CHILE.- 11 de septiembre de 1973: El golpe de la oligarquía y el imperialismo

 

Por Silvia Díaz y Andrés Méndez

Este ensayo fue escrito en Octubre de 1973, a escaso días del golpe de Estado del 11 de Septiembre de ese mismo año, como introducción a un libro titulado “La Tragedia Chilena”, que condenaba el golpe de Estado y el asesinato de Salvador Allende, pero también reunía varios artículos críticos obre la experiencia del gobierno de la Unidad Popular (UP) y la política reformista que manejaron los partidos y organizaciones de izquierda en Chile. 40 Años después hemos creído conveniente publicarlo.

El 11 de setiembre, la "vía pacífica hacia el socialismo" fue bruscamente cortada por las bombas y cañonazos con que las fuerzas armadas dieron por finalizado el experimento de "dejar gobernar" a la Unidad Popular. El asesinato del presidente Salvador Allende fue la manifestación más visible del salvajismo con que los gorilas chilenos actuaron: hasta los reaccionarios de todo el mundo se vieron obligados a derramar lágrimas de cocodrilo (el Papa y el presidente Nixon, entre ellos). Pero la muerte de Allende no fue sino un hecho más: las Fuerzas Armadas descargaron su odio de clase en el bombardeo sistemático de las zonas fabriles y de las barriadas obreras, en el fusilamiento masivo de la vanguardia obrera y de los militantes de izquierda, en el encarcelamiento y la tortura de miles de trabajadores y estudiantes, en la brutal persecución a los muchos revolucionarios latinoamericanos que habían buscado en Chile un refugio contra la barbarie de sus propios gobiernos. La afición del régimen militar brasileño por la prisión, la tortura y el asesinato de militantes es tristemente célebre y ha ganado un lugar de honor en la galería de horrores que el capitalismo en decadencia descarga sobre la humanidad; a pesar de ello, exiliados brasileños en Santiago prefirieron asilarse en la embajada de su país y ponerse en manos de esa sangrienta dictadura, antes que enfrentar a la ferocidad de los "salvadores de la patria" chilenos. Este solo hecho pinta mejor que todas las palabras la brutalidad de la represión en Chile. Después del aplastamiento de la Comuna de París (la gran revolución obrera del siglo pasado), las burguesas mojaban la punta de sus paraguas en la sangre de los insurrectos para tener un recuerdo de la represión. Los gorilas chilenos no mojan paraguas, pero su brutal represión no es un invento nuevo. Siempre que la burguesía ve de cerca la posibilidad de una revolución obrera, se sobrepone a su miedo con enormes reservas de odio y de ferocidad.

No será una novedad que denunciemos el papel jugado por el imperialismo yanqui en Chile. Cuando el Departamento de Estado admite que tenía informes del estallido del golpe cuarenta y ocho horas antes de que se produjera, cuando Kissinger declara a la prensa que la CÍA "nada tuvo que ver con el golpe, que yo sepa", como abriendo el paraguas con tiempo, cuando los primeros en reconocer a la Junta Fusiladora han sido las dictaduras más ligadas a la política del imperialismo (Brasil, Uruguay, Bolivia, Paraguay), nadie puede conservar una duda razonable. La misma mano que actuó en Brasil en 1964, en la República Dominicana en 1965, en Bolivia en 1971; la misma mano que actuó en Guatemala en 1954 y en nuestro país al año siguiente, es la que hoy ha acompañado a la burguesía chilena y a sus fuerzas armadas en el golpe reaccionario.

Si hiciera falta aportar pruebas del carácter antiobrero del golpe, si no bastara con ver la particular predilección con que se atacó a los barrios obreros y con que se fusiló a los activistas proletarios, bastaría con decir que las primeras medidas de la Junta Militar fueron la congelación de salarios y la devaluación del escudo, que sumó un elemento más a la carestía creciente.

La Junta ha dicho de este modo que el peso de la crisis económica chilena ha de recaer sobre los trabajadores. Mencionar que se ha obligado a los empleados a trabajar un día sin cobrar para "ayudar a recuperar al país1', es casi redundante después de lo que hemos dicho.

Durante tres años, la experiencia del gobierno de Allende fue centro de atención para propios y extraños. El imperialismo, las burguesías latinoamericanas, las fuerzas reformistas, el ultraizquierdismo y los marxistas revolucionarios hemos seguido paso a paso el desarrollo de esa experiencia, cada cual por sus propias razones y movido por sus propios intereses. Hoy, cerrado el ciclo del gobierno de la UP, ha llegado el momento de sacar las conclusiones. El balance de lo hecho y de lo omitido está lleno de enseñanzas que todo el movimiento revolucionario latinoamericano deberá aprovechar. Después del 11 de setiembre, se han rendido muchos homenajes a las víctimas del golpe y se ha prometido continuar su lucha. La mejor forma de hacerlo es aprender de los errores cometidos. La única manera de que su sacrificio no haya sido inútil, es. que sirva para evitar nuevas derrotas y nuevas masacres al movimiento obrero latinoamericano y mundial.

El análisis del proceso chileno, que culminó en el golpe del 11 de setiembre no es, entonces, un juego intelectual. Es una obligación de todos los revolucionarios y de todos los obreros de vanguardia. Y más que una obligación, es una cuestión de vida o muerte. De allí la importancia de encararlo con responsabilidad y de sacar las conclusiones correctas.

"La burguesía se moviliza, gana la calle y se prepara a fondo utilizando todos tos medios legales e ilegales a su alcance" (Avanzada Socialista, N° 35, 25/10/72). Esto se dijo casi un año antes del golpe, cuando aún los militares chilenos mantenían la ficción del "profesionalismo" y muchas fuerzas políticas de izquierda aún creían posible una convivencia con la burguesía. La realidad confirmó aquel pronóstico. Y confirmó también la conclusión del mismo artículo: "Sólo la movilización armada de los trabajadores y campesinos habrá de asegurar el camino al socialismo”'.

Algunas explicaciones sobre el golpe chileno

1. ¿Es posible unir a la derecha y a la izquierda?

Casi inmediatamente después de producido el golpe, el general Perón respondió a un periodista que le pidió su opinión, que los culpables son "los apresurados de siempre". Posteriormente, amplió su pensamiento: para él, Allende cayó víctima "de su sectarismo, de su política tendiente al exceso" y que "la responsabilidad no fue de los militares sino de los guerrilleros".

¿Qué habría que haber hecho, entonces? Indirectamente, Perón nos lo contesta, al esbozar su propio plan para evitar en nuestro país el "exceso" y el "sectarismo"; "logrando la unidad de todos en torno de un objetivo común para la izquierda y la derecha: reconstruir lo que destruyeron muchos años de mal gobierno", (declaraciones al "Giornale d'Italia").

El general Perón tiene hecho un balance del proceso chileno y ha sacado sus conclusiones: si no queremos llegar al mismo resultado en la Argentina, debemos recurrir a "la unidad de todos los argentinos, cualesquiera sea el matiz político" (discurso de cierre de campaña).

Hemos subrayado "unidad de todos" por lo que esto significa: unidad de los explotadores y de los explotados, unidad de los que producen y sufren cada día mayor miseria y de los que no producen y viven entre lujos, entre los que encarcelan, torturan y asesinan y sus víctimas. Aplicado a Chile, quiere decir: unidad con los asesinos del 11 de setiembre, con Frei, con Alessandri, con las bandas derechistas de Patria y Libertad, con los sirvientes del imperialismo. Aplicado a la Argentina, quiere decir unidad con Balbín, con Manrique, con Frondizi, con Alsogaray, con Lanusse, con Carcagno y con el capitán Sosa.

Pero la unidad con los explotadores sólo puede realizarse al precio de admitir que continúe la explotación. Si nadie hubiera afectado o amenazado sus privilegios, no hay duda que ni los imperialistas, ni los explotadores chilenos y sus sirvientes de uniforme, hubieran recurrido al golpe. ¿Para qué? Si renunciamos a defendernos, nuestros enemigos (imperialistas o nacionales) no necesitarán utilizar la violencia. Pero esa "pacificación" se basa en mantener el hambre y la explotación de la mayoría para garantizar las ganancias de una minoría.

La unidad de todos los argentinos (como en cualquier otro país donde exista la explotación del hombre por el hombre) es la unidad de la soga y el ahorcado. Existe mientras los trabajadores admiten resignadamente que se los siga explotando y oprimiendo. Pero, apenas los trabajadores comienzan a luchar por sus derechos, poniendo en peligro el sistema de explotación, la unidad desaparece y la burguesía recurre a los instrumentos adecuados (policía, ejército, bandas armadas a sueldo) para hacer "entrar en razón" a las masas y eliminar a los "elementos subversivos".

En resumen, vemos que la conclusión de Perón ante la derrota de la Unidad Popular chilena es consecuente con lo que él mismo hizo en 1955 y que hoy suele recordar como su gran mérito: evitar la guerra civil, dejando triunfar sin lucha al imperialismo y a sus aliados.

2. ¿Es posible unir a los trabajadores con la burguesía "no comprometida con el imperialismo"?

Pero, sin coincidir con la concepción de "unidad de todos" que proclama Perón, hay quienes tienen una concepción similar en muchos aspectos. Veamos cómo interpreta la derrota chilena el Partido Comunista argentino. Agreguemos, de paso, que sus posiciones y conclusiones nos merecen particular atención, ya que el PC chileno jugó un papel de primerísima importancia en el proceso interrumpido el 11 de setiembre.

El 19 de setiembre, "Nuestra Palabra” achacaba buena parte de la responsabilidad por la derrota a "la ultraizquierda", por haber contribuido "con su infantilismo tremendista" a "alejar a vastos sectores de la clase media, a los elementos vacilantes de las Fuerzas Armadas confundidos por la derecha". ¿Qué política creen que hubiera sido correcta y lo será en el futuro? "Nuestra Palabra" exhorta a "ampliar la unidad". Pero, reconozcamos que no se trata aquí de la unidad de todos los argentinos ni de todos los chilenos. Más modestamente, se trata de un "Frente Patriótico y Antiimperialista que encuadre ei 80%". ¿Y quiénes han de constituir ese 80%? "La pequeña y mediana burguesía, la burguesía nacional no comprometida con el imperialismo, las masas católicas y militares patriotas de raíz sanmartiniana". Los obreros y estudiantes, formando bloque con este heterogéneo conjunto, podrían haber derrotado a la oligarquía y al imperialismo y marchado "constitucionalmente" hacia el socialismo.

Vamos por partes. Lo primero que podemos decir de esto es que se trata de una absurda mescolanza, donde se entremezclan sectores sociales y cosas que no se sabe muy bien por qué están ahí. Para no ir más lejos, ¿de qué "masas católicas" se habla? Porque se supone que los católicos (pertenezcan o no a las "masas") deben formar parte de algún sector social: o son obreros, o son pequeñoburgueses, o medianos burgueses, y en ese caso, ya están incluidos en la lista; o son grandes oligarcas, y en ese caso, no se los puede incluir ni con toda la buena voluntad del mundo. Las "masas católicas" pequeño-burguesas estuvieron en la punta de lanza del golpe, pero no porque fueran católicas y la Unidad Popular Jes hiciera temer la pérdida del Paraíso, sino porque eran pequeños burgueses, que vieron que las medidas económicas del gobierno de la Unidad Popular y el consiguiente sabotaje de la derecha y el imperialismo, hundían el país en la crisis económica y que Allende era incapaz de solucionarla. Debemos aclarar que Allende no era incapaz de solucionar la crisis por exceso de socialismo. Todo lo contrario. No podía hacerlo porque no aplicó la planificación socialista y porque no mostró a esas masas pequeño-burguesas cómo podía beneficiarlas concretamente (económicamente) la expropiación de los resortes fundamentales de la economía y su puesta en funcionamiento bajo el control de los trabajadores. De ese modo, las amas de casa de clase media se toparon con la crisis del abastecimiento y se dejaron arrastrar por la derecha a las famosas "marchas de las cacerolas vacías". Repitámoslo: no las arrastró el catolicismo, sino algo más prosaico: la falta de tomates en las ferias.

Pero, dejemos a las "masas católicas". "Nuestra Palabra" propone "ampliar el frente". Pero, esa fue precisamente la política que siguió Allende, calurosamente aplaudido por el PC chileno. Incontables veces, el gobierno de la UP llamó a la "oposición democrática" (es decir, la Democracia Cristiana) a que se uniera al proceso de "liberación". Un mes antes del golpe, Allende intentó un acuerdo con la D.C. Veamos qué decía en agosto, "El Siglo", diario del PC chileno: otro llamado "a un entendimiento... que permitiera ordenar jurídicamente, mantenernos dentro del estado de derecho, tal como lo plantea el programa de la Unidad Popular, lograr que las convergencias y las confluencias de ideas programáticas expresadas por la DC y la UP se materialicen cada vez más".

Hemos extraído un ejemplo entre más. Una revisión rápida de lo sucedido en los tres años de gobierno de la UP, proveerían muchos más. Porque esa fue la política constante del gobierno de Allende y fue la prédica constante del PC chileno.

El PC no está sólo en su teoría del "frente del 80%". También desde la mayoría de las corrientes del llamado "peronismo combativo", se tiran cables hacia los "empresarios nacionales" y "militares patriotas". Escuchemos a uno de sus exponentes.

Manuel Firmenich, dirigente de los Montoneros, dijo el 22 de agosto en el acto realizado en la cancha de Atlanta, que ellos admitían la estrategia del frente antiimperialista de Perón, que engloba a "seis millones de trabajadores", pero también a "un millón de comerciantes y pequeños y medianos productores". Y más adelante aclaró que esos sectores "están políticamente representados en tres superestructuras que se han presentado en los últimos comicios, que son el Frente Justicialista de Liberación, la Unión Cívica Radical y la Alianza Popular Revolucionaria". Examinemos a los "pequeños y medianos productores" de Firmenich: grandes latifundistas y estancieros, como Jury y Romero (gobernadores de Tucumán y Corrientes, respectivamente, elegidos por el Frejuli), la burguesía agraria que responde mayoritariamente a la UCR y gran parte de la burguesía industrial (CGE e incluso UIA) que han apoyado sin reservas el acuerdo Perón-Balbín.

Naturalmente, la coincidencia de estas corrientes peronistas y del PC es casi total en lo que hace a la interpretación del caso chileno. "El Descamisado" del 18-9-73, hace la siguiente descripción del golpe: "Todo esto volteó a Allende: un plan gestado en el Pentágono que combina, malestar en los cómodos, miedo de los generales sin pueblo, dirigentes políticos oportunistas, asalariados de cuello duro, más la histeria de las matronas que no encontraban alimentos en los negocios". Naturalmente, es más sencillo descargar maldiciones sobre los chivos expiatorios más visibles que analizar seriamente el proceso y extraer las conclusiones. Este párrafo nos hace pensar en un boxeador que, después de haber recibido una tremenda paliza como producto de sus propias fallas técnicas, se quejara amargamente diciendo que su adversario ha sido el culpable, porque le pegó. Hasta un novato le diría: "para eso subió al ring; el problema es que Ud. se dejó pegar y no le pegó a su vez".

El Pentágono tiene su trabajo (defender los intereses de los grandes monopolios yanquis) y lo cumple muy bien; los generales, con o sin pueblo, tienen su trabajo (defender los intereses de las clases dominantes de sus paises) y tampoco lo hacen mal; los políticos oportunistas, lo mismo; los asalariados de cuello duro y las matronas tratan de cuidar sus intereses y, si se equivocan, no es toda la responsabilidad de ellos, sino de los "revolucionarios" que no supieron mostrarles dónde estaban sus verdaderos intereses.

En fin, para decirlo en criollo, la culpa no es toda del chancho, sino también de quienes le dan de comer. Si se atacara al Pentágono, dejando inerme a la burguesía nacional (con la que está unido por mil lazos, aunque tengan diferencias), su efectividad se reduciría casi a cero; si las fuerzas revolucionarias preparan a las masas obreras (y se preparan ellas mismas) para ganar a los soldados y suboficiales para la Revolución, los "generales sin pueblo" se convertirán en "generales sin soldados" (y sin armas), lo que seguramente será mucho más triste para ellos. Si a los políticos oportunistas no se les permite que tengan su oportunidad, poco podrán hacer. Y si, en lugar de despotricar contra los "asalariados de cuello duro" y las "matronas", se tiene una audaz política para ganar a la clase media, mostrándole cuánto tiene que ganar con el derrocamiento del régimen burgués y la instauración de un ' gobierno obrero y popular, indiscutiblemente la cuestión cambiaría.

Porque el Pentágono no actuó solo. Actuó junto con toda la burguesía chilena, incluidos los "empresarios nacionales" y "medianos productores". El golpe no fue obra de "generales sin pueblo", sino del conjunto de la oficialidad de las Fuerzas Armadas. El oportunismo no fue el de los "momios" reaccionarios del Partido Nacional ni de los "opositores demócratas" de la Democracia Cristiana: ellos defendieron los intereses de clase de la burguesía con toda seriedad y consecuentemente. El oportunismo estuvo en las filas de la Unidad Popular, donde se sacrificó toda posibilidad de movilizar a las masas por la vía revolucionaria, para no perder la posibilidad de concretar el "frente del 80%".

También "El Descamisado" tiene su ataque a los "apresurados": "... los apresurados del campo propio. Esos que pretenden afectar duramente los intereses imperialistas, antes de tener el pueblo organizado para aguantar después la respuesta de los yanquis. . ."

El PC chileno, cuando los obreros de los Cordones Industriales reclamaban movilización, les contestaba que esperaran, que tuvieran paciencia, que se organizaran, que estuvieran alertas. Mientras tanto, los gorilas no esperaban, aprovechaban cada día, cada hora, para reprimir, para sabotear, para preparar el golpe.

Como vemos, el PC y las corrientes "combativas" del peronismo coinciden en su diagnóstico del golpe chileno y en su aplicación a nuestro país: reivindican la política dé Allende como correcta y que hay que seguir aplicándola: "frente con la burguesía 'no comprometida con el imperialismo' ".

3. ¿Existe la burguesía "no comprometida con el imperialismo"?

Allende y el PC tendieron permanentemente a lograr un acuerdo con esa burguesía "no comprometida con el imperialismo". Los resultados están a la vista. La burguesía "no comprometida" aparentemente estaba representada por la Democracia Cristiana, hacia la que se dirigieron todos los llamados a la unión, a la paz y a la cooperación de la UP. Sin embargo, la DC ha avalado el golpe del 11 de setiembre y no sabemos hasta que punto lo habrá promovido. En todo caso, es sugestivo que, en los días previos al golpe, los demócratas cristianos hayan llevado adelante una .ofensiva brutal contra el gobierno, a través de sus legisladores y órganos de prensa. No es casual que hoy, los militare« golpistas se defiendan de los ataques que se les hacen de haber roto la continuidad constitucional, afirmando que el Congreso (con el voto de los conservadores y de la DC) se dirigió a los ministros militares pidiendo que restablecieran la normalidad constitucional, "rota" por Allende.

En la DC existe un ala de "izquierda" (Tomic y Cia.). ¿En qué se distinguió ese sector de los pro-golpistas como Frei? Abiertamente o con un prudente silencio, toda la DC convalidó el golpe gorila, antiobrero y proyanqui.

Por mucho que pueda asombrar a los redactores de "Nuestra Palabra" y de "El Descamisado", esto no tiene nada de extraordinario. El comportamiento de los demócratas cristianos chilenos ha sido fiel a los intereses de la burguesía chilena, y el comportamiento de la burguesía chilena ha sido el que era de esperar en la burguesía de un país dependiente. Las burguesías de los paises dependientes viven una situación extremadamente contradictoria: son, por una parte, explotadoras de las masas trabajadoras de su país; pero, por otra parte, explotadas por los monopolios imperialistas con los que debe compartir sus ganancias (ya que, por ser económica y políticamente más poderosos, se llevan la parte del león y amenazan constantemente con el desplazamiento total). Podemos decir que son socios menores del imperialismo, atados a él por multitud de lazos, pero tratando, todo el tiempo, de lograr mejores condiciones en el reparto de las ganancias.

Por eso, no compartimos la concepción ultraizquierdista que no ve ninguna diferencia entre las burguesías imperialistas y las de los países dependientes. Concepción que no comprende la contradicción que existe entre ellas y opina que la burguesía de los países dependientes no es más que un agente directo de los monopolios imperialistas. Contra esta idea, seguimos a Lenin y a Trotsky, que definían las burguesías de los países coloniales y dependientes como una clase a medias explotadora y a medias explotada y que, en los trabajos preparatorios al II Congreso de la Internacional Comunista, definían a los movimientos nacionalistas burgueses como progresivos y señalaban la necesidad de que los revolucionarios participaran en ellos.

Pero, también seguimos a Lenin y a Trotsky en otro aspecto: no abrigamos ninguna esperanza en el carácter consecuente del antiimperialismo de la "burguesía nacional". Los roces y contradicciones de los "empresarios nacionales" son reales y explican las medidas de resistencia contra la penetración yanqui tomadas en los últimos años por varios gobiernos latinoamericanos (Perú, Bolivia en el período de Ovando y Torrez, Chile hasta el golpe, Argentina hoy, y otros). Pero esos roces son roces entre capitalistas, entre dueños de tierras y fábricas que explotan trabajo humano. Son roces originados en el reparto de las ganancias que les deja la explotación del trabajo ajeno. Las burguesías latinoamericanas ven afectadas sus posibilidades de enriquecerse, cuando los monopolios yanquis invaden y dominan la economía de nuestros países. Pero, monopolios y "burgueses nacionales" tienen una coincidencia de fondo: explotan trabajo ajeno y le extraen ganancias, y aspiran a seguir haciéndolo. Están de acuerdo con que subsista el sistema capitalista, con la propiedad privada de los medios de producción y la posibilidad de explotar a los trabajadores. Lo que une a los Frei y Tomic con los yanquis es el temor común que tienen a que los trabajadores tomen el poder y liquiden el régimen de explotación.

En realidad, hay otros lazos que unen a la "burguesía nacional" con los monopolios imperialistas: relaciones económicas de todo tipo, uso de patentes, dependencia tecnológica, diversos grados de sociedad con los capitales monopolistas, uso de marcas, etc. Tambien estos lazos impiden una ruptura total de la "burguesía nacional" con sus socios mayores.

Algunas corrientes con las que polemizamos (la revista peronista "Militancia", por ejemplo, e incluso el PC) están dispuestos a reconocer que la burguesía nacional no está dispuesta a admitir el fin de toda forma de explotación, que no está dispuesta a llegar hasta el socialismo. Sin embargo, nos dirían, la burguesía nacional es una garantía en una "primera etapa", en la lucha por la liberación nacional contra el imperialismo. Una vez más, se trata de la teoría de las "dos etapas": en una primera (dirigida por la burguesía nacional) la "nación" se enfrenta al imperialismo y se libera de él. Cumplida esta tarea, los burgueses nacionales ceden el lugar a los trabajadores, para que los expropien y lleven a cabo la liberación social pasando a construir el socialismo.

Pero, mientras la "primera etapa" está en marcha, mucho cuidado con los "apresuramientos". ¡Nada de asustar a la burguesía nacional! Por eso, el gobierno de la UP prometía devolver a sus dueños capitalistas las fábricas ganadas por la lucha de los obreros chilenos. Esas fábricas no pertenecían a la "primera etapa", sino a la "segunda" y, por lo tanto, era legítimo hacerlas invadir por la Fuerza Aérea, que de paso, se entrenaba para ocupar las barriadas fabriles más tarde. ¿Qué esto significa desmoralizar y desalentar a los trabajadores e imposibilitar así el paso a la "segunda etapa"? Mala suerte; nuestros teóricos de las "dos etapas" todavía no saben cómo hacer para pasar de la "primera" a la "segunda". Paciencia, hasta que lo logren, nos dejarán en la "primera".

En cambio, la burguesía nacional sabe muy bien cómo y cuándo debe saltar de la "primera etapa" a ... la etapa cero. Es decir, cuándo el movimiento de masas en que se apoyaba para luchar contra el imperialismo se ha vuelto demasiado peligroso. Entonces, antes de que las masas pasen a la "segunda etapa" pisoteando las cabezas de los teóricos del estilo de 'os redactores de "Nuestra Palabra" y de "El Descamisado", la burguesía nacional recurre a la represión más salvaje y se reconcilia con el imperialismo. Así sucedió en China en 1927, así sucedió en la España de la década del 30, así sucedió en Brasil en 1964 y en Indonesia en 1965, así sucedió en Bolivia hace dos años y así acaba de suceder en Chile.

En 1938, hablando de las burguesías nacionales latinoamericanas, Trotsky decía: "No pueden lanzar una lucha seria contra toda dominación imperialista y por una auténtica independencia nacional por temor a desencadenar un movimiento de masas de los trabajadores del país, que a su vez amenazaría su propia existencia social". Las experiencias vividas por las masas latinoamericanas en los treinta y cinco años que han pasado desde que dijo esto, no han hecho más que ratificar sus palabras.

4. ¿Es posible la unidad con los "militares patriotas"?

Si volvemos a echar una ojeada sobre las conclusiones del PC argentino, que ya hemos citado, vemos que el "Frente Patriótico y Antiimperialista del 80%" engloba a los "militares patriotas de raíz sanmartiniana". Y es natural que así sea, ya que uno de los pecados que "Nuestra Palabra" achaca a la "ultraizquierda" es el de haber contribuido a alejar "a los elementos vacilantes de las Fuerzas Armadas confundidos por la derecha". Corresponde que nos preguntemos: ¿hubo o no hubo una política clara y consecuentemente aplicada por parte del gobierno de Allende para incorporar a las Fuerzas Armadas, no sólo al "Frente Patriótico", sino incluso al gobierno?

Ni siquiera un redactor de "Nuestra Palabra" podría negarlo. En dos oportunidades, los más altos jefes de las Fuerzas Armadas ocuparon puestos claves en el gabinete de la UP (incluyendo los ministerios del Interior y Defensa). Veintinueve días antes del golpe, "El Siglo" (diario del PC chileno) se entusiasmaba con el ingreso al gabinete de los comandantes en jefe de las Fuerzas Armadas y del director de Carabineros, considerando que era "para asegurar la constitucionalidad, para decirle a todo el país que ha llegado la hora de normalizar la situación sediciosa en que están colocados los dirigentes de los camioneros". (El Siglo, 13/8/73).

Un mes y medio antes, apenas pasado el "tancazo", el PC y la Central Única de Trabajadores (CUT) aclamaron a los "patriotas" generales .Prats y Pinochet, por haber sido los "guardianes" del gobierno constitucional. ¿Qué dirían ahora, cuando el "patriota Prats huyó del escenario de los acontecimientos con una velocidad inusitada y el "patriota" Pinochet ha declarado fuera de la ley al PC, disolvió la CUT, mantiene al dirigente comunista Luis Corvalán bajo la amenaza de la pena de muerte y persigue a miles de activistas sindicales y militantes comunistas?

Cuando, desde la izquierda revolucionaria, se criticaba al gobierno de (a UP por haber incluido a los jefes militares en el gabinete, recordemos que los voceros del PC argentino contestaban que los militares chilenos no eran como los argentinos, que eran "profesionalistas" y "civilistas". El presidente Allende elogió en numerosas oportunidades el "profesionalismo" de los Pinochet, Ruiz Danyau, Leigh, Medina y Mendoza. ¿Profesionalistas? ¿Quién lo duda? ¿Acaso no cumplen a conciencia con su profesión? Sí, pero su profesión es la de defender los intereses de los explotadores y masacrar a los trabajadores.

¿Qué opina "El Descamisado" de la participación militar en el golpe? La atribuye "a la traición de algún general" y extiende la responsabilidad a los "milicos del zonzaje víctimas de todos los golpes con el asunto de la obediencia y el escalafón".

Evidentemente, hay quienes creen que los insultos son el arma más efectiva en la lucha política. Lamentablemente, calificar a los militares chilenos de "traidores" o "zonzos" no va a impedir que sigan ocupando el poder en Santiago, no va a impedir que sigan masacrando a la vanguardia obrera y a la militancia de izquierda, no va a impedir que avasallen las conquistas obreras, no va a impedir que vuelvan a negociar con los monopolios yanquis expropiados. . . en fin, no continuemos. Los insultos no van a perjudicar a la dictadura chilena. Lo único que pueden hacer es confundir a los trabajadores y a los militantes de .izquierda sobre el verdadero papel que las Fuerzas Armadas tienen en una sociedad capitalista, basada en la explotación del hombre por el hombre.

Sin contar que es una "zoncera" más que regular creer que el golpe chileno se debió a "la traición de algún general". Se debió a que todos los generales (del ejército, la fuerza aérea y los carabineros) y todos los almirantes llegaron a la conclusión de que el gobierno de Allende ya había dejado de ser útil para salvaguardar la existencia del sistema capitalista en Chile y que, por lo tanto, esa salvaguarda debía ser confiada a un gobierno militar capaz de reprimir la movilización obrera. Si algún general tuvo dudas o no compartió ese criterio, se limitó a retirarse a su casa y seguir los acontecimientos por radio "para no afectar la unidad de la institución" (declaraciones del general Prats al solicitar su relevo). Entonces, nada de "traición". Todo lo contrario. Tan fieles son los militares chilenos a los intereses de clase que defienden (los de los explotadores) que durante tres años se aguantaron la molestia de un gobierno "marxista" porque la burguesía chilena lo necesitaba para enfrentar al imperialismo y contener a las masas trabajadoras.

Tampoco "zoncera". Si alguien en Chile ha demostrado tener claro sentido de la oportunidad, clara visión de la situación, planes definidos e inteligencia para aplicarlos han sido los militares. No es por casualidad que han resultado triunfadores. En cuanto al "asunto de la obediencia y el escalafón", realmente es un argumento lamentable. Subestimar al enemigo es un error que suele pagarse muy caro. Pensar que el enemigo de clase es incapaz de jugarse por los intereses que defiende y que obra solamente impulsado por pequeñeces personales, es imitar a los gorilas que suponen que lo que lleva a Perón a la presidencia por tercera vez, es la "ambición personal", en lugar de analizar la profundidad de la crisis de la burguesía ante el ascenso de las luchas obreras, que la obliga a recurrir a la confianza que la clase obrera aún tiene en Perón. No, no es "cuestión de obediencia y escalafón", lo que ha hecho que los oficiales chilenos se plegaran al golpe. Explicarlo así equivale a decir "en realidad, veían con simpatía a la UP, pero son cobardes y arribistas". Creemos que no es así, que no veían con simpatía a la UP y sí a los intereses de clase de la burguesía, y que salieron a defender estos intereses, que son, en definitiva, la verdadera base del "escalafón" y de la "obediencia" en los ejércitos burgueses.

5. En una sociedad de clases, el ejército es un instrumento de los explotadores.

Analizando el surgimiento del Estado en la historia humana, Engels indicaba que "el Estado nació de la necesidad de refrenar los antagonismos de clase", pero no a la manera de un intermediario neutral entre las clases antagónicas, sino como "el Estado de la clase más poderosa, de la clase económicamente dominante, que, con ayuda de él, se convierte también en la clase políticamente dominante, adquiriendo con ello nuevos medios para la represión y la explotación de la clase oprimida" (El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado). Precisamente, porque la maquinaria estatal está indisolublemente ligada a las clases dominantes, Marx indicaba que la revolución no debía "hacer pasar de unas manos a otras la máquina burocrático-militar, como venía sucediendo hasta ahora, sino demolerla" (Carta a Kugelmann, 12-4-1871).

Vale decir, no basta con apoderarse del aparato del Estado burgués; con esto no se ha logrado la revolución. En necesario reemplazar ese aparato por otro: por el Estado obrero y popular, por el aparato estatal de los trabajadores, de los que producen.

¿Y cuál es el elemento decisivo de ese aparato estatal burgués? Nuevamente, recurriremos a Engels, quien señala como rasgo característico "la institución de una fuerza pública, que ya no es el pueblo armado" y que "no está formada sólo por hombres armados, sino también por aditamentos materiales, las cárceles y las instituciones coercitivas de todo género" (El origen . . .)

He aquí el esqueleto del Estado capitalista: los destacamentos, armados destinados a defender los intereses de la burguesía, ya sea contra las burguesías de otros países o contra la revuelta de la mayoría trabajadora y explotada de la población del propio país.

¿Esto significa que hay que liquidar a todos los integrantes de las Fuerzas Armadas? Evidentemente, eso es una tontería. Lo que se debe hacer es tener una política para descomponer al aparato estatal, con sus fuerzas armadas, su policía y todos sus otros instrumentos represivos. Lo que se debe hacer es tener una política dirigida a ejercer una fuerte presión de la clase obrera sobre los integrantes de los organismos armados.

Si hubo un lugar en que las condiciones eran propicias para esto, fue Chile. En primer lugar, porque el gobierno de la UP contó desde sus comienzos con la simpatía de amplios sectores y la neutralidad benévola de otros, todavía más amplios. Simpatía y neutralidad que se esfumaron ante la presión combinada de la audacia de la derecha y de la debilidad de la UP. La derecha tuvo una política dirigida a ganar a los cuadros militares (de todos los niveles) para el golpe. La única política que la UP se dio con el objetivo de "ganar las simpatías" de los militares, fue la de ceder a la derecha; por una parte, con medidas a medias que precisamente por ser a medias no hacían más que agravar la crisis, y permitiendo a los fascista desquiciar al país (como en los dos paros de camioneros y los varios de médicos, ingenieros, etc.). La mejor combinación para arrojar a los militares más indecisos en manos de la derecha, ante la evidencia de la "inoperancia" y "debilidad" del gobierno.

Incapaz de ganar o de neutralizar al ejército, el gobierno de la UP optó por el peor camino: confiar en él. Así "recapituló el presidente Allende los hechos del 29 de junio (cuando el Regimiento Blindado 2 atacó la sede presidencial): ". . . desde allí llamé al pueblo dos veces por radio. Primero, para decirles que tuvieran confianza en las Fuerzas Armadas, Carabineros e Investigaciones . . ." La conspiración estaba en marcha, solo faltaban setenta días para que "Fuerzas Armadas y Carabineros" lo derrocaran y lo mataran, pero Allende desarmaba a los obreros recomendándoles que "tuvieran confianza" en los golpistas. Ni una palabra dirigida a organizar a los trabajadores contra el golpe.

Peor aún. Cuando la tripulación de un buque de guerra comenzó a reunirse para discutir cómo prepararse y organizarse contra el golpe, los oficiales de la marina los detuvieron, los torturaron y los procesaron. El gobierno de la UP abandonó a sus defensores en manos de sus enemigos. Supongamos que haya habido oficiales dispuestos a luchar para defender al gobierno. Con semejante ejemplo a la vista, ¿podía atreverse a hacerlo?

Despotricar hoy contra los golpistas puede ser un buen desahogo, pero mucho más eficaz hubiera sido alertar a tiempo sobre el peligro del golpe y prepararse para frenarlo.

Trotsky decía que la insurrección obrera no es tanto la lucha contra el ejército, como la lucha por el ejército. En Chile, esto se reveló otra vez como una verdad irrebatible. La UP no luchó por el ejército, por ganar el mayor número posible de sus integrantes, convenciéndolos, infundiéndoles confianza en la fuerza de la propia UP y de la clase obrera, organizándolos y poniendo frente a ellos obreros preparados para luchar. Entonces, cuando tuvo que luchar contra el ejército, fue derrotada.

La clase obrera es la única garantía de liberación y de revolución

La burguesía nacional no garantiza una lucha antiimperialista consecuente; los militares "patriotas" no garantizan ir más allá que la burguesía. . . entonces, ¿quién podrá tomar a su cargo la lucha por la liberación nacional y la tarea de librar a nuestros países de la crisis económica que los agobia?

La respuesta está en los Cordones Industriales chilenos, donde los obreros, sin plan, sin dirección, debatiéndose contra el sabotaje de sus partidos y direcciones, comenzaron a construir la alternativa revolucionaria frente al golpismo pero también frente al gobierno de la UP, Maniatados y encapuchados por sus dirigentes, los obreros buscaron el camino. Sólo ellos podían hacerlo. Sólo un gobierno basado en órganos de poder surgidos de la base obrera podía encarar en Chile la lucha contra el imperialismo, la lucha contra la oligarquía y la instauración de un gobierno auténticamente popular, capaz de iniciar la construcción del socialismo.

Seguramente, surgirá la pregunta: ¿acaso el gobierno de Allende no era un gobierno popular? ¿no era un gobierno socialista?

En "Adonde va Chile", Ernesto González señalaba que el gobierno de la UP se inició expropiando algunas de las mayores empresas imperialistas (especialmente las extractoras de cobre), que desde hacía décadas venían robando escandalosamente al pueblo chileno. Junto con esto, un aumento general de salarios y otras medidas permitieron resolver sustancialmente el nivel de vida de los trabajadores. Sin embargo, en los dos años y medio siguientes, poco es lo que el gobierno de la UP avanzó a partir de estas medidas, positivas, antiimperialistas y pro-obreras, pero incapaces de cambiar el carácter de) Estado y la estructura económica capitalista del país. El grueso de la industria, la banca y el comercio permanecieron en manos de los capitalistas. En el campo, se llegó hasta la represión de los campesinos que intentaban profundizar la reforma agraria.

Peor aún, el gobierno retrocedió, tratando de devolver a manos privadas la mitad de las fábricas que habían pasado al "área social" (estatal).

En el gobierno mismo, nunca integraron un gabinete representantes de los trabajadores elegidos por ellos mismos y sometidos a su control. En cambio, lo hicieron representantes de un partido burgués de ínfimo peso electoral (el Partido Radical) y los altos jefes de las Fuerzas Armadas.

Se mantuvo la Constitución y las leyes que protegen la propiedad privada de fábricas, tierras, y capitales y el derecho de los capitalistas a explotar el trabajo ajeno. El gobierno se sometió a un Congreso con mayoría de los partidos oligárquicos y burgueses. Ese sometimiento permitió al Congreso trabar el proceso de nacionalización de la economía, saboteó la marcha del gobierno y votó leyes reaccionarias, como la de control de armas, gracias a la cual el ejército allanó fábricas ocupadas y barrios, mató obreros y realizó el "ensayo general" de la ocupación de Santiago bajo el golpe. ¿Puede aspirar a llamarse "popular" o "socialista" el gobierno que admitió y bajo el cual se aplicó semejante ley?

Se mantuvieron intactas las Fuerzas Armadas y policiales, tal como fueron heredadas del gobierno de Frei, como instrumentos de represión contra el pueblo y con la estructura y disciplina impuestas por la burguesía.

Se mantuvo el Poder Judicial, con los mismos jueces, códigos y procedimientos que habían sido ideados para reprimir a los trabajadores y se respetaron los fallos de esa justicia, incluyendo el encarcelamiento de muchos de los mejores defensores del gobierno (los marinos de Valparaíso).

Entonces, ¿qué tipo de gobierno fue el de la UP? ¿El "terror marxista", como afirmaba la derecha? ¿Reformista o popular, como dicen muchos izquierdistas? Definir esto es un juego intelectual. Es decisivo para tener una política correcta.

Ernesto González, en el artículo citado, define al gobierno de la UP como "nacionalista-burgués". Esto quiere decir, un gobierno burgués que resistía a la penetración imperialista. La historia latinoamericana tiene muchos ejemplos de gobiernos de este tipo: el de Arbenz en Guatemala, el de Perón en la Argentina, el de Paz Estenssoro en Bolivia, Vargas en Brasil, entre otros. Y, hoy mismo, el gobierno peruano. Se trata de gobiernos que hacen frente al imperialismo, sin tocar a la propiedad privada de los medios de producción.

La debilidad de las burguesías latinoamericanas hace que, muchas veces, estos gobiernos deban apoyarse en la movilización de las masas (aunque, naturalmente, tratando de controlar esa movilización), para contrapesar la presión del imperialismo. En estos casos, el gobierno no expresa los intereses directos de ningún sector burgués en particular. Defiende los intereses generales del sistema capitalista y, al decir de Trotsky, "oscila entre el capital extranjero y el nacional, entre la débil burguesía nacional y el proletariado relativamente numeroso". En este equilibrio está el secreto de los gobiernos de este tipo. Por no representar el interés de un sector en particular y estar "como suspendido sobre las clases en conflicto", respondiendo al interés general de la sociedad burguesa, Trotsky los llamó "bonapartistas sui géneris", marcando su diferencia con el bonapartismo clásico estudiado por Marx en la Francia del siglo pasado. "Bonapartista sui géneris" fue el gobierno de la UP, independientemente de las intenciones subjetivas o motivaciones de sus componentes.

Ernesto González preveía que, en caso de continuar la presión de las luchas obreras, el gobierno adquiriría probablemente características "kerenskistas", aludiendo al gobierno de Kerensky, inmediatamente anterior a la toma del poder por los bolcheviques en la Rusia de 1917. Como sucedió con el gobierno de Kerensky, el aumento de la presión obrera para profundizar el proceso y el consiguiente aumento de la presión de la burguesía para iniciar una contrarrevolución, debían acentuar la inestabilidad del gobierno, hasta dejarlo suspendido "en el aire". Como en el caso de Kerensky, este gobierno debía caer, o bien para ser reemplazado por un gobierno de los trabajadores y demás sectores populares, o bien para ser derrocado por un golpe contrarrevolucionario.

El tiempo ha confirmado las previsiones. Lamentablemente, lo ha hecho por la vía más sangrienta y regresiva: la del golpe de la reacción.

¿Cuál hubiera sido una política correcta? En primer lugar, que la clase obrera no confiara más que en sus propias fuerzas, en su propia movilización, en su propia lucha. La política correcta consistía en alertar a las masas sobre el hecho de, que el gobierno de la UP no era su gobierno; que merecía ser apoyado y defendido contra los embates del imperialismo y la oligarquía, pero que no era el gobierno obrero y popular capaz de liquidar totalmente al imperialismo y de asegurar el tránsito al socialismo.

Eso es precisamente lo que decimos cuando hablamos de "nacionalismo burgués". Desde Lenin, el movimiento revolucionario sabe que la clase obrera puede y debe participar en el Frente Antiimperialista, pero sólo a condición de que mantenga su política y organización independientes, para apoyar las medidas progresivas de la burguesía, mientras le disputa la dirección del movimiento, y gana para sí a las clases medias.

Aún como nacionalista-burgués, debemos señalar que el gobierno de la UP no se distinguió entre los más audaces y consecuentes. Veamos sino el ejemplo de Egipto. Nasser ha sido un nacionalista-burgués típico. ¿Cómo encaró la ofensiva de la derecha egipcia? Muy sencillo, la privó de su base social expropiando a todos los terratenientes y la privó de dirigentes, procediendo a colgar en la plaza pública a un gran número de líderes de la Hermandad Musulmana y hundiendo en la cárcel a los demás (donde, por otra parte, aún siguen). Con los bienes expropiados, pudo atender a las expectativas de las masas populares, elevando su nivel de vida. Con la política contraria, Allende entregó a la clase media a la reacción. No expropió de raíz a los capitalistas, de modo que no pudo mejorar y ni siquiera le permitió mantener su nivel de vida, y permitió que los dirigentes derechistas hundieran al país en el caos con los paros de camioneros, comerciantes, etc. Villarín dirigente de las dos huelgas de camioneros, no sufrió más represión que unos pocos días de cómoda prisión, y los dirigentes del grupo fascista "Patria y Libertad" se movieron libremente, apareciendo y desapareciendo cuando les pareció más conveniente.

Las masas obreras estaban dispuestas a luchar: lo demostraron saliendo a enfrentar al ejército apenas tuvieron noticias del golpe. Tenían armas para hacerlo. ¿Qué faltó, puesto que sobraban brazos y coraje? Faltó una dirección. Ni el gobierno, ni la UP, ni los Partidos Socialista y Comunista, ni el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) hicieron nada por darles un plan, por centralizar las acciones, por preparar el enfrenta-miénto inevitable. Los partidos y la CUT dijeron a las masas que confiaran en Allende; Allende las remitió a confiar en los generales; ésa fue la ruta de la masacre.

Hemos hablado de la Rusia de 1917. Allí, la caída de Kerensky terminó con el triunfo de la clase obrera, que tomó el poder e instauró el primer Estado obrero del mundo. Tremenda diferencia con las siniestras jornadas de setiembre en Chile. Pero esa diferencia no es casual. En Rusia, hubo un partido revolucionario de la clase obrera, que fue capaz de mostrarle la realidad y guiarla en medio de las trampas de la confianza en la burguesía y en el ejército. En Chile, no existió ese partido.

El MIR no fue alternativa

Las grandes derrotas de la ultraizquierda suelen provocar un auge de las corrientes reformistas. A la inversa, las grandes derrotas del reformismo suelen alentar a la ultraizquierda. No sería extraño que la brutal derrota del gobierno de la UP volcara a numerosos militantes de la izquierda hacia posiciones ultraizquierdistas, como reacción contra los errores de los partidos reformistas en Chile. Ya es posible escuchar a compañeros que sacan como enseñanza fundamental, que no es posible derrotar al imperialismo y a la burguesía si no es a través de una "guerra prolongada", cuyo eje sea la construcción de un "ejército revolucionario". No faltan quiénes sostienen que la derrota de los obreros se debió a la diferencia entre su poder de fuego y el del ejército. Quizás el caso más trágico sean las declaraciones de un dirigente juvenil socialista chileno, días después del golpe: no encontraba nada que criticar de lo hecho hasta el 11 de setiembre y agregaba: "ahora, hay que pasar a la lucha armada" (¡Después de la derrota! ¡Después del exterminio físico de lo mejor de la vanguardia obrera! ¡Después de perder de un plumazo, partidos y sindicatos! ).

Para borrar estas ilusiones, nada mejor que el análisis de la política seguida por el MIR (organización guerrillerista chilena) y de cómo sus errores fueron el complemento "de izquierda" de los partidos reformistas.

Por cierto, el MIR señaló muchas veces que no había posibilidades de "vía pacífica al socialismo". Fue la corriente que más consecuentemente criticó las claudicaciones del gobierno a la DC. Impulsó movilizaciones. Y, un gran mérito que queremos reconocer antes de iniciar la crítica, fue la única corriente que trató de hacer una campaña contra el golpe sobre las Fuerzas Armadas, antes de que se produjera. Aunque, como veremos, lo hiciera con gruesos errores.

Ni el indiscutible coraje de sus militantes ni el hecho de ser la corriente más radicalizada de la izquierda chilena, permitieron al MIR reemplazar al PC y al PS en su influencia sobre la clase obrera. Sus errores lo mostraron incapaz de dirigir la combatividad de las masas hacia la derrota definitiva del imperialismo y los explotadores y hacia el triunfo de la Revolución Socialista.

Esto no sucedió porque el MIR no tuviera su "brazo armado" (que sí lo tenía), sino porque no se desprendió en la medida necesaria del lastre de las desviaciones ultraizquierdistas y oportunistas propias de su formación guerrillerista.

Sucedió porque el MIR no aclaró frente a las masas trabajadoras que el gobierno de la UP no era un gobierno obrero y popular; que había que defenderlo, pero sin confiar en él. Sucedió porque el MIR no fue más allá de denunciar "sectores reformistas dentro de la UP y el gobierno". El MIR recordó la definición marxista del Estado, pero no pasó de allí. En lo concreto, en la aplicación al Estado chileno, se expresaba como si esa definición no existiera o no fuera aplicable: en lugar de decir claramente que se trataba de "reemplazar" ese estado por el de los obreros y el pueblo, proponían "transformarlo" (conferencia de prensa de Miguel Henríquez, el 22-5-72), y "utilizar el aparato estatal como palanca de apoyo a las luchas de los trabajadores" (carta del MIR a la Comisión Política del PS, 20-1-73).

Este error es imperdonable: mientras su prensa denunciaba día a día los hechos que probaban que el Estado seguía siendo burgués, y que el gobierno prefería hacer "buena letra" con la burguesía antes que alentar las movilizaciones obreras, el MÍR contribuía a mantener a las masas obreras en el error de que se trataba de su gobierno.

Otro tanto podemos decir de su posición frente a las Fuerzas Armadas. Lo menos que se puede decir en este aspecto es que el MIR no dió pie con bola. Alternó declaraciones de tono esperanzado sobre las Fuerzas Armadas en su conjunto, con acciones irritati-vas que eran otras tantas municiones propagandísticas para la derecha. La conferencia de prensa del secretario general del MIR, Miguel Henríquez, del 22 de mayo de 1972, es ilustrativa de lo primero. Un político derechista había proyectado una ley para desarmar a los trabajadores y a la izquierda. Henríquez decía de él: "Quiere arrastrar a las Fuerzas Armadas a controlar el gobierno interior del país. . . Quiere arrastrar a las Fuerzas Armadas a colocarse contra el pueblo. . . " Y, refiriéndose a la represión de los carabineros contra manifestantes de izquierda en Concepción, sostenía que "algunos sectores de la UP y el gobierno antes que reconocer que hay malos oficiales, prefieren afirmar que hay malos campesinos.. . No tienen el valor moral de reconocer y criticar, que realmente hay malos oficiales, malos carabineros. . . " (subrayados nuestros).

Evidentemente, no hay "malos" oficiales a quienes su "maldad" lleva a reprimir. Hay organismos destinados a la represión, destinados a la defensa de los privilegios de los explotadores. Ni "traidores" ni "zonzos", pero tampoco "malos". Sí, entrenados, preparados y pagados para defender a la burguesía y reprimir a los trabajadores y campesinos. No es distinguiendo entre "buenos" y "malos" oficiales, cómo se prepara a la clase obrera para resistir la ofensiva del ejército burgués.

Es cierto que el MIR inició un trabajo sobre la base del ejército, con la consigna de "Soldado, desobedece al oficial golpista". Pero lo hizo tarde y en una forma tan insuficiente que se volvía inútil. Era correcto tratar de organizar grupos de soldados para resistir el golpe, pero sólo una firme presión de la clase obrera, volcada masivamente sobre los cuarteles, podía garantizar el éxito de esa tarea. "Soldado, desobedece al oficial golpista", susurrado por un militante del MIR o escrito en un volante, no podía tener el mismo poder de convicción que hubiera alcanzado en las gargantas de decenas de miles de obreros. ¿Quién aseguraba al soldado que "desobedecer al oficial golpista" no era condenarse a prisión o ponerse frente al pelotón de fusilamiento? Sólo la fuerza de las masas movilizadas, sólo la presión audaz de la clase obrera ejercida simultáneamente sobre todas las tropas, era capaz de infundirle la confianza necesaria para "desobedecer al oficial golpista".

El MIR no hizo nada de esto. No porque fuera débil y no dirigiera a la clase obrera (aunque ambas cosas son ciertas). No lo hizo porque no se lo planteó. ¿Qué organismos existentes hubieran podido tomar esta consigna y llevarla, respaldada por la movilización obrera, a la puerta de los cuarteles? Los Cordones Industriales, evidentemente, ya que eran los organismos de base de los sectores más avanzados y movilizados de la clase. ¿Y qué les faltaba a los Cordones Industriales para poder encarar semejante tarea? Coordinación y centralización: dejar de actuar desperdigadamente para hacerlo en forma coordinada y de acuerdo a un plan único.

¿Planteó el MIR la coordinación y centralización de los Cordones como tarea urgente y decisiva? ¿Puso todo su esfuerzo y volcó a todos sus militantes para asegurar que se cumpliera esta tarea? No. Y, lo que es peor, lanzó organismos paralelos a los Cordones (los comandos comunales), que no pasaron de ser meros fantasmas, basados en la influencia del MIR en ciertos barrios.

¡En las fábricas surgían embriones de poder obrero y el MIR trataba de reemplazarlos por organismos artificiales alejados de las luchas fabriles!

Entonces, no puede llamarnos la atención que hubiera diferencia entre el poder de fuego de las masas y el del ejército.

La mayor parte de las armas estaban en manos de obreros y campesinos en el momento del golpe. Pero esos obreros y campesinos estaban enrolados como soldados en el ejército. La diferencia en el poder de fuego hubiera sido favorable a los trabajadores, sólo con que hubiera habido una firme política destinada a lograr que esos obreros pasaran al lado del pueblo con las armas que tenían a su cargo. Mientras eso no se hiciera, era inútil tratar de armar pequeños núcleos de los comandos comunales o grupos guerrilleros.

Sin eso, ni siquiera las armas que había en poder de los obreros sirvieron para algo. Porque no basta con las armas: hay que tener un plan, una dirección, un estado mayor. Y todo eso nadie podía proveerlo, sino a través de la coordinación y la centralización de los Cordones Industriales.

El MIR no fue capaz de comprender lo que León Trotsky había dicho en su balance de la revolución rusa de 1905: "Es preciso que los soldados vean con toda claridad que el pueblo se ha echado a la calle para una lucha decisiva. . . Entonces, y solamente entonces, se da el momento pisco lógico en que los soldados pueden pasarse a la causa del pueblo. . . Así, la insurrección es, esencialmente, no una lucha contra el ejército, sino una lucha por el ejército. Si la insurrección continúa, aumenta y tiene posibilidades de éxito, la crisis de transformación en los soldados estará cada vez más cercana". Y agregaba, refiriéndose a los sucesos ocurridos en distintos puntos de Rusia, estas palabras claves: "En estas circunstancias diversas, los instrumentos más perfeccionados del militarismo, como fusiles, ametralladoras, artillería pesada y acorazados, pasaron con facilidad de las manos del gobierno al servicio de la revolución".

Hay que reconocer que el MIR hizo un gran progreso desde sus posiciones guerrilleristas originarias, procurando ligarse a las masas y postularse como partido revolucionario. Lamentablemente, en las condiciones de hierro de la situación chilena, no pudieron o no tuvieron tiempo de elevarse hasta la formulación de una política revolucionaria coherente. No llegaron a desprenderse de la desconfianza en las masas obreras (rasgo típico del guerrillerismo) y este error les impidió constituirse en la dirección que los hechos reclamaban. La lucha de clases cobra caros los errores: hoy el MIR paga los suyos con la muerte y la prisión de sus cuadros. ¡Si, por lo menos, extrajera las enseñanzas de esta experiencia, ese sacrificio no sería inútil!

Los análisis de los guerrilleristas argentinos no fueron más felices. El órgano del PRT-ERP, en los números anteriores al golpe a los que tuvimos acceso, no caracterizó al ejército correctamente ni una vez (ni siquiera después del "tancazo" del 29 de junio): fue necesario el triunfo del golpe para que apareciera la definición marxista del rol de las Fuerzas Armadas. Poco antes del golpe, aconsejaba desarrollar "comandos" para la "lucha prolongada", sin prepararse para la "lucha corta" que se produjo el 11 de setiembre. Como lo hacía el MIR, calificó a la política del PC chileno como "tesis equivocada", sin desnudar su carácter contrarrevolucionario.

El guerrillerismo no ha demostrado ser más capaz que el reformismo en los acontecimientos chilenos. Por el contrario, demostró ser la cara opuesta de la misma moneda. Fue el "crítico de izquierda", pero no pudo ni supo ser la alternativa revolucionaria. (….)”

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