cuentapropismo), según como se quiera interpretar, de medio millón de empleados públicos, han caído como una bomba que ha conmocionado a la opinión pública, y especialmente a la izquierda internacional.

Acrecentó el desconcierto general la  respuesta de Fidel Castro a la pregunta respecto a si Cuba exportaba su “modelo”,  cuando señala que “el modelo no funciona ni para nosotros”. Al margen de la aclaración posterior, respecto a que la frase se refería a que los modelos no se exportan, la idea quedó allí y la expresión no fue negada.

Todo esto, sumado a la crítica situación económica de la isla, lesionada desde la desaparición del “campo socialista”, y agravada últimamente con la crisis capitalista mundial, que ha afectado sectores claves como el turismo,  y que el gobierno presidido por Raúl Castro no niega, han levantado mucho polvo y colocan el debate sobre el presente y futuro de Cuba como una necesidad ineludible porque, después de todo, la revolución cubana nos incumbe a los que luchamos por una sociedad mejor (“otro mundo es posible”).

En Panamá algunos medios de comunicación en seguida abordaron a algunos referentes de la izquierda, como diciendo: “si la dirigencia cubana ya admitió su fracaso, ¿qué carajo demandan ustedes ahora?”

Claro que los medios propagandísticos de la burguesía buscan aprovechar a su favor la situación, por eso mismo se requiere reflexionar bien, encontrar la explicación a los problemas, es decir, saber qué sirve y no sirve del modelo cubano al resto del mundo y Latinoamérica, qué salidas son las adecuadas.

1.- Las posiciones contrapuestas en este debate

En ese debate hay dos posiciones extremas que no compartimos por unilaterales: la de quienes aseveran que Cuba es un país en el que el “socialismo es irrevocable”, aunque con algunos problemas momentáneos; y la de quienes en el otro extremo del espectro aseveran que Cuba “ya es un país capitalista”, incluso que lo es desde los años 90.

La primera versión corresponde a la posición oficial de los dirigentes del Partido Comunista Cubano, reiterada en un artículo polémico de Albert Escusa; la otra corresponde a un sector del trotskismo morenista, expresada recientemente por Mercedes Petit (“Ajuste a la cubana”), pero que es un desarrollo de las posiciones de la LIT-CI y su dirigente Martín, expresadas a mitad de los años 90.

Entre esos dos extremos hay otra opinión, expresada por Pedro Campos, “disidente” de izquierda cubano, que califica al modelo cubano como “socialismo de estado” que ha fracasado y propone una variante económica que entregue la economía directamente en manos de productores a través de cooperativas y otras formas de autoorganización y autogestión de las masas, que se me asemeja un poco al modelo anarquista.

Incluso cabe una cuarta opinión, que en su momento sustentó Celia Hart Santamaría hasta sus últimos artículos, para quien la economía cubana era esencialmente socialista pero advertía a la dirección del PCC que la acumulación de reformas a favor del mercado podrían terminar imponiendo un modelo al estilo chino de restauración capitalista. Celia reivindicaba  los escritos económicos del Che, sosteniendo que más que nunca había que apegarse a la planificación y centralización económica.

2.- No hay socialismo en un solo país.

Estos debates no son nuevos, tal vez sólo porque se refieran a Cuba, pero en esencia datan desde inicios de los años 20, cuando la Revolución Rusa atravesaba dilemas parecidos, y al menos desde la llamada Caída del Muro, en 1989-90. Por ello, es correcto usar como referente el debate de Trotsky y Stalin sobre el carácter de la URSS, no para repetir dogmáticamente nada, pues no hay dos situaciones exactamente iguales, sino para hallar el método que nos ayude a comprender el presente.

Ya conocemos que Stalin y sus sucesores pretendieron que la URSS no sólo había alcanzado la fase socialista, sino que estaba a las puertas de la sociedad comunista, negando las reales y evidentes limitaciones del régimen social y económico. A ello respondió Trotsky:

En todo caso, Marx entendía por “etapa inferior del comunismo” la de una sociedad cuyo desarrollo económico fuera, desde un principio, superior al capitalismo… Marx esperaba, por otra parte, que los franceses comenzarían la revolución socialista, que los alemanes continuarían y que terminarían los ingleses… La realidad fue muy distinta. Tratar, por tanto, de aplicar mecánicamente al caso particular de la URSS en la fase actual de su evolución la concepción histórica universal de Marx, es caer bien pronto en contradicciones… Es más exacto, pues, llamar al régimen soviético actual, con todas sus contradicciones, transitorio entre el capitalismo y el socialismo, o preparatorio al socialismo, y no socialista” (La revolución traicionada).

Cita a Marx (El Manifiesto): “…el desarrollo de las fuerzas productivas es prácticamente la primera condición absolutamente necesaria (del comunismo) por esta razón: que sin él sí se socializara la indigencia y esta haría recomenzar la lucha por lo necesario, y recomenzaría, consecuentemente, todo el viejo caos…”. Y agrega: “… esta idea no la desarrolló Marx en ninguna parte, y no se debió a una casualidad: no preveía la victoria de la revolución en un país atrasado. Tampoco Lenin se detuvo en ella, y tampoco se debió al azar: no preveía el aislamiento tan largo del estado soviético. Pero el texto que acabamos de citar, que no fue para Marx más que una suposición abstracta, un argumento por oposición, nos ofrece una clave teórica única para abordar las dificultades absolutamente concretas y los males del régimen soviético”.

Con lo cual explica que la revolución en un país atrasado como Rusia ha conllevado la aplicación de “métodos socialistas a tareas prosocialistas”, que han producido un tipo de estado con doble carácter, “socialista en la medida que defiende la propiedad colectiva de los medios de producción; burgués en la medida en que el reparto de los bienes se lleva a cabo por medio de medidas capitalistas de valor, con todas las consecuencias que se derivan de este hecho”.

En resumen, para Trotsky, y al margen de sus diferencias con Stalin y la dirección del PCUS, un régimen de transición al socialismo es sólo socialista en cuanto a la propiedad, pero en gran medida las normas de reparto, la distribución, todavía es capitalista, por cuanto se hace por la vía del salario. Este es un dilema imposible de resolver hasta tanto la revolución socialista no triunfe en los países económicamente avanzados o industrializados.

Es decir, las contradicciones sociales, las desigualdades, que esta situación genera, sólo encontrarán solución en el avance de la revolución socialista internacional. Mientras, cualquier dirección política, trotskista, stalinista, castrista o la que sea, tiene que administrar  esas contradicciones.

Para el caso de Cuba, la moraleja va en dos sentidos: ni podemos llamar socialista a lo que no es en el sentido pleno, porque da la sensación de que ya llegamos a al objetivo deseado, cuando es evidente que estamos ante un modelo que aún encierra muchas contradicciones, error de Escusa; ni se le puede pedir a la revolución cubana un socialismo ideal que sólo puede existir en la imaginación, el error de Petit.

En el caso cubano, la existencia de ese carácter dual del estado se ha expresado desde hace más de una década en la coexistencia de dos monedas: el peso cubano, y su derivado la cartilla de racionamiento, que intenta sostener un reparto mínimo igualitario de bienes básicos (aunque cada vez más mellado) a precios subsidiados por el estado; y el peso convertible o CUC, que es una forma de reparto típicamente capitalista, por la cual cada quien obtiene bienes que no están en la cartilla si accede de una u otra forma a divisas.

No es un secreto que el peso convertible con sus altas cargas impositivas es una forma que el estado usa para financiar la parte “social” de la economía legalizando un mercado que de todas maneras existe como mercado negro. Mercado negro de mercancías que, por ejemplo, en los mejores tiempos de la URSS, con la economía cien por cien estatizada, siempre existió.

La parte socialista o socializada de la economía es la que explica el milagro cubano en materia de desarrollo humano: salud, educación, cultura, deporte, ciencia. Conquistas que reconocen hasta sus enemigos.

El problema es que ese reparto socialista, tiene un límite y es la capacidad productiva de un estado pequeño y subdesarrollado como Cuba que, además, está agobiado por el sabotaje y el bloqueo económico de la principal potencia mundial a sólo 90 millas de su territorio. ¿Qué se hace cuando se ha llegado al límite y aún quedan inmensas necesidades y demandas por resolver? Peor, aún, sin perspectivas a corto plazo de la cosa cambie en la arena internacional.

El “comunismo de guerra”, es decir, la economía socializada en una “fortaleza sitiada”, tiene un límite. Lenin, en circunstancias parecidas, se vio obligado a lanzar la Nueva Política Económica (NEP), es decir, introducir elementos de mercado capitalista en el campo y recurrir a la inversión extranjera. En eso está cierto Escusa.

Este carácter dual de la economía existe en Cuba de hecho, desde hace tiempo, y se acentuó más durante el “período especial”, cuando la isla se vio completamente aislada, valga la redundancia. El dilema es si ese mercado paralelo debe legalizarse o no. Aún en polémica con Celia Hart, en nuestra opinión no hay más remedio y es preferible legalizar y controlar esa economía subterránea.

El problema es si la economía mixta, o la parte del reparto por la vía del mercado (bajo leyes que obedecen a la lógica del capital) puede ser erradicada completamente. Hasta donde alcanza el entendimiento, ni Marx, ni Lenin, ni Trotsky hicieron un fetiche de la economía totalmente estatizada, ni le llamaron a eso socialismo, ni negaron la coexistencia de propiedad estatal con formas de mercado para un período histórico. Lo cual aparentemente pretende Petit.

En todo caso, la estatización forzosa y total de la economía fue un invento de Stalin, y tampoco es lo que proponía Trotsky, ni Lenin, ni Preobrazensky. Invento de Stalin que obedecía más a su necesidad de control totalitario del poder que a una necesidad económica del socialismo. Si es así, ¿por qué hacer de la economía totalmente estatizada un fetiche? ¿Por qué no reconocer que en determinadas condiciones no queda más remedio que aceptar las empresas mixtas, el capital extranjero, etc.?

La economía de los estados es como la economía familiar: no se puede gastar más de lo que se ingresa o, en todo caso, hasta que llegues al límite del crédito (como le pasa a Cuba). Llegado a ese límite ¿Cómo desarrollas la industria del níquel, el petróleo o el turismo si no tienes plata para invertir? Con todos los peligros que eso implica, sólo te queda la inversión extranjera.

Sobre las empresas mixtas, lo que habría que considerar seriamente es si no ha llegado el momento de aumentar los salarios de los trabajadores ubicados en este sector económico, lo cual estimularía el consumo y la producción por cuenta propia (de la ciudad y el campo). Ahora eso significa cortar la parte de esos ingresos que va a la cartilla y al ejército, con lo cual se abren otras contradicciones. No es fácil, por eso no es correcto hacer un principio de algo que no lo es. La discusión está en otra parte.

3.- ¿Cuba es un estado capitalista?

Ya hemos señalado, citando a Trostky, que Cuba no es en términos estrictos un estado socialista, sino que en todo caso es una sociedad de transición al socialismo. Pero, ¿es correcta la afirmación de Mercedes Petit de que Cuba es el estado “capitalista de los hermanos Castro” o la “agencia de trabajo de las multinacionales” desde hace “dos décadas”?

Parece que la realidad evidente contradice a Mercedes Petit  porque un estado capitalista presupone forzosamente una burguesía ¿dónde está la burguesía cubana? Que se sepa ella sigue enquistada en Miami y sigue añorando volver de la mano de una intervención militar norteamericana a retomar sus viejas propiedades. Es más la propia Petit cae en la contradicción de afirmar que Cuba es capitalista pero está gobernada por una burocracia privilegiada.

Otra evidencia indirecta es que, pese al creciente peso de la economía mixta, la política de bloqueo económico impuesta por el imperialismo norteamericano se mantiene igual. Bloqueo al que el capitalismo europeo, pese a que algunas de sus industrias han invertido en Cuba, colaboran con sanciones y limitaciones comerciales de diverso tipo.

No interesa demostrar, por demasiado evidente, que Estados Unidos no trata igual con Cuba que con China. Lo cual debe indicarnos algo. Si hace 20 años Cuba es capitalista, según Petit, ¿por qué las empresas capitalistas norteamericanas insisten en el bloqueo en vez de comerse a la sardina?

¿Por qué, a pesar de los pesares, la dirigencia cubana sigue hablando de socialismo? Porque si hace 20 años el signo del estado cubano pasó a ser capitalista, ¿Por qué no hacen los dirigentes cubanos como en Rusia o Europa del este y se apropian directamente de las empresas estatales? Algo no está bien en el razonamiento de Petit.

Volvamos a Trotsky: “Se ha tratado de disfrazar el enigma soviético con el término “capitalismo de estado”, que presenta la ventaja de no ofrecerle a nadie un significado preciso… En el plano de la teoría, podemos representarnos una situación en la que la burguesía entera se constituyera en sociedad por acciones para administrar, desde el estado, a toda la economía nacional… Jamás ha existido un régimen de este tipo, ni lo habrá jamás…

Y luego pone el ejemplo de la Italia fascista en la que existió un gran porcentaje de la economía en manos del Estado, para afirmar “El Estado corporativo –escribe justamente el marxista italiano Feroci- no es más que el agente del capital monopolista…”.

Y agrega Trotsky: “Las clases se definen por el sitio que ocupan en la economía social y, sobre todo, con relación a los medios de producción. En las naciones civilizadas, la ley fija las relaciones de propiedad. La nacionalización del suelo, de los transportes y de los cambios, así como el monopolio del comercio exterior, forman la base la sociedad soviética, esta adquisición de la revolución proletaria define a la URSS como un estado proletario

Por la función reguladora y de intermediaria… la burocracia soviética se parece a cualquier otra… Pero el hecho mismo de que se haya apropiado del poder en un país en que los medios de producción más importantes pertenecen al Estado, crea entre ella y las riquezas de la nación, relaciones enteramente nuevas. Los medios de producción pertenecen al estado. El estado pertenece en cierto modo a la burocracia. Si estas relaciones completamente nuevas se estabilizaran, se legalizaran, se hicieran normales, sin resistencia alguna o contra la resistencia de los trabajadores, concluirían por liquidar completamente las conquistas de la revolución proletaria: pero esta hipótesis es prematura: El proletariado aún no ha dicho su última palabra. La burocracia no le ha creado una base social a su dominio, bajo la forma de condiciones particulares de propiedad. Está obligada a defender la propiedad del estado, fuente de su poder y sus rentas. Desde este punto de vista, sigue siendo el instrumento de la dictadura del proletariado”.

Sigue: “Las tentativas de presentar a la burocracia soviética como una clase “capitalista de Estado”, no resiste la crítica. La burocracia no tiene títulos ni acciones. Se recluta, se completa y se renueva gracias a la jerarquía administrativa, sin tener derechos particulares en materia de propiedad. El funcionario no puede transmitir a sus herederos su derecho de explotación del Estado….”.

4.- ¿Cuba camina hacia el modelo chino?

Basados en los criterios de Trotsky, tendríamos que definir el régimen cubano, en el peor de lo casos, como burocrático, pero no capitalista, como señala Petit, la cual confunde una posibilidad con un hecho dado… “hace 20 años”.

Nos parece que en el caso cubano las reformas más que responder a un esquema capitalista, constituyen un intento de la dirección cubana por resolver los problemas propios de un régimen de transición rodeado de un mercado mundial capitalista que le imponen por la vía del comercio exterior sus condiciones de explotación como a cualquier país subdesarrollado.

Algunas de estas medidas, como los paladares y salones de belleza, ya se tomaron en los duros años del período especial. Algunos como Martín, dirigente de la LIT-CI, ya creían que era el salto a un régimen capitalista. Sin embargo, la dirección cubana retrocedió, las congeló o estableció controles férreos a estas formas de propiedad capitalista. Es decir, se han dado zigzags más parecidos a la URSS de los años 20 que a la del 89-90.

Giros que se explican porque la dirigencia cubana no es capitalista, y porque en todo caso la restauración capitalista implicaría la liquidación de esa dirección en manos de su enemiga histórica ubicada en Miami. Sinceramente no creemos que, al menos en vida de los dirigentes Raúl y Fidel Castro vaya a producirse ese salto, salvo que haya una nueva guerra civil.

En todo caso preferimos cómo Celia Hart presentaba el problema: advirtiendo que de continuar el camino de las reformas por la vía del mercado se está inclinando la balanza hacia un esquema parecido al chino, que puede terminar echando por tierra la Revolución cubana restaurando el capitalismo. Ella proponía apegarse a la propuesta del Che en los 60: más centralización y planificación.

No cabe ninguna duda que trasladar o despedir medio millón o un millón y medio de trabajadores estatales al cuentapropismo fortalece las tendencias capitalistas y crea contradicciones sociales y políticas de impredecibles consecuencias.

El “cuentapropismo” tiene dos caminos: o es desempleo encubierto, como pasa en los países capitalistas, o es la génesis de la pequeña propiedad privada, es decir, de pequeños capitalistas.

Las reformas no sólo “transfieren” medio millón de personas a trabajar en la pequeña propiedad o empresas, sino que permiten la contratación de mano de obra por esas empresas, es decir, crean una clase social pequeñoburguesa,  o burguesa, al interior de la isla.

El problema es cuándo la acumulación de medidas puede dar un salto de calidad en la que la parte del mercado termine tragándose a la parte socializada por un camino irreversible. Ese es el peligro que Escusa se niega a ver. Pero es un pronóstico, no un hecho consumado, como no parece entender Petit.

5.- ¿Qué alternativas hay?

A nuestro juicio el problema central no son las medidas en sí, sino el problema político respecto a quién toma esas medidas y sus controles. ¿Son una decisión burocrática o han emanado del debate democrático de los trabajadores cubanos?

Porque el problema central es político y no económico (“la política es economía concentrada”, decía Lenin): ¿Tiene la clase obrera cubana el control de las decisiones en materia económica? Sin esa participación democrática en la que la gente se sienta parte de las decisiones y la construcción de su futuro, fracasarán todos los intentos de estímulo de la productividad por la vía socialista, como ya quedó demostrado en Europa oriental.

La situación se agrava porque la postergación indefinida del congreso del PCC mantiene una incertidumbre política y teórica, que afecta a la izquierda cubana y latinoamericana, porque no está claro qué lecciones se sacan de la quiebra del modelo soviético, qué defendemos o no del socialismo, o qué es el “socialismo del siglo XXI”, para decirlo en términos de Hugo Chávez.

En ese sentido reivindicamos un reciente artículo de Guillermo Almeyra, aparecidoen La Jornada de México. La democracia socialista es la única vía de sostener la fortaleza sitiada que es Cuba hoy. Porque, ¿quién decidió que había que invertir en más canchas de golf y no en otra cosa? Democracia socialista y no “democracia en general”, para todos, incluidos los enemigos de la revolución, como parece sugerir Mercedes Petit. Lenin, contestándole a Kautsky decía que no existe la “democracia en general”, que ese sistema político siempre tiene un apellido de clase.

Aquí es donde las propuestas de Pedro Campos y su corriente pueden representar una alternativa, en lo económico y en lo político. O sea, dar más poder y participación a los trabajadores en la administración de la economía y en la toma de decisiones.

¿Por qué no promover también formas de producción cooperativizadas? ¿Por qué no estimular formas de autogestión semejantes a las que se practicaron en algún momento en Yugoslavia? Esos criterios tendrían la ventaja de contrapesar los elementos de mercado capitalista existentes en las empresas mixtas y en el nuevo cuentapropismo.

Finalmente, el dilema es el mismo que Trotsky planteó para la URSS, o avanza la revolución socialista en el resto del mundo, o a largo plazo están en peligro las conquistas del 59. Eso lo comprendió bien Celia Hart, por eso apostó como la salvación de Cuba socialista a favor del proceso “bolivariano” en Venezuela, Ecuador y Bolivia, la integración del ALBA, etc. La pregunta es: ¿Esos procesos siguen avanzando, se estancaron o retroceden? De la respuesta depende el futuro de Cuba.

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